Microrrelatos. Tres mujeres y una cafetera

Yaiza, María y Molly, compañeras desde hacía años ya en la oficina, se miraron preocupadas. Sin su ya habitual dosis de cafeína no podrían, ni siquiera, cambiar la cara de pocas ganas con la que habían llegado.

Olga Valiente Miércoles, 30 de Abril de 2025 Tiempo de lectura:

Cada mañana en la oficina el café era casi tan importante como fichar. La rutina consistía en llegar, soltar el bolso, fichar, abrir el correo, suspirar diciendo “me cago en la madre del cangrejo amarillo” e ir a por el primer café del día. Y digo primero porque suelen caer unos cuantos, nunca uno solo.

 

Pero aquel día era lunes, y como todos los lunes del mundo, el cuerpo aún necesitaba tiempo para coger el ritmo, lo mismo que el resto de aparatos de la oficina: los ordenadores tardaban en encender, la wifi no tenía prisa y la cafetera se declaró en huelga.

 

Yaiza, María y Molly, compañeras desde hacía años ya en la oficina, se miraron preocupadas. Sin su ya habitual dosis de cafeína no podrían, ni siquiera, cambiar la cara de pocas ganas con la que habían llegado. Y encima el día, se les haría eterno. Menos mal que, a último remedio, podría bajar a por café a la cafetería del guapo de John.

 

—No puede ser —dijo Yaiza, dándole golpecitos a la tapa—. ¡El viernes funcionaba!

 

—A ver, déjame a mí —intervino María, siempre optimista—. Eso es que hay que formatearla de nuevo.

 

Se agachó para inspeccionar la cafetera como si tuviera el curso de mantenimiento de nespresso profesional.

 

Molly, mientras tanto, se acercó a su mesa a mirar cuánto trabajo tenían hoy y si tenían o no reunión con Elena.

 

—Cónchale, ¡mi lata de piña! —exclamó—. Se me olvidó sacarla del bolso.

 

María y Yaiza seguían inmersas en la búsqueda del manual de reparación de la dichosa cafetera que, ahora, sí que funcionaba pero servía un café corto si apretabas el botón del largo y viceversa. Tras unos minutos de risas, y varios intentos fallidos de servirse algo en condiciones, encontraron un manual: “Cómo arreglar la nespresso y no morir en el intento”

 

—Eso es que no somos las únicas a las que le ha pasado —dijo Yaiza en tono sarcástico.

 

Animadas, siguieron las instrucciones: primero desenchufarla, luego pulsar los dos botones a la vez... Luego, sin saber muy bien cómo, María tocó algo que provocó que la cafetera soltara un fuerte chorro de agua caliente ¡directo a Margarita que estaba justo entrando por la puerta corre corre porque llegaba tarde!

 

—¡Dios Santo! —gritó Margarita empapada, mientras los demás de la oficina reían a carcajadas.

 

Lo que no esperaban era que, justo en ese momento pasara el jefe, el señor Martinez. Al ver el panorama —una compañera empapada, otra riéndose apoyada en la mesa, otros de pie junto a sus mesas y la nespresso pitando sin parar—, solo dijo, con una ceja levantada:

 

—¿Os estáis entrenando para el Grand Prix o es que trajeron comida y no me han dicho nada?

 

Al final, llamaron a mantenimiento, que tardó dos minutos en solucionar el problema: ¡solo había que rellenar el depósito de agua!

 

Desde aquel día, Yaiza y María se ganaron el apodo de “el equipo de rescate cafetero”. Y cada vez que la máquina pita, toda la oficina estallaba en carcajadas recordando el momento.

 

Olga Valiente

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