La Navidad en Támara (Guía) a través de los textos de Néstor Álamo

Néstor Álamo en infinidad de ocasiones denominaba a su municipio natal como Támara

Sergio Aguiar Castellano Viernes, 20 de Diciembre de 2024 Tiempo de lectura:
Navidad del año 1962. Foto de Paco Rivero.  Archivo de la Fundación Canaria Néstor Álamo FCNA)Navidad del año 1962. Foto de Paco Rivero. Archivo de la Fundación Canaria Néstor Álamo FCNA)

Fue sin duda el guiense Néstor Álamo Hernández (Guía 1906- Las Palmas de G.C.1994), Cronista Oficial de Gran Canaria, al que conocí en la última década de su vida, uno de los más destacados conocedores de la historia de Guía de Gran Canaria.
 
Néstor Álamo en infinidad de ocasiones denominaba a su municipio natal como Támara; desde mi primera entrevista con él en su taller-tienda de antigüedades en la calle Peregrina el  2 de enero de 1989, en que me regaló  su libro "Thenesoya Vidina y más tradiciones" con una dedicatoria para mi muy significativa y entrañable que dice:  "Para Sergio Aguiar, hijo de Guía, y además que sabe serlo", ya le oí hablar de Támara.
 
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Como señalaba, Néstor Álamo citaba a Támara como su pueblo natal, así por ejemplo el 20 de enero de 1943 en un artículo publicado en el periódico "Falange" escribe: "[...] Nosotros teníamos en nuestra vieja casa de Támara, dalias en lo azotea [...]". 
 
O el 4 de enero de 1944 publica otro artículo sobre el libro "Historia de los conventos de Sta. Clara de La Laguna y de San Pedro Apóstol y San Cristóbal de Garachico"  de Fray Diego Inchaurbe Aldape, en el que cita a Sor Catalina de San Mateo la monja clarisa nacida en Guía y fallecida en loor de santidad en el año 1695.
 
La lectura del libro hace que Néstor escriba: " [...] Viene a nosotros este sólido volumen de historia espesa y segura, en los frescos días de Navidad entre ondas de gripe y olor de pasteles. Y lejos ya del «Arkanol» lo leemos en el campo, en plena convalecencia. 
 
Por los balcones abiertos entra el vaho de un tibio sol de invierno. Los alrededores del pueblo, aparecen verdes de felpa sedosa. Las montañas, trabajadas hasta el limite, trasminan agua serena y el Pico enciende al infinito los rojos de sus lavas. Y toda Támara descansa silenciosa bajo el picor de un sol fresco.
 
Por el cauce del barranco de «Las Garzas» cruzan figuras de braceros, al hombro el verde de racimos de plátanos, desandando el ritmo seguro de un andar. En «El Gallinero», otros recogen papas invernales y, mientras ven como los electricistas terminan sus instalaciones en el torreón de la Cicer, un grupo de mozallones discuten con pasión las jugadas finales de su equipo de fútbol [...]". Y firma el artículo: "Néstor Álamo. Támara-Navidad de 1943".
 
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Ya por último citar otro ejemplo, en esta ocasión sacado de su trabajo sobre la epidemia de cólera de 1851 publicado en el periódico "Falange" bajo el título de "Al siglo del Cólera 1851-1951". En donde cita los recuerdos que oyó sobre la epidemia a varios vecinos, en este caso en clave de humor:
 
 "[...] Era en Támara, mi pueblo; "Cha" María y "Cho" José mascullaban recuerdos, a la hora silenciosa del Rosario. Chamuya (habla) "Cha" María
—Vino el "coloro" y se llevó a Pinto; ¡buen mozo! Silencio.
—Vino el "coloro" y se llevó a Padrón, ¡buen mozo! Silencio.
—Vino el "coloro"...
—Vino el "coloro" y no te llevó a ti, grandísima ¡petaca!-barbotaba hecho un demonio "Cho"José...
 
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LA NAVIDAD EN TÁMARA 
 
Hemos seleccionado algunos textos que sobre la Navidad publicó Néstor Álamo en el periódico "Diario de Las Palmas" los días 8, 10 y 11 de noviembre de 1975.
 
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" Viejas noches de Reyes; los villancicos..."
 
¿Han pasado los Reyes con su noche de milagro? ¿Han pasado los villancicos? No lo cree uno aunque el lector habrá de estimar, como el que escribe, que los Instantes no son idóneos para tratar de estas "garipolas". Pero de algo hay que hablar, aunque sea de villancicos. Sin esquivar lo de que las "garipolas", salvo que coronen arquitecturas de nubes responden por lo común a solidez de base. Quiero decir que se asientan en hechos contrastados, en hechos velados por la tradición, pero hechos. La tradición, por ley, se enraiza en ellos, en hechos de seguro contraste.
 
En nuestra tierra y en los tiempos últimos los villancicos han sido con excepciones mínimas, material de importación: en el pasado no. En otras épocas se creaban aquí y aquí se consumían. Por lo común y en fuerza de principios no escritos eran musicados por los Maestros de Capilla de nuestra Catedral insigne, expertos por oficio en lides pentagrámicas. No hace mucho —sí hace mucho— un "sanana" estimó lo conveniente de resucitar el género con determinante regional; "Cantar de arrorró". El asunto fue de aborto; la promoción resultó ingenua, sin malicia, digna del Padre Trepiana y sus tiempos de eclosión. Las gentes, siempre en derroche de inteligencia, decidieron no enterarse. Las gentes suelen adoptar con frecuencia tan sabias resoluciones.
 
[...] Con un nombre o con el otro los villancicos no habrán de pasar, no habrán de morir. Anda la razón en que ese canto a "lo divino" es la más ingrávida vivencia de la Gracia dentro de una frescura de espíritu sin apelaciones. Hasta en la Rusia post-stalinista —dicen— se oyen villancicos en las fiestas obligadas dentro de las casi inexistentes iglesias católicas del Imperio que
Lenin creara.
 
[...] La literatura del mundo cristiano se ve tornasolada por esta poesía del pueblo con reflejos melódicos de estimación igual. En tales páginas repletas de entrega al Misterio imaginado la concepción del cielo se humaniza hasta lograr comunicación perfecta con el ánima del creyente; en ocasiones —muchas— hasta del que no lo es. El Dios que se acerca al humano en esas noches —Natividad, Epifanía— es ente no teológico o de teogonías embarullantes sino algo que se acerca a él sin dogmatismos ceñudos, suelto y alegre; asequible. Queda inscrito en los aires como queda en ellos la alegría del cascabel movilizado por manos infantiles. El conjunto aparece para muchos como limpio reflejo de la Fe, de lo que de ella nos va quedando. El villancico, en esas noches, nos aporta una concepción tan cómoda y a la mano que cualquier hombre del pueblo, cualquier artesano y su familia pueden asimilarlo en forma honesta y venerable, como lo hiciera el trío de Belén en el portal [...].
 
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Pero hablemos de Támara [...]  En Támara se cantaban villancicos de los buenos, de los viejos [...]. 
 
En la bastante hermética sociedad de Támara —saben que hablo de las décadas primeras de este siglo (XX)-- quedaban aún ciertas flotaciones inconexas, creo, de los autos sacramentales del viejo pasado o acaso de aquellas "lobas" (loas) animadas en las noches jubilosas de Navidad o Reyes. Sus expresiones tenían lugar, por obligada tradición, en el templo parroquial; la última en morir, la que alcanzamos, se llamaba a lo conciso "la Estrella".
 
La íntegra insalla (1) de la chiquillería del pueblo y pagos de cercanía acudía a la ceremonia -que ceremonia era- con ilusión más infinita de cuantas puedan desplegar los muchachos de hoy para espectáculo cualquiera, incluido el arribo humano a la luna.
 
La Estrella era un ártilugio cochambroso, resplandeciente de mugres y churretes en su estructura. Ampliamente centenaria la revestían cada año de papel de colores y lucia apéndice caudal de importancia. El "control remoto" lo encarnaban unas liñas que desde el coro y por tradición familiar manejaba un miembro de los "fueguistas" o coheteros, dinastía con prestigio artesano de altura (2). Así emprendía la "ruta de Oriente" —sólo que allí era al revés— con lentitud grave mientras las viejas devotas desenredaban letanías y misterios del Rosario sin saber lo que mascullaban, conforme a !a tradición. Para muchos chicos —también para muchos grandes— el artefacto primitivísimo era nada menos que la luz celestial guiadora de los Magos y sus cortejos; éstos honestamente, se liabían quedado en los reinos de la Esperanza que son los mejores.
 
Hace años —pocos— se intentó reactivar la ceremonia; los responsables de ello pusiseron por delante el nombre del señor Pildáin — (q.D.h.) y su bien aprovechada "intransigencia". Al señor Pildain le colgamos todo lo que nos pareció de personal conveniencia.
 
Templo adelante "la célica navícula" —Cairasco— llegaba entre zozobras expectantes hasta el altar de las Mercedes, imagen bizarra matronil y lujanesca que se tenia —con razones— entre lo mejor del imaginero de Tres Palmas.
 
En las gradas del presbiterio el viejo cascarrabias del párroco, don Domingo, o acaso "el Servidor", como por entonces se llamaba, al coadjutor, sostenían, acunaban casi en el regazo al Niño de la Virgen. El Infante aparecía en su noche recompuesto, arreglado, que la fiesta era en su honor y acaso hasta en su provecho. Al final se procedía al "besapiés" escasamente higiénico, pero lleno de las más deslumbrantes emociones. Con él la ofrenda dineraria, que la vida es la vida y el pie de altar exige...
 
La noche mágica atesoraba para la chiquillería otros atractivos aparte el hurtar el aceite de las lámparas untar luego con él el pan caliente de "las Suárez", allá en el Callejón del Clavel. Delante del presbiterio, en "el pavimento" con armonioso arco de herradura "lobulado", de claras ascendencias mudéjares. Sobre alfombras viejas y "sacos de guano" se asentaba un medio bocoy —quiero decir uno aserrado por la mitad— traído de la tienda de Luisito Jiménez. Este, a su vez, los importaba de Cuba con ron "del bueno".
 
El recipiente lucía al centro su juego de aguas de un chirgo sólo dentro de línea de absoluta prehistoria. En lo alto del menguado surtidor bailaban su colorín unas pelotas de "celuloide" a veces se caían agotadas por el trajín. Aquello, lector, nos embobaba más que a los señores de la Granja de San Ildefonso o del Real Sitio de Aranjuez sus engarabitados chorreteos, de perfil lascivo en ocasiones.
 
Había pastores —en Támara jamás usamos lo de "pastorcitos"— cantando al Niño aquellos aires que nos aparecen ahora como loas en residuos. Otros herían triángulos y rasquetas o medio furrunguiaban algún timple. A veces ciertas aves tontas maltrataban el laúd, que hacía más señor, "más noble". La guitarra parecía cosa de bullanga heterodoxa salvo que la pulsara Borito Ramírez o el "Bírrano" (3) , espléndidos tañedores de vihuela al modo clásico. Fueron artistas enteros. En Támara se cuidaron siempre los detalles, las apariencias, el estilo.
 
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En oportunidades se pedía el gran pandero de Chanito Saavedra pero resultaba excesivo para ciertos espíritus "selectos" con su obsesionante pumpúm lúdico, ensordecedor, tan en su centro en Carnaval...
 
Tengo ante los ojos a don Juan Batista Palenzuela sentado al órgano, dentro de unos amplios noventa años, decían; alto, erguido, señoril; una hermosa estampa de hidalgo encuadernado en negro. A veces fantaseaba, improvisaba sobre el teclado venerable —en él había tocado, como en tantos Don Camilo (Saint Saens)- pero siempre en lo ortodoxo, sin llegar al "Ven y ven" o al "Tres p'al Pím" como en instantes de analogía se escuchara en la mismísima  Catedral... 
 
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Todo aquello respondía a una transparente belleza nuestra, infinitamente nuestra que nunca debió dejarse perder, pero a los curas que regentaban Santa María aquello les importaba nada; no eran de allí, consideraban su estancia en la villa como un paso; esto era lo natural, lo obligado. Fue aquella ceremonia que iría a quedar para siempre en los pliegues anímicos más íntimos de aquellas manadas de "bagañetes" que fueron los chiquillos de Támara; que han sido siempre todos los chiquillos.
 
En este caldo de cultivo rompió un día esta lírica garepa "novenilla", la ha bautizado su autor en recuerdo de la noche fascinante de Reyes en Támara:
 
—Los gallos buscan al día
y cruza la lejanía
un canto de alcaraván
—La luna se va ocultando
entre sonar de panderos
y rompen vuelos ligeros
de pájaros en soltura:
¡Gloria a Dios en las alturas!,
van cantando los arrieros.
 
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(1) Insalle portuguesismo que significa numeroso-a
 

(2) Se trata de la familia Aguiar con varias generaciones de pirotécnicos.(Nada tiene que ver con el autor de este relato).

(3) La familia Batista conocidos y afamados cuchilleros eran conocidos en Guía por los "Birranos". Juan Batista López fue un gran músico y llegó a dirigir la Banda Municipal de Las Palmas.

 
Sergio Aguiar Castellano
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