
El crujido de la nieva bajo sus recién estrenadas botas era lo único que rompía el silencio en aquel bonito paisaje mientras Luna se acercaba al hotel en el que se hospedaba en la montaña. Al acabar el verano, tras haber superado su divorcio, había decidido realizar aquel viaje sola, algo que nunca antes se había atrevido a hacer sin la compañía de su marido. Su vida, durante el último año, parecía haberse convertido en un carrusel de emociones que giraba demasiado rápido: mucho trabajo, demasiados compromisos, cero expectativas, innumerables días de soledad. Necesitaba bajarse, respirar y sentirse bien consigo misma al menos por una vez.
Al llegar al hotel, un edificio pequeño pero acogedor, de madera oscura y grandes ventanales con vistas hacia la montaña, sintió una calma que hacía mucho tiempo no experimentaba. Una vez instalada, bajó al salón principal con su libro favorito en una mano dispuesta a dejarse embriagar por el cálido entorno. Allí, el fuego que chisporroteaba en la chimenea, llenaba el espacio con un calor envolvente que, junto a la increíble vista que se divisaba tras la ventana, confería un cierto toque de magia al salón.
Se dirigió al camarero para pedir chocolate caliente y se sentó junto al sillón vacío del rincón. A fuera, los copos de nieve caían con una elegancia hipnotizante, como si el mundo pasara a cámara lenta para darle la bienvenida, mientras las montañas se mantenían inmóviles frente al paso del tiempo.
Luna rodeó la taza caliente con sus manos aferrándose fuertemente a ella y dejó que el dulce aroma del chocolate la reconfortara a la vez que divagaba entre sus pensamientos. Reflexionó sobre su vida como mujer casada, sus éxitos profesionales, sus amistades. Se entristeció al pensar que hasta ahora todo había girado entorno al prójimo, hacia lo que los demás esperaban de ella, hacia lo que debía hacer. Sin embargo, ahora, en ese preciso momento, ya no habían exigencias. Solo estaba ella, el chocolate caliente, el silencio y la nieve.
“¿Cuánto de lo que hago lo hago por mí?”, pensó.
Había pasado años construyendo una carrera que le gustaba, pero que no la llenaba. Había mantenido relación con un hombre que la acompañaba, pero con el que no conectaba. Sonreía con quienes decían llamarse amigas, pero que nunca celebraban sus victorias. Y fue ahí, sentada en aquel salón tan acogedor, frente a la inmensidad de las montañas, donde sintió cuán pequeña era y cuán pequeño era todo en comparación con la vastedad de la vida.
El chocolate caliente dejó un rastro dulce en su lengua, y Luna cerró los ojos por un momento, escuchando el crujido de la leña en la chimenea. Se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, estaba presente. No estaba pensando en lo que debía hacer mañana ni en las decisiones que había postergado. Estaba simplemente ahí, viviendo.
Cuando abrió los ojos de nuevo, un pensamiento cruzó su mente con una claridad inesperada: la vida no se mide por los logros ni por las expectativas cumplidas. Se mide por los momentos como ese, por los pequeños instantes de conexión con uno mismo, por las pausas en las que podemos escucharnos y entender quiénes somos de verdad.
La nieve seguía cayendo, y Luna sonrió para sí misma. No tenía todas las respuestas, pero tampoco las necesitaba pues por fin, en su interior, se sentía preparada para empezar de nuevo.
Olga Valiente






























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