Es conocida como la segunda palmera más alta de Canarias. Según me han informado, mide más de treinta metros, tiene unos trescientos años y vive en el Parque Néstor Álamo, en El Puente, que es un barrio de la zona alta de Ingenio. La llaman la Palmera de Paquesito porque él, que moraba por la zona, la cuidaba con esmero y la quería mucho.
Paquesito era todo un personaje, una figura popular que iba siempre emperifollado con traje de dril, sombrero y corbata y, por lo que me han contado, se aprendió de memoria, siendo analfabeto, el papel del protagonista del “Médico a palos”, de Molière, cosechando un clamoroso éxito en el pueblo.
… estaba la escuela en la que estudié hasta que tuve diez años. La Raya Cartilla, o algo así, creo que fue mi primer libro escolar, aunque esos recuerdos los tengo muy borrosos. Lo que sí recuerdo claramente es que en dicho barrio, casi enfrente del parque arriba citado, se encontraba la Cruz de los Caídos, a donde casi a diario nos llevaban a todos los niños, protocolo obligatorio, para cantar el Cara al sol, con el brazo derecho alzado. Y con la camisa nueva.
Entre El Puente y El Sequero, que estaban unidos por una ladera empedrada, vivían las hermanas de mi padre, que eran diez, así como mi abuela paterna, la cual decía, con picardía, que no tenía bragas para tantos pájaros. Todas ellas solían reunirse los domingos en la explanada que tapaba el barranco y aquello parecía una verdadera celebración con mercadillo y todo, donde se vendía desde huevos, papas, habichuelas, corazones de alcachofa en salmuera y chochos hasta carne de cochino, leche, queques, cueros de baifos y polos artesanales que hacía mi abuela. De hecho para mí era la fiesta de los domingos.
Me faltaba poco más de un mes para cumplir los seis años cuando viví aquel festejo dominguero por primera vez. Lo recuerdo perfectamente porque todo el mundo hablaba de las cigarras, que, días antes, habían dejado el pueblo sin una brizna verde.
Estuve buscando en Internet para asegurarme y vi que la invasión de las langostas sajarianas se produjo el miércoles quince de octubre de 1958. No se me olvida que, el domingo siguiente, mi abuela, de broma, dijo que las cigarras sabían a gofio tostado salteadas en la sartén.
El zumbido nos llegó de repente. Estábamos metidos en la cueva Treinta, haciendo arcos y flechas, y nos asomamos al barranco para dilucidar de dónde procedía aquel sonido, cuando, al mirar al cielo, vimos una nube canela que se aproximaba de manera casi vertiginosa. Asustados, nos metimos de nuevo en la cueva y cerramos la entrada con varios sacos de papas vacíos, que habíamos unido para que hicieran de puerta.
Agazapados allí dentro, atemorizados, centramos nuestra atención en el ruido ensordecedor que emitían las cigarras hasta que no oímos nada. Al cabo de una hora, más o menos, volvimos a escucharlas, pero enseguida se alejaron. Entonces salimos y vimos la desolación que arrasaba los campos: las plantaciones de papas, los millos, los tomates y todos los árboles frutales aparecían como si estuviesen pelados. El verdor que hasta hacía un rato relucía por doquier había desaparecido.
Al día siguiente, cuando fui a la escuela, vi que El Puente y la palmera de Paquesito
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… también habían sido objetos del ataque de las cigarras. Las hojas de la palmera parecían pencas secas y tiesas que ni el viento movía. El maestro nos llevó a la Cruz de los Caídos, a cantar el Cara al sol, cuando vimos pasar a Paquesito, que se dirigía a la parte del barranco donde estaba la palmera. Todos miramos para el educador, pidiéndole con la mirada que cambiáramos la costumbre y él, después de pensarlo, accedió, permitiendo así que viéramos la primera manifestación de cariño entre un hombre y una planta, una lección de naturaleza que nunca he olvidado.
Paquesito abrazó a la palmera, abarcando gran parte del tronco con sus brazos. Le dijo guapa, bonita, preciosa, y le tiró muchos besos volados que luego soplaba para que llegaran a la copa. Estuvo así todo el rato hasta que, por orden del maestro, nos tuvimos que marchar a la escuela. Al alejarnos oímos que repetía los mismos piropos que le había echado y continuó diciéndole que seguro que se recuperaría, que viviría para siempre, eternamente, por los siglos de los siglos.
Y el maestro, quien luego nos explicó lo que significaba, dijo amén.
Texto: Quico Espino
Imágenes: Google
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