Longorones a millones
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O sardinillas, que llenaron la orilla de la playa de Sardina, casi de lado a lado, el jueves día ocho de este mes de mayo, que aún sigue corriendo, dejándonos boquiabiertos a los bañistas, como a mi amiga Milagros que quiso acercarse a ellos, verlos in situ, palparlos con sus manos, y se metió en el agua, ante la atenta mirada de los que estábamos observando aquella novedad, pues nunca, jamás, habíamos sido testigos de algo similar.
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Entonces los pececillos, que se consideraron infinitesimales con respecto a la mujer que entró en el mar, se alejaron y formaron un cerco alrededor de ella.
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De cachondeo, después de que ella saliera del agua, le dijimos a Milagros que los longorones le habían hecho la cobra para apartarse, pues la habían visto como una especie de gigante, un ser monstruoso que se los podía comer.
Así mismo imaginaron que eran monstruos el bañista, del que también huyeron, y la gaviota, que se hizo el agosto con la despensa que se le ofrecía. No sé ni cuantas veces se tiró en picado y cada vez se alzaba con un pececillo en el pico, al cual engullía al instante.
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No sé a qué se debe este hecho tan inusual. Como tampoco adivino el porqué de tantos vientos de abajo, del suroeste, que han azotado en repetidas ocasiones estas costas desde mediados de febrero hasta hace poco, y que, sin llegar a ser huracanados, han traído hasta la playa una cantidad ingente de algas que cubren la arena. Son, me dijo una amiga saliendo del agua, sargazos procedentes del Atlántico Norte, del mar de los Sargazos, rodeado éste por corrientes oceánicas, que es el único mar en el mundo sin una costa que lo limite físicamente.
No son usuales tales sucesos por estos lares, aunque parece ser que volverán a producirse. Hay mucha gente que opina que se debe al cambio climático, otros consideran que pueden darse de manera cíclica, o también que tienen su razón en las veleidades del tiempo atmosférico. Como quiera que sea, yo soy de los que acepta lo que vaya viniendo, porque sería igual aunque no lo admitiera, que era la filosofía de Fernando Pessoa, el cual aceptaba las dificultades de la vida porque, según él, son el destino, igual que acataba el frío excesivo en pleno invierno.
Viéndolo todo desde La Laja, y como me gustan tanto los longorones fritos, lo primero que pensé fue que me habría gustado tener a mano una gueldera pequeña para llenarla con aquellos peces y darme un banquete pantagruélico aquel mismo mediodía, como los que me daba cuando ayudaba a los pescadores a sacar el chinchorro y ellos me regalaban sardinas chicas, pero un amigo que salió del agua, con gafas marinas, me dijo literalmente que era una gozada meterse entre aquella mancha oscura y contemplar la infinidad de peces que la conformaban.
Sin pensarlo dos veces, cogí sus gafas y me metí en el agua. Y al verlos, de golpe se me quitaron las ganas de pescarlos. Pura armonía expresaban. Aunque me pareció que había millones de ellos nadando a una velocidad vertiginosa, que no sé cómo no se tropezaban, guardaban un orden perfecto que no alteraron en ningún momento, ni siquiera cuando se apartaron de mí, estableciendo un redondel en el que me cercaron.
Una experiencia extraordinaria la que tuve. Una vivencia tan prodigiosa que siempre, a partir de ese trascendental momento, cada vez que me pongan delante un plato de longorones, aparte de saborearlos y de regarlos con un buen vino blanco, seco y bien frío, los veré en mi imaginación nadando libres en su medio marino, ese inmenso azul llamado mar, donde se originó la vida.
Texto: Quico Espino
Fotografías: José Ramírez Rodríguez y Marcelo González Pérez





























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