La Torre Infiel

Quico Espino

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Fue Pedro el Batata, el viudo de Carolina la Carraqueña, el que hizo el viaje a la capital gala (“París de Francia es lo mejor de todas las naciones del mundo y del extranjero”), y luego contó a sus amigos que había subido a la Torre Infiel. Y todo por boca de Pepe Monagas, el personaje creado por Pancho Guerra, que se dio a conocer en 1948. Y, más tarde, un tal Pepe Castellano lo caracterizó a la perfección, pues daba la talla exacta que el escritor había imaginado. 
 
Persona y personaje se fundían en uno y éste se presentaba con frecuencia en las fiestas populares para hacer que todo el mundo se riera a carcajada limpia nada más abrir la boca. Él, que consideraba que reír era muy sano, subía al escenario, se sentaba, dejando sus posaderas desparramadas hacia un lado y otro de la silla, se acicalaba el bigote, se colocaba la cachorra y daba comienzo a la función: Maestro Manuel Garepa…, Antoñito Mascajierro…, Candelarita la fina, soltera de nacimiento…, de cuando Pepe Monagas no fue tartanero por culpa de un caballo con propulsión a chorro…  
 
Hasta la fecha presente nunca he visto a nadie reír como vi reírse a los hombres y mujeres que asistían a las actuaciones de Pepe Monagas. Las carcajadas de ellos, algunos con varias copas de más, se oían en la distancia, y ellas, cuyas risas ululaban con el viento (del cual se decía que nacía en Ingenio), le pedían al cómico que se callara, por favor, pues de lo contrario se iban a orinar todas. 
 
-No se meen, cristianas, que si no hay que rociar todo esto con zotal para que no se llene de pulgas.
 
Casi me muero de risa es una frase que dijeron muchos de los presentes durante aquellas actuaciones y que he oído otras muchas veces a lo largo de mi vida. ¿Quién no se ha muerto de risa alguna vez viendo una comedia o escuchando a alguien que le resulta muy gracioso? 
 
El filo de la risa, como lo denominaba un personaje de Carlos Castaneda, un chamán yaqui de Sonora que se llamaba don Juan, era lo que más apreciaba de la vida, lo que más valoraba de la existencia humana. Cuando sentía una pena que le causaría dolor, don Juan tenía el poder de cambiar la percepción del mundo para que todo le pareciera indiferente. 
 
¡Qué suerte la suya!, pues no estaría mal sentir cierta indiferencia en algunas circunstancias, sobre todo para no sufrir ante los reveses que nos da la vida, como las enfermedades o la muerte, que vaya una jugada esa. Pero es ley de vida y todos tenemos que pasar por ahí, pues aquí no se queda nadie. 
 
Creo que preferiría morirme, puestos a pedir, después de una buena carcajada, que fue lo que le pasó a una amiga mía que tenía noventa y tres años. Se había ido con sus compañeras a jugar al bingo y andaba de cháchara con ellas cuando se rió y le sobrevino la muerte. Me dio un montón de pena, porque yo la quería mucho, pero me gustaría saber dónde hay que firmar para morirse de risa, no como una expresión popular después de haber escuchado, por ejemplo, que Pedro el Batata vio en París un “popótamo” que tenía un “jocico” como una camioneta, en la voz de Pepe Monagas, sino de verdad, literalmente, como mi amiga. Rapidito, sin sufrir, y con una sonrisa dibujada en los labios.
 
Texto: Quico Espino
Foto: François Hamel
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