Apuntes sobre una isla herida

Javier Estévez

[Img #6052]Hay algo profundamente desolador en regresar a casa y descubrir que el hogar se ha vuelto irreconocible. Desde la ventanilla del avión, lo que antes era una isla de íntegro atractivo se presenta ahora como un mosaico fragmentado de edificaciones, hormigón, plásticos, solares, escombreras y carreteras que se estiran como cicatrices sobre la piel de la tierra. Tienes la impresión de que miras el paisaje y en realidad es el paisaje quien te mira con piedad.

 

Somos, inevitablemente, como nos ven. Y lo que se ve desde esa ventanilla del avión—esa puerta de entrada que se ha convertido en nuestra peor carta de presentación—habla de una comunidad que ha perdido el rumbo, que ha sacrificado su identidad en el altar de un crecimiento mal entendido. El paisaje nos define como sociedad más de lo que queremos admitir.

 

Esta es nuestra paradoja insular: una isla bipolar que ostenta el título de Reserva de la Biosfera mientras exhibe, al mismo tiempo, lugares que bien podrían calificarse como Vergüenza de la Biosfera. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo una sociedad que en el pasado, siendo más pobre y menos letrada, creaba paisajes de una belleza equilibrada y proporcionada, ha logrado en apenas sesenta años transformarse en arquitecta de su propia fealdad?

 

La respuesta duele porque es nuestra. Hemos confundido progreso con abandono y destrucción, desarrollo con olvido y devastación. En algún momento del camino perdimos la sensibilidad, la brújula estética que nos guió durante siglos, ese conocimiento ancestral que sabía dialogar con el territorio sin agredirlo, que construía desde lo estrictamente necesario.

 

Durante cientos de años vivimos de espaldas al mar, mirando hacia el interior, construyendo nuestros pueblos y ciudades sin esa obsesión por las vistas marítimas que hoy nos consume. Pero justo cuando comenzamos a devastar el paisaje terrestre, cuando empezamos a llenar de hormigón y fealdad nuestros campos y laderas, surge esa ansiedad desesperada por contemplar el océano desde nuestras ventanas. No es casualidad. El mar se ha convertido en nuestro último refugio visual, el único espacio que permanece virgen ante nuestros ojos, inmune—por ahora—a nuestra capacidad destructiva. Buscamos en sus aguas infinitas lo que hemos perdido en tierra firme: la belleza intacta, el horizonte sin contaminar, la promesa de que aún existe algo puro en nuestro mundo fragmentado. En nuestro paisaje herido. Porque no se trata sólo de edificios mal construidos o de espacios mal planificados; se trata de la pérdida de los principios estéticos más elementales, de la ruptura con una tradición constructiva que sabía crear belleza incluso en la modestia.

 

Tal vez el problema radique en que hemos perdido la capacidad de amar el territorio. Sin amor, el paisaje se convierte en mero espacio instrumental, en superficie susceptible de ser explotada para beneficio propio. Cuando falta ese amor en el corazón del observador, la montaña se reduce a metros cúbicos de tierra, el mar a recurso turístico, y los campos a parcelas edificables. La mirada egoísta nos ha cegado ante la poesía que habita en cada rincón de nuestra isla.

 

Pero reconocer el daño es el primer paso hacia la sanación. A nadie se le esconde que hay una relación directa y proporcional entre la conciencia del paisaje que tenemos y el daño que le hemos ocasionado. Mirar con ojos críticos lo que hemos construido—o destruido—es una forma de responsabilidad colectiva. Porque el paisaje no es solo telón de fondo de nuestras vidas; es espejo de nuestros valores, testigo de nuestras decisiones y legado que dejamos a quienes vendrán después de nosotros.

 

Javier Estévez

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