Alentada por los recuerdos de las narraciones de mis viejos, con mi imaginación me traslado al ayer, casi dos siglos atrás, a la zona que llamamos Los Quintana, término de Gáldar, evocando la blanca y pequeña ermita de techo abovedado situada en Las Cruces: faro de antiguos caminos que emerge de los trigales y se extiende por el norte hasta EL Palomar subiendo en suave onda hasta La Agazada: buena tierra de pan. Frente a ella, poderosa y misteriosa, la Montaña de Amagro arropa las mieses mientras discurre por su falda, en rústica acequia, el agua de un naciente.
El verano parece haberse adelantado. En los dorados campos se afanan las familias en la siega. Hace calor y la tarea que había comenzado a primera hora de la mañana apenas ha avanzado. En la piedra de agua, que surge en la suerte de su gente, Carmita, está pendiente de llevarles el jarro colmado para refrescar las gargantas resecas, tarea encomendada, dado sus pocos años, mientras sus tías y sus hermanas mayores, tocadas de blancos pañuelos que casi ocultan su cara, atan las macoyas en haces, renegando por el calor que les produce sus largas y pudorosa sayas recogidas en la cintura. Sus tíos y el abuelo Pedro siegan sin parar, ligeros de ropa y tocados con anchos sombreros de penca.
Las fiestas de San Isidro ya están encima. Entre repiques de esquila, todos engalanarán la ermita con palmas y flores para disfrutar ese día, dando gracias al santo por la buena cosecha. Allí se darán cita los tocadores, las turroneras, los bochinches de ron con carajacas, gaseosa para las mujeres, chupos de caña de azúcar para los chiquillos, la ruleta de la suerte y, cómo no, se juntarán con la gente de Agaete que nunca faltan a la fiesta de sus vecinos.
Un guardia de la Villa estará atento a que no haya disputas por alguna borrachera. Todos los hombres irán compuestos con sus mejores atavíos y el nayfe en la cintura, y las mujeres, engalanadas con ropas de colores chillones, junto a otras que arrastran lutos de años, disfrutarán del paseo en el polvoriento recinto frente a la ermita, embelesadas por las isas y folias de un grupo de tocadores, quizá venidos de Pico Viento, mientras una insalla de chiquillos hacen perrerías por los alrededores.
Llegó el día esperado. Después de oficiar la misa el cura advierte que la fiesta tiene que transcurrir sin ofender al Santo: tranquila, sin pleitos y sin borracheras y que los hombres se guarden mucho de sacar los cuchillos. Pero allí, por la tarde, a pesar de las advertencias y en plena verbena hubo pleitos y amago de cuchilladas, casi siempre por rencillas banales o disputas de amores, bajo los efectos de los rones que se habían metido entre pecho y espalda.
Fue amargo ese día de fiesta para aquella antigua familia, pues el tío bisabuelo Tomás, pinchó a uno de Agaete por mor del amor de una joven y no tardó en salir de la isla rumbo a Cuba como soldado voluntario, y si no la cárcel. Allí le pilló una guerra y se pasó al bando de los rebeldes por sus convicciones abolicionistas y nunca más se supo de él. Su familia, avergonzada, lo nombraban como Tomás el Insurrecto. Por el “Insurreto” era conocido.
Hoy observo la ermita recordada, a la que llamamos la de San Isidro el Viejo, encogida y desaparecida entre grandes edificaciones, con el viejo santo jubilado y recluido en sus vetustas paredes, calles trazadas en lo que ayer fueron trigales, y frente a ella el orgulloso Amagro, afrentado por los edificios comerciales que van subiéndole a las barbas por el desarrollo económico que no respeta la importancia y la veneración que antaño le otorgaban los antiguos.
Juana Moreno Molina
Ilustración: Antonio Juan Valencia Moreno.
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