El gran valor de las pequeñas acciones
En estos últimos días, vengo reflexionando sobre las personas que desde su ámbito más cercano y directo, desde su personal espacio de acción, ayudan a promocionar y a hacer cultura en nuestra tierra.
Se trata de personas que, sin recibir ni un euro a cambio, dedican semanas, meses e incluso años a hacer mucho más por la cultura que otras muchas que aprovechan la subvención de turno para lanzar un proyecto, cobrar y desaparecer. Y si te he visto, no me acuerdo.
En un mundo diseñado para que el ‘yo’ se exhiba como producto en venta a través de las redes sociales, que alguien decida, desde su voluntad y espacio más cercano, hacer algo para los demás, resulta un acto de ir contracorriente.
Desde luego que esta acción individual responde también a un acto de interés personal, pero voy mucho más allá de eso: voy a cómo una acción que uno o una realiza por una motivación personal, implica para los demás, por ejemplo, ayudando a promocionarlos de una y otra manera. Algo que considero un acto de generosidad a pesar de que cuando alguien hace algo por los demás, también lo hace por uno mismo. Y no necesariamente para recibir algo material a cambio, sino por el simple hecho de sentir que eso que se hace es lo correcto, que así es como deben de hacerse las cosas.
El siglo XXI ha traído consigo la eclosión de las redes como medios de difusión y autopromoción. Las redes funcionan como grandes escaparates donde cada uno juega a fingir y recrear una vida que, muchas veces, no corresponda a la vida que realmente se está viviendo.
Es como le sucede al joven protagonista de la película ‘Fingiendo ser punk’, un film del neozelandés Jonathan Ogilvie, presentado en enero de este mismo año. En la obra, ambientada en la Nueva Zelanda de finales de los setenta del siglo pasado, Agnus, un estudiante de secundaria, encuentra en el mundo underground del pospunk una puerta por la que transitar de la niñez al mundo adulto. En la película, de tintes tragicómicos, nuestro protagonista inventa una vida como bajista en un grupo punk, sin ni tan siquiera haber rozado las cuerdas de un bajo en su vida. Inventa una vida para encajar en el colectivo al que aspira pertenecer. Finge, miente, inventa.
Algo así son las redes sociales en las que todas y todos estamos inmersos en una u otra medida: inventamos vidas sin tener reparos a que nuestras fotos personales, la de nuestros hijos e hijas, las del sitio en el que trabajamos y hasta las de nuestras camas y dormitorios, sean exhibidos sin pudor. Y qué decir de imágenes de nuestros momentos más íntimos y personales. ¡Pero si hay quien sube a redes su momento mismo del parto! En fin. Cada persona es libre de ‘compartir’ en redes lo que estime conveniente pero deberíamos tener un poco en cuenta lo peligroso que puede resultar y saber que hay quien se está lucrando a base de vender nuestras fotos y nuestros datos y que hasta nos pueden provocar un verdadero estropicio económico o/y personal con ello.
Aclaro: las redes sociales de por sí no son instrumentos perniciosos de difusión. Es el uso que podemos hacer de ellas, lo que las vuelve perniciosas. No es el medio, es el fin.
No es lo mismo intentar hacer viral un determinado vídeo porque con ello podemos ayudar, por ejemplo, a costear una operación de una persona en un hospital o vamos a impedir que una librería tenga que cerrar sus puertas, digo, eso no es lo mismo que emitir un vídeo alentado a la violencia o enarbolando consignas fascistas. Insisto: no es el medio, es el uso que hacemos de él.
El problema de este medio en concreto, las redes sociales, es la rapidez con la que funcionan, compartiendo, por ejemplo, noticias falsas (las denominada ‘fake news’) sin apenas pasar más allá del titular inicial ni mucho menos pararnos a leer un minuto su contenido. Con esto se corre el peligro de estar compartiendo mensajes que puedan atentar directamente contra la convivencia social, contra los derechos humanos o atacar los propios pilares del sistema democrático.
Y lo hacemos, primero, porque no nos paramos a leer. Y segundo, porque el titular en concreto nos reafirma en nuestras propias ideas.
Afirma el psicólogo Ramón Nogueras, autor de “¿Por qué creemos en mierdas?”, que nos empeñamos en creer tonterías y falsedades a pesar de que nos demuestran científicamente que son tonterías y falsedades. Y que lo hacemos por diversos motivos, entre ellos, por ejemplo, porque nos hace sentir que formamos parte de un colectivo, de una ideología o una religión; porque afianza las creencias en las que ya creemos a priori o porque necesitamos creer en algo porque no creer en ello, nos resulta anímicamente más doloroso. Todo ello a pesar de que, científicamente, no tiene consistencia científica alguna. Y lo sabemos.
De ahí a buscar respuestas a nuestros dilemas en las cartas del tarot, en el horóscopo o la pseudociencia o hablar con un perro muerto para que te indique qué decisiones tomar sobre cómo regir la economía de un país, hay apenas un paso. La diferencia estriba en que dejarte llevar por el horóscopo o por las predicciones de una vidente puede influir en tu vida privada, pero cuando consultas a un perro muerto, al que además has clonado, para tomar decisiones sobre qué políticas económicas impulsar en el país que diriges, puede llevar, como está llevando, a la miseria y la bancarrota del mismo.
Esto explica por qué las fake-news se difunden con tanta rapidez y tienen en las redes sociales su principal vía de difusión. Ahora bien, que una entrada en redes tenga muchos me gusta o likes, no significa necesariamente que la calidad de lo que se comparte sea bueno ni mucho menos ético. De hecho, muchas veces nos encontramos con que son precisamente los mensajes falsos, violentos y dolientes los que más ‘me gusta’ congregan en redes.
Y esto sucede porque, como afirma la doctora en Arte y Filosofía Política, Remedios Zafra, en una entrevista para Etic, el valor numérico, que suele ser producto de un impulso rápido y emocional, se subyuga a un valor de mercado, en el que se sobrepone lo más visto como lo más valioso. Cuando sucede que pocas veces es así. Precisamente ese es el germen del que se nutren influenciers y tiktokers. Y no: no hay correlación directa entre número de seguidores de una publicación y la calidad de sus contenidos. Ejemplo de ello tenemos a millones en nuestros mentideros contemporáneos, las redes sociales.
Frente a ello, y retomo a mi idea inicial, hay personas que, a pesar de no contar con cientos de seguidores (es más, normalmente, sus entradas no pasan de unos pocos ‘me gusta’), considero que realizan una labor mucho más reseñable. Me refiero a esas pequeñas acciones de carácter cultural y literario (que es el ámbito en el que me centro, aunque bien puede extrapolarse a cualquier ámbito de actuación) que se han mantenido en el tiempo y que, con su labor de ‘poquito a poco’, vienen haciendo un trabajo encomiable dando visibilidad a otras personas de forma generosa.
Desde luego, hay muchos ejemplos pero quiero referirme a dos que he tenido muy cerca en los últimos tiempos, como son la labor que lleva realizando en Radio Gáldar desde hace más de once años, Cristóbal Pérez, con su programa de promoción musical y cultural, ‘Cuando la música es magia’ que en breve emitirá su programa número 600, y la iniciativa ‘Encuentros con el Autor’, puesto en marcha en 2015 por la profesora María José Godoy Bellas, como “una manera de afianzar contenidos de una forma dinámica y divertida donde el alumnado puede desarrollar las Competencias Básicas” y en el último año ha hecho una labor fantástica de promoción y visibilización de las escritoras y artistas de las islas.
Ambos proyectos llevan años ejecutándose alentados únicamente por la voluntad de sus propios impulsores y sin recibir nada material a cambio, más allá del convencimiento de llevarlo a cabo y saber que están aportando algo a la sociedad. Que es mucho más de lo que muchas otras personas del mundo cultural y literario puedan decir nunca.
Bravo por Cristóbal y por María José y bravo por esas otras personas que, desde lo pequeño, logran hacer algo grande. Gracias por su tiempo, su implicación y su generosidad. Gracias por sus pequeñas grandes acciones.
Josefa Molina





























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