Fue un precioso día de abril de 1877 cuando me pusieron en el escaparate frente a una pila de libros entre los que destacaba, pues relucía el título en letras negras y gordas sobre el sepia de la portada que aún olía a tinta: “Gloria”.
Algunas personas que pasaban se detenían y miraban, entre ellas una jovencísima modistilla que pasaba todos los días calle arriba y calle abajo con sus encargos. Siempre se paraba en la cristalera murmurando el título para sí, pues también se llamaba Gloria.
Un día se decidió y entró en la librería, apretando fuertemente una peseta en su puño, y pidió comprar el libro. El dependiente la miró con una sonrisa torcida pero ella, enseñando el dinero, me señaló. El dependiente sustrajo uno de la pila de ejemplares y ella negó con la cabeza, pues quería el que estaba en el escaparte presidiéndolos a todos.
¡Cuántas noches a la luz de una vela leyó y releyó mis páginas, mojándolas con sus lágrimas, reviviendo con su imaginación las desdichas y alegrías que la diestra pluma del autor reflejó en mis hojas!
En el taller de costura, Gloria comentó el libro y las pocas compañeras que sabían leer se lo pidieron, pero ella sólo se lo prestó a Rosa, convencida de que se lo devolvería. Pero no fue así. A Rosa la despidieron por impuntual. Dijeron que se había marchado al pueblo a vivir con sus abuelos. Gloria nunca me volvió a ver, pero quedó en su recuerdo las muchas emociones que le trasmití.
Pues sí, es verdad, estuve en un Pueblecito olvidado de la Sierra, donde vive Rosa ayudando a sus abuelos con las cabras, llevándolas de un lado a otro en los prados y yo, como un tesoro, siempre en su morral, junto a un trozo de queso y una rebanada de pan. A mis páginas, además de las lágrimas de ella y de mi antigua dueña, que me dejaron las hojas un tanto abarquilladas, se sumaba ahora el pringue del queso.
Rosa casi se sabía de memoria lo que en mis páginas relató el autor. Un día, embobada en la lectura por enésima vez, dejó escapar a una cabra y echó a correr tras ella por el prado dejándome caer en la hierba. No tardó en pasar por allí Juanillo, el cual me recogió y salió pitando. Era un mataperro que no sabía leer, pero intuía que yo tendría que valer mucho por cuánto me apreciaba Rosa y a lo mejor podría sacar algunas perras gordas si me vendía a Nicolás, el ropavejero que estaba de paso por la aldea para vender y comprar diferentes y mezquinas gangas. Juanillo quedó contento por conseguir, gracias a mí, una boina vieja con dos agujeros.
El ropavejero siguió su viaje por otros pueblos, llegando a uno idéntico al anterior en su miseria, donde desplegó su mezquina carga delante de la iglesia. Yo destacaba entre unos platos algo rajados, pero con inmensas flores pintadas, y una chaqueta vieja de pana deslucida.
Al pie de aquel negocio, el avaro del pueblo, un viejo flaco y barbudo, que ojeaba tanta miseria, me cogió, sopesándome en su mano. Después del regateo en el cual el ropavejero pedía dos perras gordas por “Gloria”, el tacaño soltó una perra chica y me metió en el inmundo saco que portaba.
Pensé que mi nuevo dueño iba a disfrutar de la lectura de mis páginas, pero no fue así, pues era analfabeto como muchos: fui el calzo de su mesa coja, ¡qué desdicha la mía! El avaro se sentó a la mesa, equilibrada gracias a mí, y se dispuso a engullir una escudilla de leche con sopas de pan. Al cabo, sin terminar, derramó la escudilla y un goteo por la pata de la mesa fue empapando de leche mis páginas. Poco después, con un sordo y estremecedor rumor, un ejército de cucarachas hambrientas me asaltó.
Pero mientras iba siendo devorado por los inmundos insectos, me consolaba pensando que seguiría vivo en los restos de ejemplares de los que formé parte, que se multiplicarían año tras año para disfrute de muchas generaciones. Ya me sentía bastante satisfecho al dar felicidad a las dos únicas personas que me leyeron: Gloria y Rosa.
Texto e ilustración: Juana Moreno Molina
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