Miradas que hablan

Quico Espino

Ignacio A. Roque LugoIgnacio A. Roque Lugo

Está claro que con las miradas se pueden decir muchas cosas. Me imagino que, como yo, la mayoría de las personas tendrán presentes los ojos de los padres cuando nos miraban para indicar que había que dar las gracias, guardar el debido respeto o ser educados en cualquier circunstancia.
 
Quiero hablar de las miradas de los animales, como la de Kora, la perra que abre el reportaje con la lengua fuera, rosada, lo cual implica que el estómago está limpio; juguetona, simpática y leal, reafirma el proverbio que expresa que el perro es el mejor amigo del hombre.
 
Kora tenía un año cuando su dueño, junto a uno de sus hijos y de varios amigos fueron a pasar una noche al aire libre en el parque rural del Roque Nublo. Se desperdigaron al montar sus tiendas de campaña: unos se quedaron en las Cuevas del rey, otros al lado del Bentayga  y el dueño del animal y su hijo lo hicieron bajo el Roque Nublo. Aunque era una cría, el instinto maternal de Kora la tuvo de tienda en tienda toda la noche, sin pegar un ojo, protectora a más no poder, y cuando regresó a su hogar se pegó durmiendo un día entero. 
 
 La mirada de Kora es relajada y entraña el cariño que siente por sus dueños, pero la de la gaviota, que es también sosegada mientras sobrevuela el mar,
 
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… tiene un matiz que conlleva una cierta indiferencia, ajena a todo lo que la rodea. Da la impresión de que, en ese instante, para ella se hubiera parado el mundo, como quietos están el Farallón y la Cola de Dragón que llega hasta La Aldea.

 

 No dice lo mismo la mirada del cuervo,

 

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… el cual protesta con el pico abierto pues se ha enterado de que van a poner torretas de alta tensión desde Guía hasta Agaete, pasando por Gáldar, que es donde él suele anidar. Un día que se encontraba de paseo por Piso Firme, se posó en uno de los postes de la luz y sintió tal calambrazo que salió como un tiro. No paró hasta llegar a Los Pinos de Gáldar. Por un momento contempló la posibilidad de marcharse a otros lugares donde no llegara la luz. 

 

Parecen rezongar también estas ovejas pelibuey, que me echaron una mirada de recelo cuando les saqué la foto:

 

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Me recuerdan las miradas que me dirigía mi madre cuando, de pequeño, me portaba mal. Me imagino los ojos que pondrían si estuvieran en peligro sus vidas, como es el caso de este pobre suricato, que vive por las llanuras de Namibia,

 

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… y que no se pone de pie para contemplar el paisaje, sino para estar pendiente de no ser el desayuno de un depredador, como ese guepardo,

 

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… que está al acecho, con su mirada felina, desde un promontorio de piedras, esperando que una presa se  ponga a su alcance.

 

Qué distinta cosa la de estos carneros que pacen y yacen, con los ojos casi cerrados, por los campos de nuestras verdes medianías, con Tamadaba y el mar a su espalda, bajo un cielo protector,

 

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… felices, serenos porque intuyen que ningún otro animal se los va a comer. 

 

Sólo se intranquilizan un poco, y abren los ojos de par en par, cuando oyen ladrar al perro guardián, Faycán,

 

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… que desparrama la mirada, no sólo para avistar al rebaño del que es responsable sino también, dándose la vuelta, para contemplar su terruño, el mar y el Teide que asoma en la lejanía. Y, a veces, ante esa inmensidad que se le ofrece a la vista, cierra los ojos. 

 

Es lo que hacen estos dos gatos que se han dormido cabeza con cabeza.

 

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Tal vez están soñando con las musarañas, o que se han convertido en tigres.

 

Es lo mismo que hace Gardel, o Julio Arenas, uno de los protagonistas de Cierra los ojos, la última y hermosa película de Víctor Erice, que se recupera del mal del que adolecía viéndose a sí mismo en la secuencia de una película inacabada, y que lo manifiesta cerrando los ojos. Como si el mundo que había quedado atrás se agolpara de repente en su cerebro y todas las miradas que lo observaban entonces, la mar de elocuentes, se juntaran ahora para hacerle retomar las riendas de su vida.

 

Texto: Quico Espino

Fotografías: Ignacio A. Roque Lugo, Jesús Lesmes Suárez, Ernesto M. Saavedra y Quico Espino

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