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Lo bueno del ser humano es que puede ser dúctil como una filigrana que se amolda a los reveces de la vida, tornándose distinta aun siendo la misma. Se suele decir que somos más de un setenta por ciento agua y que el agua si no se mueve se estanca. La Ley de Lavoisier dicta que “la materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”. Eso mismo nos pasa a lo largo de la vida con las referencias que absorbemos cual esponjas secas de ideas o características.
Yo, por ejemplo, viví lo que es ser un niño canario y como tal fui apuntado desde muy pequeño al grupo folclórico de mi pueblo. Desde que era un bebé me dormía con programas donde cantaban isas y folías. Mamaba eso de mi familia, de la televisión, en el colegio... Me vendieron tanto que aquello había de ser lo mío y que cuando se trataba de cultura se estaba hablando de taifas o sorondongos, que lo aborrecí.
Ese primer “no” fue el principio de la ardua lucha de conocerme a mí mismo. Por mi cuenta me proclamé fan de los dibujos animados y la fantasía. Mi vida empezó a sonar con las bandas sonoras de Disney y otras películas sobre magia, concretamente de brujería. Porque ponerme del lado de los malos siempre me parecía más estético, más profundo y menos básico.
Todo ello me llevó al pop sin yo darme cuenta. Aunque lógicamente quién si no Alaska y Mecano para sentirme algo así como un villano incomprendido. En ellas encontré otro punto de mí que antes ocultaba. Descubrí que me encantaba lo estrafalario, lo femenino, lo artificial y sobre todo cuidar mi imagen. Por lo menos, según Loquillo, “ser como el Duque: feo, fuerte y formal”. También me enseñó, al igual que los malvados de las pelis, que el amor ideal no tenía que ser siempre el centro de mi vida. Lo cual no significa que no fuera ya un romántico consagrado, al tragarme todas las bachatas que me ponía mi madre en el coche (y las canciones de Laura Pausini que escuchaba por mi cuenta).
La adolescencia me incitó y sigue incitándome después de viejo a apostar por el reggaetón. Sin embargo, aunque no me quede otra opción que escucharlo cuando salgo a la mayoría de locales, he mantenido mis filas, tal y como cuando era niño, y he dicho no, esto no me representa. No obstante, no es por decoro sino por la forma de decir las cosas. Porque sí he descubierto que me gusta más un doble sentido verde, que una canción ñoña. Pero para ese tipo de canalladas mis referentes son más bien Melendi, Estopa, Joaquín Sabina, María Jiménez, Walls... No hay canon, si me gusta lo incorporo a mí y si no lo dejo ahí.
Otro punto destacable de mis referencias fueron los Flores. Rosario y Antonio tenían un ritmo y unas letras que me gustaban, pero el resto del clan... no digamos. Fueron Lola y Lolita las que me abrieron las puertas al flamenco del que me enamoré, y a la copla de la que soy fiel amante. Por eso me apunté en danza española, donde tuve que aprender ballet, escuela bolera y danza estilizada. Gracias a lo cual me volví un sibarita de la música clásica, los ballets y las zarzuelas. Además de flamenco, tuve que aprender folclore de todas partes de España y ahora sí, por decisión propia, me aficioné a los cantos populares. Incluidos los canarios, con los que agaché cabeza y me reconcilié. Entendí que entonces sí era el momento y que mi animadversión no era hacia a él, sino al hecho de que me lo impusieron.
El ser humano no es una sola etiqueta, una sola religión, un solo partido o un solo tipo de música. A veces nos sorprendemos de que nos gusten las baladas y también el rock, pero no pasa nada, nos cabe todo. Se puede cambiar, aceptar nuevas ideas o querer algo que antes rechazabas. De hecho cuanto más abiertos y más complejos somos mejor, pues seguro que seremos más tolerantes. Nietzsche, por ejemplo, decía que “no debes temer al que tiene una biblioteca y lee muchos libros; debes temer al que tiene un solo libro y lo considera sagrado, pero nunca lo ha leído.”. Lo mismo pasa con la música y con todo. En algunos momentos de la vida puedes estar llorando con una ranchera como una gata bajo la lluvia, en otros estar saltando mientras gritas “lega, legalización” y en otros que se te salten las lágrimas de emoción al escuchar un timple y sentirlo tuyo. Diversidad no significa locura ni bipolaridad. Y de significarlo, qué más da, si el que no está loco es porque no le han puesto nombre a lo suyo.
Fabián Cubas Ávila
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