Té saharaui en la Mar Pequeña

Quico Espino

Foto: Jacob Morales MateosFoto: Jacob Morales Mateos

 
Son tres los tés que toman los saharauis, sentados en círculo, muchas veces bajo el manto de las estrellas o, como en este caso, oyendo las olas del mar, de la Mar Pequeña, cerca de Tarfaya, en el sur de Marruecos. El primero es amargo como la vida; el segundo es dulce como el amor y el tercero, suave como la muerte.
 
Que el amor es dulce no hay quien lo desmienta. El amor por la naturaleza, como el que siente este bereber que contempla el desierto que forma parte de su vida,
 
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… es tan incondicional como aquel que se funda en la amistad, en la confianza que produce una mirada honesta, la carcajada de un niño, la caricia de una madre con instinto cariñoso o el sentimiento de entrega de quien quiere de verdad, generosamente.

 

Es dulce ese amor. Sin parangón. Sólo quien lo haya sentido sabe lo que es el cariño verdadero, el cual, según la canción, no puede venderse ni comprarse con todo el dinero del mundo.
 

En cuanto al hecho de que el primer té sea amargo como la vida, creo que voy a discrepar, pues para mí, y para mucha gente que conozco, la vida no es amarga. Puede que lo sea, o lo haya sido, para quienes viven una guerra, un holocausto o pasan hambre y penurias, pero no para todo el mundo. Que tengamos días de tristeza y angustia no significa que sea siempre así. Me temo que se trata de una idea cristiana que la Iglesia impuso para que sus fieles creyeran que esta vida nuestra es una especie de pesadilla continua, como podemos ver en la oración “Dios te salve”, dedicada a la virgen María: “… a ti llamamos los desterrados hijos de Eva, a ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos y después de este destierro…”

 

¡Cuánto miedo metió la Iglesia predicando esas cosas terroríficas! Yo, de pequeño, temí que me salieran llamaradas por la boca más de una vez, por llamar cabrón a mi hermano entre la confesión y la comunión. Y muchas veces, en especial el día de san Miguel, cuando se me escapaba una palabrota, veía al diablo entre las piteras y luego soñaba que estaba ardiendo en el fuego eterno del infierno. Dando gritos me desperté en no pocas ocasiones.

 

¿Es suave la muerte? ¿Como el tercer té que toman los saharauis? No sabría decir. Supongo que será así para alguna gente y, de hecho, a mí me gustaría que me sucediera mientras duermo o, tal vez, contemplando un paisaje que me produzca serenidad:

 

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O, ya puestos a pedir, estar acompañado de la gente que más quiero y que alguien diga alguna cosa que me haga reír con ganas, para marcharme al otro mundo en medio de una carcajada, con una sonrisa en los labios y en los ojos.  

 

Fueron muchas las veces que tomé té con mis amigos saharauis a finales de la década de los noventa del siglo pasado y principios de este siglo, primero en San Isidro y luego en Barrial, donde nos sentábamos en círculo para dar comienzo al ritual, en el que se repetían las mismas consignas cada vez que se llenaba la tetera.

 

Me habría gustado participar también del té que tomaron los saharauis con mi amigo Jacob en la Mar Pequeña,

 

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… una playa que está por debajo del nivel del mar, en medio del desierto, en especial el que bebieron por la noche, bajo las estrellas, que, de tan cerca que parecían, daba la impresión de que se podían alcanzar simplemente alargando una mano hacia el cielo.

 

Texto: Quico Espino.

Fotografías: Jacob Morales Mateos

 

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