Sobre el consentimiento sexual

Josefa Molina

[Img #10531]Hace escasamente unas semanas terminé de leer El consentimiento de la autora francesa Vanessa Springora. La novela narra la experiencia en primera persona de la relación que estableció la autora, cuando solo tenía trece años, con un afamado escritor francés, Gabriel Matzneff, al que solo nombra por iniciales G.M., que en aquel momento rondaba los cincuenta años.

 

Matzneff, que ahora cuenta con 88, es autor de medio centenar de libros, en muchos de los cuales relata los abusos que cometió sobre menores de edad, siendo un habitual del turismo sexual a países asiáticos. De hecho, en sus obras describe con todo lujo de detalles las relaciones sexuales que mantenía con niños menores de 12 años. Eso no impidió que este declarado pederasta gozara de reconocimiento público y literario en su país, un reconocimiento que le hizo obtener diversos premios literarios como los premios Mottart (1987) y Amic (2019) de la Academia Francesa en 1987 o el premio Renaudot de ensayo de 2013.

 

A finales de 2019, se anunció la publicación de este libro testimonial por parte de Vanessa Springora, que en la actualidad cuenta con 52 años de edad. En la obra, la autora relata cómo el escritor la manipuló para mantener relaciones sexuales con él, haciéndola creer que aquella relación se debía a una relación de ‘amor verdadero’.

 

¿Por qué una adolescente de catorce años no podría amar a un hombre treinta años mayor que ella? Cien veces había dado vueltas mentalmente a esta pregunta. Sin darme cuenta de que estaba mal planteada, desde el principio. Lo que había que cuestionar no era mi atracción, sino la suya”, afirma la autora.

 

A los catorces años, se supone que un hombre de cincuenta no te espera a la salida del instituto, se supone que no vives con él en un hotel ni te encuentras en su cama, con su pene en la boca, a la hora de la merienda”, escribe Springora.

 

Hija depadre ausente, Vanessa se encuentra de pronto encandilada por un hombre que le hace sentir el centro del mundo. La enamora mientras crece en un ambiente sin apenas control materno. Su madre, Nadine Barbedette, es heredera del Mayo del 68 francés en el que se promovía aquello de la libertad sexual como paradigma del pensamiento individual y donde se rechazaba la autoridad y se criticaba todas las jerarquías, todas menos la patriarcal, por supuesto. “Prohibido prohibir” le dice la progenitora de Vanessa a su hija adolescente cuando descubre que ha iniciado una relación con un hombre treinta años mayor que ella, una relación que no solo no ataja, sino que alienta. Vanessa nacida en 1972 fue hija de ese espíritu de libertad que también produjo sus propios demonios y contrasentidos, algunos bastantes cuestionables éticamente hablando.

 

De algún modo, convertí esa anormalidad en mi nueva identidad. Pero cuando mi situación no sorprende a nadie, intuyo que a mi alrededor algo no funciona bien”, apunta la escritora. Hay que recordar que hablamos de una época en la que intelectuales de la talla del filósofo e historiador francés Michel Foucault proclamaban a los cuatro vientos que las y los niños son seres sexuales y que por tanto, prohibir su sexualidad es prohibir su libertad individual, obviando que estas personas menores podrían ser utilizadas y abusadas por otras adultas. Es decir, haciéndo prevalecer la libertad sexual del adulto frente a la protección de la persona menor.

 

Y es que, como bien argumenta la socióloga Rosa Cobos en su ensayo La ficción del consentimiento sexual, “lo que se discutía de verdad en Mayo del 68 no era la libertad sexual como una realidad emancipatoria, sino la libertad sexual para los varones”.

 

Entiendo que para la autora escribir y publicar este libro supuso cerrar una puerta a una vida marcada por el rechazo a sí misma, una vida en la que, cuando descubrió la manipulación de la que fue víctima por el reputado escritor, buscó cambiar comportándose como una adolescente más, haciendo cosas de adolescentes como otra más, sabiendo que eso ya no era posible.

 

Nuestro amor… era la pesadilla más perversa. Era una violencia innombrable”, escribe apesadumbrada la autora francesa.

 

La prestigio social y literario del citado escritor francés sufrió, como pueden suponer, una vuelco total. Se le sometió a dos procesos judiciales por pederastia y abuso de menores y en 2020 cesó la comercialización de algunas de sus obras. Sin embargo, lo más subrayable es el clima de indignación y la condena hacia las conductas pedófilas que generó la publicación de este libro así como el debate que se produjo en torno a la tolerancia hacia el abuso de menores se había instalado en determinados círculos intelectuales, judiciales y políticos franceses y europeos.

 

A nadie se le puede escapar que los argumentarios que abogan por la libertad sexual de la población infantil, sobre todo de las niñas, están todavía demasiado presentes en el mundo. De hecho, en algunos países los matrimonios forzados se disfrazan de tradición y costumbre cultural. Países como Níger, República Centroafricana, Chad, India y Blangadesh alcanzan unas cotas escandalosas de casamientos obligados de menores, aunque tampoco son ajenas América Latina y Estado Unidos en cuanto a este tipo de ‘costumbres’. Según datos de Unicef, se estima que alrededor de 12 millones de niñas menores de 18 años son forzadas a casarse cada año. ¡12 millones! En pleno siglo XXI. Terrible.

 

La condena a este tipo de comportamientos de abuso deleznables es resultado directo del desarrollo y asentamiento de un pensamiento social que ha puesto sobre la mesa la necesidad de llamar por su nombre a estas supuestas costumbres y tradiciones: pederastia, pedofilia, abuso sexual y violencia sexual hacia personas menores. Y ello gracias a los avances y los cuestionamientos impulsados por el feminismo, la protección a la infancia y la defensa de los derechos humanos, como sus principales impulsores.

 

Además, se ha generado un debate en torno a la denominada ‘cultura del consentimiento’ con el fin de reflexionar sobre conceptos como voluntad y deseo en el campo de las relaciones sexuales, un debate en plena efervescencia ya que si hablamos de voluntad como pauta para el consentir, el deseo queda al margen. Entonces, ¿qué pasa cuando, por ejemplo, dentro de la pareja se mantiene una relación sexual sin deseo? Hasta hace bien poco este tipo de situaciones no se concebía socialmente como una violación, dado que la mujer estaba obligada a ‘consentir’ la relación sexual con su marido como una obligación marital más. Nada importaba si sentía deseo o no.

 

A este respecto les recomiendo la miniserie Querer, protagonizada por Nagore Aranburu y Pedro Casablanc, en la que se narra la historia de una mujer que denuncia a su marido por violación continuada tras treinta años de matrimonio. Creo que es la primera vez que una serie aborda este tema de forma rigurosa, seria y realista. Me pregunto cuántas mujeres de ayer y de hoy no han vivido en sus propias carnes esta situación tan desoladora dentro de su propio hogar.

 

Como afirma Rosa Cobos, “el surgimiento de la cultura del consentimiento es posible en el marco de una cultura de exaltación del individualismo y también en el del silenciamiento de la desigualdad de poder entre hombres y mujeres”. Ahí está el quid de la cuestión: el sometimiento cultural y social de las mujeres por parte de la dominación del varón en la estructura de la sociedad patriarcal, en las que las mujeres son consideradas como meras servidoras de los hombres. Un sometimiento que justifica y se ve ampliado por industrias como la pornografía y la prostitución, tan rentables económicamente hablando que forman parte del mismo corazón del sistema capitalista neoliberal. Libertad, sí, claro, pero a base de subyugar y someter a las mujeres.

 

Podrán argumentar que ahora las mujeres también son libres para dar respuesta a su deseo sexual si así lo quieren. Y claro que sí, faltaría más. Pero no todas las mujeres. Les recuerdo que existen millones de mujeres que, condicionadas por una situación económica vulnerable, terminan siendo víctimas de la trata de personas para ser prostituidas. Mucho hay que hacer en este ámbito. Y me estoy refiriendo a los países capitalistas, que no civilizados, porque por civilización entiendo un sistema en el que hay una igualdad entre géneros, donde se protege a los más débiles y se respeta los derechos humanos. Eso es ser civilizados.

 

Antes de concluir, les comento que enel año 2023 se estrenó la película del mismo título El consentimiento que se basa en este libro y que expone las cloacas que también guardan las clases burguesas europeas, porque el abuso de menores, la violación en el seno de las parejas y matrimonios, la peredastia y la violencia en todas sus manifestaciones tienen también lugar en esta sociedad nuestra, supuestamente tan ‘civilizada’. Bueno es no perderlo de vista.

 

Josefa Molina

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