Fue una exclamación que profirió un amigo mío, manifestando la impresión que se llevó la noche del miércoles veinte del mes pasado, cuando se asomó a la terraza de su casa, en la playa de Sardina, con cámara en mano, sin imaginar que iba a sacar una de las fotos más bonitas de su vida, justo en el momento en que un rayo cruzó el cielo, tiñéndolo todo de azul.
Azul se quedaron la noche, el cielo, el mar y las nubes de las que surgió el rayo, como una exhalación que atravesó el espacio, iluminándolo, emparejando el color de los elementos que aparecen en la imagen, salvo los destellos verdosos y blancuzcos del mismo meteoro, la negra montaña, que simula un ingente animal acostado, el velero anclado en la bahía y las luces de los edificios.
Yo conocí el significado de la palabra rayo a los cinco años, cuando uno cayó sobre el techo del molino de gofio donde mi madre solía tostar y moler el millo. Antes no sabía lo que significaba; lo escuchaba en frases como “ajolá un rayo te parta”, “mal rayo te ajunda” o “asín te descuajeringue un rayo”, que eran habituales entre la gente que me rodeaba, sobre todo mujeres. Me gocé varios pleitos entre algunas vecinas, y mientras se agarraban de los pelos, o se zarandeaban, proferían insultos: pelleja, pelandusca, rebenque, hija de Satanás, y se decían esas frases relativas a los rayos.
No era habitual oír a los hombres decir frases como las citadas. Cuando se enfadaban, a veces sin motivo aparente, los hombres se cagaban en Dios y en la virgen puta. Prácticamente todos los hombres que yo conocía descolgaban santos y blasfemaban contra el Altísimo y la madre que lo parió. Algunos, para abreviar, se cagaban en la Santísima Trinidad.
Tengo una anécdota a ese respecto: mi padre me ordenó que fuera a echarle una mano a un amigo suyo que regentaba un bar en el Ejido, frente al cine Universal de Ingenio, donde también se servían comidas, tapas sobre todo. Y allí estuve casi cuatro años, desde entrados los catorce hasta los dieciocho, trabajando los sábados y los domingos de seis de la tarde a doce y media de la noche. Veinte duros cobraba los sábados y treinta los domingos.
Comenzaba el año 1967. Recuerdo que estaba cayendo la noche y que se iniciaba una tormenta eléctrica, con lluvia, la tarde que empecé a trabajar en el bar, ubicado a unos cien metros de mi casa. Me mojé un poco para llegar a mi destino, donde el dueño del establecimiento, entre otras indicaciones, me señaló que no me pasara de la raya que tenían los vasos en los que se servían los licores. Al acecho se encontraba, vigilante, la primera vez que despaché un ron y me excedí un poco, superando la raya. ¡Hay que ver cómo se puso aquel hombre!
-¡Me cago en los cojones de Dios y en el chocho de la Virgen!
Escandalizado, me fui para mi casa. Esta vez me mojé un poco más. Vi rayos y relámpagos y un trueno me persiguió por el camino, arrastrando el mundo a su paso. Mi padre me vio entrar y me trató de usted cuando me preguntó: “¿usted no tendría que estar ahora en el bar?” Entonces le conté lo que había pasado y la animalada que había proferido su amigo, ante lo cual él se encabritó y vociferó: “¡Me cago en Dios, vaya pallá!”
¡Ños!, me dije cuando salí al exterior. En un momento la tormenta se había desatado. La lluvia no cesaba, los truenos eran monumentales, los relámpagos encendían la calle y los rayos descargaban su energía en el cielo, como éste que se cernió hace poco, de manera espectacular, sobre Gáldar, con aspecto de araña eléctrica,
… y entonces pensé: ¡ojalá caiga un rayo enorme sobre el bar y ya no tenga que ir a trabajar ni aguantar a ese energúmeno!
Ahora, cincuenta y ocho años después, la verdad es que me alegro de que mi deseo no se hubiera cumplido, porque a lo mejor hubiese muerto alguien (cosa que me habría afectado mucho) y porque, una vez acabado el Bachiller y el COU, y al ver que en la Universidad de La Laguna sólo tenía que estudiar, me llevé la mayor alegría de mi vida hasta entonces. Y pensé: “¡ños”, qué bien!
Texto: Quico Espino
Fotos: Justo García González y Josefirinstantes
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