El mal y su negocio

Josefa Molina

[Img #10531]En estos días vengo reflexionando sobre la fascinación que nos genera el mal y cómo se explota esa fascinación desde los plataformas digitales. De hecho,  precisamente esa fascinación es la que ha originado que, en los últimos años, el interés por el true crimen o crimen verdadero en español, haya provocado una explosión de series sobre crímenes reales o basados en tales, que luchan por captar la atención de los telespectadores de las plataformas.

 

Hace unos días terminé de ver ‘El caso Asunta’, una serie basada en el asesinato de la niña de origen chino, Asunta Basterra Porto, a mano de sus padres adoptivos cuando tenía doce años, en Santiago de Compostela. Deben de recordar el caso pues durante meses ocupó las principales portadas de los periódicos nacionales y abrió los telediarios durante semanas en nuestro país en el año 2013.

 

¿Y qué me dicen del caso de las niñas de Alcácer? El terrible asesinato de tres adolescentes de 14 y 15 años, a principios de los noventa del siglo pasado, que ocupó los horarios de máxima audiencia en los canales de televisión de nuestro país creando una suerte de espectáculo mediático sin precedentes, ni antes ni después. El asesinato más cruel convertido en un show en busca de la máxima audiencia, a costa muchas veces de la salvaguarda de la ética profesional periodística y del respeto al dolor de las familias.

 

Más recientemente, hemos vivido otros sucesos como el dramático caso del pequeño Ryan, que con tan solo dos años quedó atrapado en el fondo de un pozo y que inspiró la novela titulada ‘El pozo’ de la periodista Berna González Harbour, o del pequeño de ocho años, Gabriel Cruz, asesinado por la pareja de su padre, una psicópata de libro condenada a prisión permanente por un jurado popular. Por cierto que la madre del pequeño Gabriel inició hace unos meses una campaña para evitar que se rodará una serie true crimen sobre su asesinato. Difícil línea entre el derecho a la intimidad y el derecho a la creación audiovisual que necesita de urgente regulación. 

 

Basta visitar las distintas plataformas digitales para descubrir la numerosa oferta de documentales true crimen, en los que se nos narra caso por caso, fecha por fecha, los asesinatos en serie más sonados de la historia de la humanidad, como el de Ted Bundy, Jeffrey Dahmer ‘El carnicero de Milwaukee’ o el caso Zodiac, mostrando, en ocasiones, una admiración más que perversa hacia la figura de los asesinos seriales.

 

Pero si echamos la mirada hacia los años ochenta y noventa en nuestro país, encontramos un ramillete amplio de programas que escarbaban en el crimen de sello nacional. Por nombrar algunos, en los archivos de TVE tenemos ‘Crónicas del mal’, ‘Crónicas en negro’ o ‘La huella del crimen’, en las que se recreaban los crímenes más sonados made in Spain del siglo XIX y XX. Por cierto, que nuestro escritor más ilustre, don Benito Pérez Galdós, se interesó especialmente por uno: el denominado ‘El crimen de la calle Fuencarral’, un suceso que cubrió mediante la elaboración de seis crónicas escritas entre julio de 1888 y mayo de 1889 para el periódico argentino La Prensa.

 

Con todo esto lo que les quiero compartir es que siempre ha existido la narración de las terribles hazañas de asesinos en serie que bebieron directamente del perverso interés cultural por la maldad.

 

Podríamos pensar que esta fascinación es producto del mundo violento y caótico en el que la humanidad está inmersa en los últimos siglos (guerras mundiales, apartheid, nazismo, exterminios, genocidios,…) pero nos equivocaríamos: les recuerdo que las principales obras de tragedia griega, cuna de nuestra civilización, como ‘Antígona’, donde se narra el asesinato entre hermanos, o ‘Edipo Rey’, donde nos adentramos en el asesinato de un padre a manos de su hijo para casarse después con su madre, ambas obras del gran Sófocles, beben directamente del lado oscuro del ser humano.

 

Otras obras más recientes, algunas consideradas obras maestras de la literatura contemporánea, están basadas en asesinatos reales, como la mítica 'A sangre fría' publicada en 1966 por Truman Capote, en la que se narra el cruel asesinato de los cuatro miembros de una familia rural de Kansas a manos de dos convictos en libertad condicional. De hecho, la novela de Capote está considerada como la primera de no ficción que narra crímenes reales.

 

Vemos pues cómo las principales obras clásicas de nuestra literatura universal han tenido como fuente de inspiración el mal real. No en vano la creación literaria parte de las propias vivencias personales de quien escribe, de lo que lee en los medios, de lo que escucha que sucede en el apartamento de al lado,… en fin, de la realidad. El reto, claro está, es lograr el escribirlo de la forma precisa, desde la ficción o desde la no ficción, y dar con las claves que logren captar la atención del público lector y que este no abandone tu libro.

 

Afirma el criminólogo Vicente Garrido, uno de los máximos exponentes de la ciencia y el conocimiento criminológico en nuestro país, que la fascinación que sentimos por los malos responde al instinto de auto protección: los queremos conocer para poder defendernos mejor de ellos.

 

Garrido publicó en 2021 un volumen de 700 páginas que, bajo el título ‘True crimen: la fascinación del mal’, hace referencia a libros, películas, series y podcasts en los que analiza la narrativa interna del true crime.El libro se publicó hace tres años y sigue siento un éxito de ventas.

 

Creo que la fascinación que sentimos hacia la maldad humana es más que evidente y que todo el negocio en torno a ella es tan rentable porque se ha convertido en un producto cultural preparado para ser consumido como tal.

 

Y es que, parafraseando al gran Friedrich Nieztche, somos humanos, demasiado cruelmente humanos. Y eso, nos aterroriza y nos fascina, a partes iguales.

 

Josefa Molina

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