Aire fresco

Quico Espino

Ilustración: Antonio Juan Valencia MorenoIlustración: Antonio Juan Valencia Moreno

Todavía me cuesta creerlo cuando lo pienso. Y eso que sucedió hace más de sesenta años, cuando yo contaba diez y estaba sirviendo de monaguillo, un domingo por la mañana, en la misa de once, junto a otro acólito de mi misma edad. En el templo no cabía ni un alma más, porque, por aquellas fechas, España era generalísima y carpetovetónica, con el catolicismo en auge, puesto que la Iglesia, según el cura de la película “Aguirre, la cólera de Dios”, siempre está al lado del más fuerte, para mayor gloria del Altísimo.
 
Recuerdo que hacía muchísimo calor, pues estábamos en pleno agosto, y que tanto a mi compañero como a mí, que llevábamos puestos los hábitos de monaguillos, nos hizo gracia que el cura párroco, en ese momento sobre el púlpito, enfrascado en la homilía y sudando a mares, sacara un abanico para darse aire.
 
-Ésta es una parte nueva de la misa: abanicarse –le susurré a mi acompañante, y ambos esbozamos ligeras sonrisas. El sacerdote, no se sabe cómo, se percató de ello y dejó en suspenso el sermón, bajó del púlpito con ira en la mirada y se acercó a nosotros para, sin contemplaciones, pegarnos dos cachetadas, una por cabeza, que sonaron en la iglesia como el estallido de las olas. Casi nos tira de las sillas en las que nos habíamos sentado. 
 
El sonido fue arrastrado por el eco del recinto, donde no se oía ni una mosca. La gente estaba sentada, sofocada por el calor. Eran sobre todo mujeres, muchas de luto, con trajes por debajo de la rodilla, brazos cubiertos y velo. 
 
Ante la flagrante escena del castigo infringido por el cura, se limitaron a intercambiar miradas, la mayoría considerando que el bofetón que nos dieron a los monaguillos estaba más que justificado, y las menos reflejando que había habido abuso de poder, en tanto que el párroco, más ancho que cumplido, subía de nuevo al púlpito con el fin de seguir con la homilía, aprovechando para resaltar el respeto que se le debía como miembro de la Iglesia y, por supuesto, para hablar del demonio y del pecado.
 
Poco después un aire fresco entró por la puerta principal del santuario. Vino acompañado de dos turistas alemanas, las jóvenes que aparecen en la pintura que encabeza este escrito, las cuales habían llegado al pueblo en el coche de hora de las diez de la mañana. Se dieron un garbeo por la calle que va hasta la plaza, después de tomar un café en el bar Tejas, cosa que llamó la atención de los hombres que se encontraban allí, pues no era habitual que las mujeres entraran solas en las cantinas.
 
-Estas extranjeras siempre llevan poca ropa –dijo uno de ellos, mirando con descaro los muslos de las chicas. 
 
Serían las once y media de la mañana cuando las dos jóvenes arribaron a la plaza. Se sentaron en un banco, a la sombra de una acacia, desde donde oyeron,  por la puerta central del templo, la voz del sacerdote que, a gritos, morbosamente, decía: “el demonio está siempre al acecho, listo para meterse en nuestras vidas al menor pecado, sobre todo el de la carne”.
 
Aunque no se enteraron de nada, pues no tenían ni idea de español, las germanas sintieron curiosidad y buscaron la puerta frontal para entrar en la iglesia, despertando entre la audiencia un murmullo que fue de pronto acallado por los gritos del sacerdote:
 
-¡Fuera! ¡Fuera! ¡Vaya desvergüenza! ¡Esta es la casa del Señor! ¡Fuera de aquí! – continuó el cura, y viendo que las extranjeras no sólo no le hacían caso sino que continuaron su incursión en el recinto eclesiástico, se bajó del púlpito y, como un huracán, se fue derecho hacia ellas, dispuesto a echarlas de allí. Con una cruz que llevaba colgada en el pecho, alzada en su mano, las conminó a que abandonaran el templo, pero ellas, que no entendían las palabras ni la actitud de aquel hombre, no hicieron ningún gesto de marcharse. Entonces el sacerdote fue a agarrar a una por el brazo, para arrastrarla hasta la puerta, justo cuando ella se viró y sintió que le estaban apretando una teta. 
 
La reacción fue inmediata y el cura recibió una bofetada, ¡plaff!, que sonó en la iglesia como una bomba. El clérigo y la audiencia se quedaron de piedra, igual que una imagen congelada, mientras las chicas salían deprisa de la iglesia, para desaparecer del mapa.
 
Los únicos que reaccionamos fuimos los monaguillos, pues mi compañero me miró y, susurrando, dijo: ¿No querías viento?, ¡pues echa la cometa!
 
Texto: Quico Espino
Ilustración: Antonio Juan Valencia Moreno
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