Supersticiones

Juana Moreno Molina

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¡Cómo nos gustaba oír a nuestras tías abuelas narrar los cuentos de brujas y aparecidos!, de los que estaban totalmente convencidas, y cómo después de sus escalofriantes narraciones nos obligaban a rezar el rosario con ellas para ahuyentar a todos aquellos seres indeseables, como hechiceras y demonios, y de camino aprovechar para desearles a los aparecidos una feliz estancia en el Más Allá, para que no regresaran. Eran personas bondadosas estas tías abuelas, pero crédulas y llenas de supersticiones, consecuencia de su época, en la que la ignorancia era muy común en buena parte de la población. Uno de los cuentos que me gustaba y pedía que contaran una y otra vez, fue el que le sucedió a un personaje muy conocido en aquellos tiempos de Mary Castaña.
 
Resulta que los vecinos del casco de nuestra ciudad estaban atemorizados porque cada cierto tiempo salía del desaparecido antiguo cementerio, que estaba muy cerca, un espíritu o fantasma que describían como muy alto, ataviado con una sábana y desprendiendo una tenebrosa luz. La gente, amedrentada, se encerraba en sus casas al toque de oración cuando circulaban las voces de que tal o cual vecino decía haberlo visto salir del cementerio, arrastrando cadenas que retumbaban en las calles desiertas y oscuras de los alrededores de aquel camposanto. 
 
Pero daba la casualidad de que cada vez que circulaba el rumor del fantasma que salía de su tumba, a Miguelito el Barbú, primo de mis tías abuelas, personaje de un genio de mil demonios que se le erizaba la barba cuando entraba en cólera, le desaparecía un racimo de plátanos de su finca, situada en las cercanías del cementerio.
 
Un día, cuando ya el indignado y sufriente Miguelito estaba con la mosca tras la oreja por la coincidencia fantasma-robo-racimo de plátanos, al tiempo que los vecinos andaban soliviantados y atemorizados de oír en las noches aquel rodar de cadenas, él se armó de un garrote y se escondió a la entrada de su finca. Al rato apareció la visión, alto, con su blanco sudario y su tenebroso resplandor. Miguelito, con la calentura que tenía, alzando el garrote le dijo: “si no eres de este mundo, que Dios te perdone, pero si lo eres, cacho cabrón, de la toletiá que te voy a dar, te vas a cagar en la madre que te parió” (perdón por las palabras malsonantes, pero así me lo contaron y así me sabe más contarlo). El supuesto fantasma despojándose rápidamente de la sábana y de la talla con la vela encendida que llevaba en la cabeza, echó a correr calle abajo, haciendo sonar la ristra de latas vacías atadas a sus piernas, gritando desalado: ¡no me mate, Miguelito, por Dios! 
 
A partir de aquel episodio desapareció el miedo de los vecinos, aunque no del todo, porque resultó que más de un crédulo se decepcionó porque ya tenía como propio su doméstico fantasma y le encantaba el morbo ese de asustarse. Pero hubo otros supuestos espíritus que seguían aprovechando la ingenuidad de la gente y sus supersticiones para obtener beneficio, como el de Las Cuatro Esquinas, que ya contaré otro día.
 
Texto e ilustración: Juana Moreno Molina
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