Foto: Juan FERRERA GILMe he llevado una sorpresa enorme al enterarme de que la penúltima novela leída correspondía a un autor japonés que ¡había muerto en 1916!; hecho que desconocía por completo.
Yo, en mi ignorancia, no solo lo había situado casi a mi lado, sino que al descubrir la etapa japonesa de su vida (1867-1916) comprendí que la Literatura encierra tantos misterios insondables que nuestra pequeña imaginación no solo distrae la atención, sino que nos creemos casi el centro del universo donde consideramos que casi todo da vueltas a nuestro alrededor. Sin embargo, nunca es así. Y ahora he caído en las entrañables garras y amarres de la Literatura donde mi imaginación, erróneamente, se ha desbocado. Y he creído lo que no es verdad. Quiero decir que los caminos proyectados, tengan o no olmos y acacias y laureles de indias y tajinastes y bicácaros son muy superiores a los momentos en que se emiten: que cien años después haya leído una novela que creía actual viene a significar que la Literatura no solo es un don, sino que, junto con su significativo valor, la materialización de la misma obedece a un enfoque personal y adictivo. Y esa adicción resulta ser un comportamiento que no tiene en cuenta nada de lo exterior: lo relevante es la novela, el contenido, la creación por encima de todo, donde se construye en perfecta armonía.
No sé qué tiene la Literatura que nos acerca los hechos y comportamientos del ser humano. Mientras aquí sucede la vida, en otro lugar también se verifica la existencia, en que las preocupaciones del momento pasan a ser relevantes. Y así la Humanidad entera sabe de comportamientos e ideas que más o menos gozan del favor y del fervor del público. Quiero decir que la Literatura es un misterio, una entelequia.
Y bienvenido sea ese arcano que desconoce e ignora los tiempos y los espacios. Cuando todo se diluye entre las líneas que encierran palabras, viene a ocurrir que cada momento es único y verdadero. Y que cada uno es cada uno. Sí, ya sé que no les digo nada nuevo, pero me apetecía. Mil perdones por robarles su valioso tiempo.
Juan FERRERA GIL































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