"La taxista" de Josefa Molina Rodríguez
Josefa Molina Rodríguez, periodista, escritora, antóloga y poeta. Creadora y directora del colectivo de escritoras y escritores Palabra y Verso, del programa radiofónico De la Palabra al Verso y de la charla literaria El Ultílogo. Esta es su segunda novela y tiene publicados otros libros de poemas, relatos y microrrelatos, además de estar presente en numerosas antologías. Ha elegido el género negro para gran parte de su producción. En Gris oscuro tirando a negro, su obra de relatos última, esa oscuridad se fue más por lo sobrecogedor, lo que encoge el alma cuando te topas con la maldad humana. Pero tranquilidad, ahora estamos ante otro registro; no son emociones viscerales, como el miedo o el asco, lo que te despierta el negro de esta novela. Aquí es la inteligencia la que entra en juego; sobre todo la de la autora, pues ha sido capaz de urdir una trama que despierta y acrecienta tu interés según te adentras en ella.
He leído en algún lugar a Josefa confesar que no cree en las musas, sino en el trabajo, la constancia y la motivación. Sin embargo seguramente piensa que las brujas, aunque no existan, “haberlas haylas”. Por eso, Virginia, la taxista protagonista de su novela, se consideraba a sí misma dotada de una certera intuición rayana en la premonición. No en vano, Virginia nació en Gáldar y la autora le otorga ese don heredado de las maguadas de la antigua Agáldar.
Además de lo dicho, dibuja a Virginia de tal manera que nos parece conocerla de toda la vida: conectada con la sociedad, pero manteniendo su propio espacio en el que decide a quién deja entrar, lectora de género negro, independiente, inconformista… Fue su madre quien, como tantas otras madres, ellas saben de lo que hablan, le aconsejó estudiar para que no tuviera que depender de nadie. Virginia recuerda, de vez en cuando, con muchísimo cariño a su madre, y liga este recuerdo con su ciudad natal, con los rincones de su infancia y adolescencia; las fiestas del pueblo, los revolcones (ahogaduras los llamábamos) que nos han dado a tantas galdenses las olas en Sardina, el membrillo mojado en agua salada de los veranos, los primeros bailes en el Casino… “La verdad es que últimamente no hago más que pensar en mi madre. Se llamaba Andrea, ¿sabes?”, dice Virginia. Es patente que la madre de Josefa Molina es de algún modo, un personaje implícito en este libro y tal como leemos en la dedicatoria, Gáldar es el lugar en el mundo de la autora.
Habla también de los clichés con que se suele construir una novela negra, ya sea literatura o para la pantalla: el personaje de la mujer fatal, inventada por el cine de Hollywood y que, dicho sea de paso no sé si existe en la vida real, colocado meramente de adorno, secundario, y que a veces hasta recibe un tiro porque da un poco de morbo ver a una rubia escultural desangrarse y como, ¡total, no estaba haciendo nada allí! Forman parte también de dicho cliché el perspicaz detective, con barba de 2 o 3 días y sombrero, algo desastre pero súper inteligente, que según palabras de la narradora omnisciente de esta historia, “termina dando respuesta a todas las incógnitas”, el contrabando de drogas u otro delito, el poder de los medios de comunicación… Algunos, como este último, los ha usado sabiamente, convirtiendo en periodista al amor de pupitre de Virginia, pero otros se los ha saltado rompiendo tópicos: ni curvas excesivas, ni barba perspicaz; es verdad que le dibujó al periodista una atractiva paleta partida, pero ni siquiera eso valió para la archipresente en otras novelas del género, escena de cama. Huyó de los lugares comunes y aún así, ha escrito una buena novela negra. Y por supuesto, la protagonista, como ya dije, es una mujer, una simple taxista que con toda su inocencia de currante, va entrando sin querer en el meollo delictivo que termina por resolver, complot entre amigas por medio; así, como solemos funcionar las mujeres.
Es esta una novela circular, vuelve cerca del final a la impactante frase del inicio, pero además es redonda: bien construida, creíble, afectiva, con diálogos que agilizan la narración sin resultar excesivos y un estilo directo, aunque en algún momento se traslada a futuro, lo que no hace sino aumentar la intriga que va en ascenso a partir de un punto en el relato. Además, muy importante, no se limita a plantear y resolver un crimen o suceso delictivo, que es lo que se espera de toda novela de este género. La taxista, novela negra de Josefa Molina, no se queda ahí.
Frecuentemente he escuchado a Pepa formular a las y los escritores y escritoras que pasan por su programa literario El Ultílogo, la siguiente pregunta con estas o parecidas palabras: ¿Crees que al escribir poesía o narrativa se ha de denunciar de alguna manera, lo que vemos mal en la sociedad, o piensas que la obra ha de ser estrictamente literaria?
Con esta novela, Josefa nos demuestra que pertenece al primer grupo, sin olvidarse de que está escribiendo literatura, pues además de todo lo dicho, salpica su obra de elegidos recursos literarios, como frases con doble sentido: “ella también sentía el fuego de la tierra dentro de sí”, que a veces es metafórico y evocador: “en un instante sus ojos se llenaron de ayer” y otras, irónico y con cierto resquemor: “lástima que los hombres que pasaron por su vida jamás supieron descubrir el camino”; la comparación está presente: “las dudas ascendían como lobos hambrientos por la boca del estómago…”. Estas páginas se enriquecen con numerosas citas a autores y autoras literarios, musicales y sus obras. Admiré el modo de centrarnos en la trama que empleó Josefa poniendo en boca del personaje secundario femenino que va cobrando importancia a medida que avanza la lectura, un discurso en el que con palabras de argot y cargadas de ironía, recapitula, resumiendo todo lo sucedido hasta el momento. Y para terminar el espacio que dedico a resaltar los recursos literarios que encontramos en este libro, leeré la atmosfera que ha creado con esta imagen: “En la lejanía, el sol de media tarde brillaba tenue sobre el mar. Las siluetas de la montaña de Gáldar y el pico de El Teide danzaban entre las brumas claras del atardecer. A lo lejos escuchó el suave croar de las ranas. Un cernícalo frenó su vuelo justo frente a ellas. Tenía la mirada fija en el fondo del barranco…”
Como vengo tratando de demostrar, estamos hablando de literatura, pero la literatura de La Taxista no es fría, está inserta en la vida y por ello Josefa Molina se moja, dota a su novela de un trasfondo social en el que de manera firme, pero sin aspavientos que pudieran romper el sentido de la narración, aparecen pinceladas del día a día y de la problemática de Canarias: el volcán Tajogaite, el aumento de suicidios, la falta de empleo, el mundo de la droga, etc. Asuntos que Josefa hace bien en darles visibilidad, porque yo también soy de las que cree que la literatura no debe “mirar para otro lado”. Particularmente me tocó la fibra que, como escritora galdense que es, no se olvidara de los graves problemas que, debido a intereses particulares, vienen afectando a Amagro, la montaña sagrada de nuestros ancestros.
Y ya para no alargarme demasiado, porque podría seguir resaltando aspectos de la novela, pero no quiero cansar y además, tampoco deseo desvelar más de lo necesario que ahora les toca a ustedes leerla y opinar; sí hay algo que voy a dejar patente: esta novela está escrita con pluma feminista. La escritora, a través del diálogo interno y de las manifestaciones de la protagonista, o de la narración en sí, denuncia uno de los más graves problemas que acarrea la sociedad en que vivimos y al que las diferentes administraciones no logran poner remedio; antes bien parecería que no deja de crecer. Es el problema de la violencia machista. Felicito a Josefa por darle cabida en las páginas de este libro, pues creo que toda mujer en cualquier ámbito en que desarrolle su vida, ha de dejar clara su postura contraria a los malos tratos de género y exigente con las medidas que han de implementarse para acabar con ellos, medidas a la vez encaminadas a que niños y niñas aprendan a relacionarse desde la igualdad y el respeto mutuo. En la misma línea se denuncia en la novela la violación, que no es citada sin más, sino ante la que Virginia muestra sin tapujos su más absoluta condena, así como al sadismo y a la pornografía, que cada vez es más fácilmente asequible a los menores. La pluma feminista de la autora también resalta aspectos positivos, como la sororidad -que va haciéndose cada vez más patente a medida que crece la amistad entre los dos personajes femeninos-, la ternura y la colaboración entre mujeres para llevar a cabo una empresa común. La autora lo deja claro con toda una declaración de intenciones en el diálogo interno que mantiene Virginia la taxista y que, para terminar, transcribo:
“Sonrió para sí misma. Al mejor estilo de las novelas policíacas de Manuel Vázquez Montalbán solo que aquí las protagonistas eran dos mujeres con los ovarios bien puestos, no unas segundonas de la trama. Por una vez, los personajes femeninos tomaban la palabra, trastocaban el papel de damas sumisas en apuros o yeguas finas a lo Taxi Driver, para convertirse en mujeres, con sus defectos y virtudes desde luego, pero dispuestas a plantarle cara al sistema y reclamar para sí mismas su parte en la narrativa”.
Maruja Salgado






























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