En torno a Delibes, Antonio Machado y Pessoa

Josefa Molina

[Img #10531]Hace unos días leía en los medios de comunicación que, por fin y después de quince años del fallecimiento del escritor, la Junta de Castilla y León ha confirmado que el próximo mes de octubre, abrirá el museo Miguel Delibes en su Valladolid natal. La familia, que estuvo desde el primer momento dispuesta a ceder a las instituciones públicas los documentos, biblioteca y objetos personales de uno de los novelistas más aclamados y considerados de nuestro país, ha tenido que esperar nada menos que quince años para que la obra y legado del Premio Cervantes contara con un lugar específico en el que los que amamos la literatura y la cultura podamos admirar y acercarnos a su figura y su obra a través de su máquina de escribir, sus estilográficas o sus libros de cabecera, en un espacio que, además, podrá servir como centro para el estudio de la obra y legado del autor de Señora de rojo sobre un fondo gris (1991).

 

He comentado en varias ocasiones que el pueblo que reconoce a sus literatos, se engrandece como pueblo. Y lo seguiré afirmando mientras tenga voz porque solo así cualquier pueblo, en su sentido más amplio, lejos de chovinismos y ombliguismos nacionalistas absurdos, podrá aprender a valorar el legado de sus gentes, a respetarlo y a defenderlo. Y esto ocurre en todos los ámbitos, desde el cultural al etnográfico, pasando por el arquitectónico, el artístico, el científico o el histórico-patrimonial. De ahí su importancia.

 

Recuerdo una visita a la Valladolid natal de Delibes hace unos tres años cuando recorriendo la bella ciudad castellana busqué, sin encontrar, una casa-museo dedicada al autor de El Hereje, obra publicada en 1998 con la que Delibes se hizo con el Premio Nacional de Literatura. No eran pocas las referencias al escritor vallesoletano en la ciudad, por ejemplo, con placas en calles donde el autor de Los santos inocentes (1981) situaba las acciones de sus novelas. Pero para mi desconsuelo, de casa-museo, nada de nada. No daba crédito. ¿Qué no hay una casa-museo en Valladolid dedicada a una de sus figuras literarias más destacadas?

 

Por supuesto y a modo de contraste, señalar que me resultó muy sencillo localizar la tienda oficial del Real Valladolid Club de Fútbol, a la que acudí para adquirir una camiseta del club, regalo para mi hijo, jugador futbolero. Situada en pleno centro del casco histórico de la ciudad, en un lugar muy destacado, ahí estaba la tienda. Esto lo cuento como un ejemplo más de lo que parece importar a la sociedad, sobre todo, cuando se trata de generar dinero. O lo que nos hacen crecer que importa. Sin pecar de ser ingenua, me gustaría pensar que la literatura también importa lo suficiente como para situarla en pleno centro de las ciudades, a la vista de la ciudadanía que la habita y que la visita.

 

Delibes fue miembro de la Real Academia Española desde 1975 hasta su muerte. Licenciado en Comercio, comenzó su andadura profesional como dibujante de caricaturas, columnista y periodista de El Norte de Castilla, diario que llegó a dirigir hasta que se dedicó íntegramente a la literatura. Fue una de las figuras clave de la literatura española posterior a la Guerra civil, por lo cual fue reconocido con diversos galardones, incluido el Premio Cervantes y el Príncipe de Asturias de las Letras. Además, su obra ha sido llevada al cine y al teatro. Mítica es la película Los santos inocentes (1984), dirigida por Mario Camus y protagonizada por Alfredo Landa, Terele PávezJuan Diego y Paco Rabal.

 

Con su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, recibió el Premio Nadal en 1947 y, sin embargo, su legado solo se ha podido admirar hasta el momento, a través de exposiciones temporales, como la que visité en Madrid también hace unos años un domingo por la mañana. Eran las doce del mediodía y era la primera visitante de la exposición. Allí estábamos, una parte de la obra de Miguel Delibes y yo. A solas. La soledad que se brindaba en esta exposición temporal a un grande de la literatura española me resulta todavía hoy de lo más desoladora. Me apena lo que ello significa. Me apena mucho.

 

Pero volvamos a Valladolid. En ese viaje conocí también la ciudad de Urueña, un bello enclave rodeado por una muralla de los siglos XII y XIII ubicado en mitad de la árida meseta castellana. La villa, que cuenta con uno de las cascos históricos mediavales mejor conservados de España, atesora en su interior el mayor número de librerías por metro cuadrado. De hecho, en 2007 se hizo con el distintivo Villa del Libro, siendo la primera del país en centrar a los libros y la literatura como reclamo para el turismo cultural. ¿No es hermoso? En este lugar se encuentra, el centro e-LEA (espacio para la Lectura, la Escritura y sus Aplicaciones) Miguel Delibes, que alberga una biblioteca especializada, áreas para exposiciones y sala de conferencias.

 

En definitiva, se trata de diferentes espacios que, de forma desperdigada, aquí y allá, hacen justo recuerdo a la figura y obra del autor cuya familia, una descendencia que supera ya los setenta años de edad, lleva luchando hace años para que el legado de su padre quede recogido en un mismo espacio, para el disfrute de la sociedad en general, y de las personas amantes de la literatura, en particular. Una justicia que llega tarde pero al menos llega. O esa es la promesa de la Junta de Castilla y León. A ver si realmente la promesa fructifica y en octubre, Valladolid cuenta ya con un museo dedicado a su insigne literato el próximo mes de octubre. Habrá que estar pendiente.

 

A veces el reconocimiento llega tarde pero llega. Como es el caso de otro de nuestros más destacados escritores. Me estoy refiriendo al poeta de Sevilla, Antonio Machado, cuyo discurso de ingreso a la Real Academia de la lengua Española fue leído el pasado 29 de abril, 87 años después de su fallecimiento en Colliure.

 

Machado, que falleció el 22 de febrero de 1939, fue elegido para ocupar la silla V de la institución el 24 de marzo de 1927. Tardó cuatro años en preparar el discurso de ingreso, pero nunca lo llegó a leer. Para reparar este hecho, y sobre todo, con el fin de no olvidar a uno de nuestros más grandes poetas, el pasado 29 de abril se hizo lectura de su discurso de ingreso a manos de otro grande, esta vez de la interpretación escénica, José Sacristán, quien se encargó de leer el texto que Antonio Machado había escrito en 1931. Y quien, por cierto, tan soberbiamente ha interpretado sobre las tablas a Nicolás, el protagonista de Señora de rojo sobre un fondo gris.

 

En el discurso de Machado, titulado ‘¿Qué es la poesía?’, el que es uno de los máximos exponentes de la poesía española dudaba ser merecedor del honor de convertirse en académico. Si el poeta de Soledades y Campos de Castilla, lo dudaba, ¿cómo no vamos a dudarlo el resto de las personas que, con osadía y a veces poco acierto, nos atrevemos a componer textos en versos? Esa duda habla de la grandeza del poeta sevillano pero también de la vileza de muchos otros y otras que se erigen en poetas, así sin más, porque ‘yo lo valgo’.

 

El acto simbólico de lectura del discurso de ingreso de Antonio Machado a la RAE se realiza en el marco del 150 aniversario de su nacimiento, que se cumplirá el próximo 26 de julio, y por este motivo, se celebra además la muestra Los Machados. Retrato de familia que puede visionarse en la sede de la Real Academia Española, en Madrid, hasta finales del próximo mes de junio.

 

De olvido y recuerdo estamos hablando en esta columna y sobre todo, del cuestionamiento que sobre su obra realizaba con frecuencia el propio autor. ¿Qué es poesía? se cuestionaba Machado. Pero no fue el único que dudaba sobre su propia escritura. Ni lo fue ni lo será ya que en este mismo sentido se manifestaba el gran poeta y escritor portugués, Fernando Pessoa, quien afirmaba, en uno de sus más aclamados poemas, que el poeta es un fingidor:

 

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que de veras siente.

 

Y quienes leen lo que escribe,
Sienten, en el dolor leído,
No los dos que el poeta vive
Sino aquél que no han tenido.

 

Y así va por su camino,
Distrayendo a la razón,
Ese tren sin real destino
Que se llama corazón.

 

¿Cómo no darle la razón al maestro Pessoa? ¿Cómo no estar de acuerdo con él? ¿Cómo no dudar de una misma?... Al crear, la persona que crea finge ser otra persona, una forma de fingir que, a veces, puede pasar factura a la propia persona que crea. Y en esto el poeta de Lisboa era especialista, no en vano fue el creador de los famosos ‘heterónimos’, personajes creados por él mismo que ostentan identidades ficticias, tienen biografía propia y hasta su propio estilo de escribir.

 

La pasada semana tuve el placer de asistir a la representación teatral Ridículos amores de juventud, en el Teatro Guiniguada de Las Palmas de Gran Canaria. La obra dirigida por Marina Weiner con texto de Juan Hernández, abordaba la relación del poeta con la que fue su única novia, Ofelia Queiroz, interpretada por Niria Ro. En esta obra, se nos presenta a un Pessoa alcoholizado, interpretado por Josema Trujillo, que lucha entre su amor por Ofelia y la posibilidad crear una familia con ella, y su obsesión por escribir y hacerse un futuro como poeta y escritor, en esto último, acuciado por uno de sus heterónimos que lo domina finalmente, Álvaro de Campos, interpretado por Toni Báez. Las tres interpretaciones, por cierto, magistrales.

 

De Campos fue uno de los más destacados heterónimos de Pessoa junto a Alberto Caeiro y Ricardo Reis. Estos personajes eran parte del mismo Pessoa, constituían personajes que se desdoblaban en dualidades de la persona del escritor lisboeta para contar con su propia forma de pensar y de expresarse, a veces incluso contrarias al mismo Fernando.

 

La relación entre Ofelia y Pessoa comenzó a finales de 1929 cuando ella tenía 19 años y el 31. En febrero de 1920, el poeta, enamorado por primera vez en su vida, se declaró a la joven mientras estaban los dos solos en la oficina en la que ambos trabajaban. A partir de este momento, surge una intensa y convulsa relación en la que se interpone su heterónimo Álvaro De Campos. La relación termina de forma drástica en noviembre de 1920 aunque el destino los vuelve a reunir en 1929 cuando Ofelia ya tenía 28 años y Pessoa estaba ya convertido en un hombre alcoholizado obsesionado por culminar una obra inabarcable. La relación culmina vía misiva a finales de 1929. En 1935, meses antes de morir, Pessoa vio su único libro publicado en vida, el soberbio Mensaje, una colección de poemas sobre los grandes personajes históricos portugueses, que Ofelia recibió envuelto en su casa en un paquete de mano del propio Fernando Pessoa, a quien, sin embargo, no pudo ver.

 

El gran poeta de Lisboa murió en noviembre de 1935 de un cólico hepático complicado con cirrosis. Tenía tan solo 47 años de edad pero nos dejó una obra inmensa, parte de la cual se puede visitar y admirar en la casa-museo dedicada al maestro en Lisboa, un espacio reconstruido a partir de la habitación alquilada donde habitó sus últimos quince años, donde se halló un baúl con cientos de textos a medio culminar que todavía hoy se siguen investigando y trabajando, además del manuscrito desordenado e incompleto del grandioso el Libro del Desasosiego.

 

En esta instalación, que cuenta con tres plantas de exposición sobre la vida y obra del poeta, pude admirar con absoluta devoción algunos de sus enseres más personales como su máquina de escribir, sus gafas redondas y un pequeño trozo de papel en el que el poeta garabateó antes de morir: No sé lo que traerá el mañana...

 

La casa-museo cuenta con una biblioteca especializada en poesía mundial y un centro de investigación sobre literatura, lo que convierte a este lugar en un espacio donde el respeto a la memoria del creador y la sublimación a la creación literaria se unen para brindarnos a todas y todos la posibilidad de acercarnos a la obra y figura de uno de los máximos poetas portugueses.

 

Para finalizar, vuelvo a mi tesis tantas veces repetida: el pueblo que reconoce a los suyos, se engrandece como tal. Todo lo aquí expuesto son ejemplos de este reconocimiento. Si queremos crecer como pueblo y hacer justicia con las y los nuestros, sigamos el ejemplo.

 

Josefa Molina

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