¡AHÍ, COCHINOS DE INGENIO": la indomable voz de un pueblo forjada en el camino y la dignidad

Era el aliento de un pueblo humilde que, desde las entrañas del barranco, empujaba sus días con el lomo doblado por la necesidad, pero, mira, con el corazón bien cargado de dignidad. 

Juan Vega Romero 1 Jueves, 17 de Julio de 2025 Tiempo de lectura:

En los viejos senderos de nuestra querida Gran Canaria, donde el sol cae sin piedad sobre los riscos y las tuneras, todavía resuena en el recuerdo un grito que estremecía las madrugadas: "¡Ahí, cochinos de Ingenio!". La verdad, aquello no era solo una llamada al comercio; era una afirmación de vida, la voz del hambre intentando, con todas sus fuerzas, abrirse camino. Era el aliento de un pueblo humilde que, desde las entrañas del barranco, empujaba sus días con el lomo doblado por la necesidad, pero, mira, con el corazón bien cargado de dignidad. 
 
SER COCHINERO NO ES OFENSA: es identidad y rostro propio
 
Es crucial recordar algo importante: "cochinero" nunca fue, ni debería entenderse jamás, como un término ofensivo. Era, y sigue siendo, el nombre de un oficio duro, sí, pero profundamente noble. Un oficio que dio sustento a familias enteras y dejó su huella imborrable en cada rincón de la isla. Ser cochinero no avergüenza; al contrario, engrandece. Detrás de esa palabra late la historia de hombres como Donato Rivero, Antonio Jiménez Díaz, José Ruano Hernández o Ceferino Hernández Romero, que caminaron por la isla cargados no solo de lechones, no, sino de una dignidad inquebrantable. 
 
Rehabilitar el término no es solo hacer justicia lingüística; es mantener viva nuestra memoria. Es reconocer, con un nudo en la garganta que no se va, que aquellos pasos polvorientos construyeron, pieza a pieza, la identidad de nuestro pueblo. 
 
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CAMINANTES DE LA NECESIDAD Y CONECTORES DE LA ISLA ENTERA 
 
Los cochineros de Ingenio no conocían horarios, ni rutas asfaltadas, ni mucho menos un descanso fijo. Eran hombres rudos, con el rostro curtido por el sol de justicia y la intemperie, que recorrían a pie los rincones más remotos de Gran Canaria con sus inseparables burros cargados de lechones. Cruzaban barrancos, riscos, veredas que hoy nos parecerían imposibles; caminos reales que apenas sobreviven a la maleza o al asfalto. Salían antes de que el gallo anunciara la aurora y regresaban, si la suerte les sonreía, días o incluso semanas después. A veces, la verdad, sin haber vendido absolutamente nada. Otras, y esto es lo duro, sin nada que llevarse a la boca. 
 
No existe documento alguno, que yo sepa, que registre quién fue el primer cochinero. No, señor. Surgieron de la pura necesidad, como brotes tenaces que se abren paso entre las piedras. Cuando las cochinas empezaron a parir más de lo que una familia podía consumir, apareció este oficio, digamos, improvisado pero vital: el de recorrer la isla con los serones de palma, cargando crías de cochino, vendiéndolas en pueblos, cortijos, mercadillos improvisados y puertas abiertas. Uno de esos hogares que abría sus puertas con esperanza era el de la familia de D. Juan Caballero López, en Los Marrubios, zona alta de Telde. Para Juanito y su familia, la llegada de los cochineros era más que una transacción comercial; era una bocanada de esperanza, la promesa de sustento para los meses venideros. Comprar un cerdo no era solo una adquisición, sino una inversión a futuro: con los cuidados adecuados, aquel animal crecería y se convertiría en alimento para toda la familia y para los vecinos. Eran tiempos en los que no se desperdiciaba nada; cada parte del animal tenía su propósito, desde la carne hasta la grasa, utilizada para cocinar y conservar otros alimentos. 
 
El sonido característico de los cochineros, una mezcla de gruñidos y voces resonando en la distancia, anunciaba su llegada. Con sus burros cargados de crías y su voz inconfundible, iban ofreciendo sus animales, intercambiando historias con los vecinos y dejando tras de sí la huella de un oficio que, con el tiempo, se desvaneció en la memoria. Hoy, Juanito habla de ellos con una nostalgia dulce, recordando aquellos días en que los caminos eran testigos de un comercio humilde pero esencial, un lazo vital entre comunidades. 
 
Y es que no iban solos: detrás del cochinero también caminaban otros oficios que vivían del movimiento que él generaba. Los serones de palma donde transportaban los lechones eran elaborados por artesanos del propio pueblo, hombres y mujeres que dominaban con paciencia y destreza el arte de trenzar la hoja seca de palma. Con el uso, los serones se rajaban, se quebraban por el peso y las inclemencias, y había que reemplazarlos constantemente. Esta necesidad mantenía viva una red artesanal que se alimentaba del trajín cochinero, dando trabajo y sustento a quienes sabían leer en la palma no solo una hoja, sino un modo de vida. El cochinero, sin saberlo quizá, también tejía economía local a cada paso. Eran negociantes, caminantes, mensajeros y, sobre todo, supervivientes. 
 
Cada viaje era una travesía incierta, una aventura cada vez. Dormían bajo las estrellas, y a veces, si no quedaba más remedio, bajo la lluvia. Comían gofio amasado solo con agua y un poco de sal, higos y bebían del barranco o de algún charco si no había otra cosa. Su fiel burro, compañero incansable y testigo mudo de mil caminos, era, sin duda, parte de la familia. Conocían cada atajo, cada cortafuego, cada caserío escondido, hasta las piedras. Y adonde llegaban, no solo llevaban cochinos; también traían noticias, encargos, alguna historia de su pueblo, algún recuerdo de quienes se quedaron en casa esperándolos. Eran, en muchos sentidos, los verdaderos conectores de una Gran Canaria fragmentada. 
 
EL SOSTÉN SILENCIOSO: mujeres de coraje.
 
Mientras ellos recorrían la isla, las mujeres quedaban al frente del hogar. Las esposas de los cochineros sostenían con firmeza el día a día: criaban a los hijos, cuidaban de los animales, atendían la casa y la labranza, y aguardaban con paciencia el regreso de sus esposos. Su papel, casi siempre invisible en los relatos, fue clave para que el oficio pudiera sostenerse durante décadas. Estas mujeres eran verdaderas administradoras del hogar en tiempos de escasez. No solo cuidaban de lo básico: también tomaban decisiones importantes, cultivaban pequeñas huertas, mantenían a salvo el ganado, preparaban alimentos, curaban con remedios caseros y velaban por la educación y el respeto en casa. Eran madres, campesinas, enfermeras, maestras, guardianas del fuego del hogar. Mientras sus maridos sorteaban veredas, ellas sorteaban la incertidumbre, el miedo a la noticia que no llega, a la enfermedad de un hijo o a la sequía que arruinaba la cosecha. Ellas también formaban parte del sacrificio, de esa economía de resistencia. Y muchas veces, cuando el cochinero regresaba sin haber vendido nada, eran ellas quienes hacían magia para que no faltara el plato de comida ni la serenidad en casa. Sin ellas, sin su temple y su amor silencioso, la historia de los cochineros no habría sido posible. 
 
ROSTROS Y VOCES DEL PASADO QUE HOY REVIVEN CON FUERZA 
 
Afortunadamente, ya no hablamos en abstracto, no. Se han rescatado casi 50 nombres de cochineros de Ingenio junto con sus respectivas fotografías, muchas de ellas desgastadas por el tiempo, sí, pero llenas de un significado profundo, que te cala hasta los huesos. Estos retratos nos devuelven la mirada, la mirada de verdad, de quienes caminaron kilómetros bajo el sol abrasador, con el sombrero de palma y el alma endurecida por la vida, pero siempre, siempre, dispuesta al esfuerzo. Las voces que reviven en estas líneas no son recreaciones ficticias, sino relatos recogidos directamente de protagonistas y familiares, muchos de ellos documentados en aquella dirección y producción audiovisual de mi autoría para la televisión local, que rescató con respeto y rigor la memoria de los cochineros de Ingenio. 
 
Justo Rivero, hijo de cochinero, recuerda una anécdota de esas que lo dicen todo: "En el carné de identidad de mi padre, aparecía como 'traficante'. Así estaba registrada su profesión: traficante de cochinos. Aquello nos hacía reír, claro, pero también hablaba de lo poco reconocidos que eran estos hombres que se partían el alma por sacar adelante a su familia". Blas Santana narraba uno de los momentos más duros: "Estuve tres días varado en La Aldea de San Nicolás por culpa de la lluvia. El barranco creció tanto que no había manera de seguir. Allí, sin poder vender, esperando que bajaran las aguas… el burro y yo mirando el cielo". José Romero, también hijo de cochinero, resume con una sencillez que estremece el equipaje de su padre: "Llevaba una muda de ropa, una manta para abrigarme y algo de paja para dormir. La comida era sencilla: gofio amasado con agua y dátiles, o lo poco que podía comprar, como un pisco de azúcar para mezclar con el gofio. Con eso tiraba días enteros". A esos nombres se suman muchos más: Juan González Romero, Juan Manuel Cabrera Romero, José y Julián Romero, Juan Sánchez Ramírez (de Oliva), José Roque Sánchez González y Segundo Sánchez. Cada uno con su historia. Cada uno con su camino. 
 
EL CONTRASTE CON LOS QUE SOMOS HOY: Un legado de valores 
 
Hoy, en un mundo donde lo inmediato ha sustituido al esfuerzo, y donde, tristemente, muchos jóvenes no conocen ni el olor del gofio amasado, estas historias parecen cuentos. Pero no lo son. Pasaron aquí mismo, no hace tanto tiempo. Lo más triste es que no solo se extinguió el oficio; también desaparecieron muchos de los valores que lo sustentaban. Los cochineros vivían con poco, poquísimo, pero compartían absolutamente todo. Sabían lo que era el sacrificio, el respeto profundo por el pan ganado con los pies, la palabra dada sin necesidad de papeles, el compañerismo sincero en el camino. Hoy, que lo digital se impone sobre lo humano, sería bueno recuperar algo de aquella nobleza elemental, de aquella humildad tan orgullosa. 
 
UN LEGADO QUE SIGUE LATIENDO Y UN GRITO QUE NO DEBE MORIR JAMÁS 
 
Con el paso del tiempo, llegaron los camiones, y a esto se sumó la aparición de una enfermedad devastadora: la fiebre porcina africana. El temor al contagio provocó restricciones sanitarias y desconfianza. Este golpe, sumado a los cambios en infraestructuras y consumo, aceleró el declive. Y aquel grito, que una vez fue el hilo conductor de un pueblo, se apagó. La figura del cochinero fue desapareciendo, silenciosamente, sin honores. Pero su legado quedó sembrado en la memoria de Ingenio como una raíz profunda que nos sigue alimentando el alma. Ser de Ingenio, amigo, no es solo pertenecer a un lugar; es cargar sobre los hombros una historia de lucha constante, de pasos polvorientos, de gritos que vencieron el olvido. 
 
Hoy, cuando todo es rápido, virtual y cómodo, vale la pena detenerse a escuchar, aunque sea solo en la imaginación, aquel grito que fue la bandera de una época: ¡Ahí, cochinos de Ingenio! no era solo un pregón; era el alma de un pueblo buscando sobrevivir con toda su dignidad. Mientras los caminos de tierra sigan guardando el eco de los pasos de un cochino y el crujir de los serones al alba, mientras alguna abuela nombre en voz baja al hombre que se fue con un beso y volvió con un jornal, mientras haya un niño que pregunte por qué su bisabuelo dormía entre riscos y vendía esperanza con patas y chillidos, los cochineros seguirán vivos. No en los libros ni en los monumentos sino en la ternura callada de una memoria que se niega a rendirse. Porque hay oficios que no mueren. Solo se transforman en legado. Y hay silencios —como el de aquellas mujeres que esperaban— que aún hablan más fuerte que mil voces.
 
Juan Vega Romero
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