Me resulta llamativo que estuviera yo pensando en escribir una historia sobre las mujeres de mi familia que fumaban en cachimba, sobre todo mi abuela paterna, de la que hay una anécdota que tiene que ver con el título de este relato, cuando me enviaron estas fotos de fósforos de seguridad (safety matches): una colección de láminas de etiqueta que forman parte de un proyecto ideado, ejecutado y registrado por Jaime Medina, rotulista artesanal, y Rayco Martín, fundador de La tiendita canaria, que está en Ingenio.
De la colección sobre Canarias, que, entre otros, incluye El volcán, Tres naifes, Tres cholas, El fonil, El puntal y El perenquén, yo he elegido siete que están relacionadas con vivencias personales que les voy a contar.
La primera, La cachimba, me hace evocar la figura de mi abuela, que tuvo nada menos que dieciocho hijos, porque ella usaba dicho artilugio y, además, llevaba los bolsillos de su batilongo canelo (una promesa a la virgen del Carmen) llenos de cajas de fósforos, pues allá donde fuere siempre pedía una cajetilla, alegando que no tenía para encender la cachimba.
Yo contaba nueve años cuando fui con ella a Agüimes, a ayudarla a vender pescado salado y tortas de millo, hechas por su mano. Después de despachar la mercancía, sentados en la acera, a la espera del coche de hora, ella echándose una cachimba y yo comiéndome un polo americano, parecido a un bloque de dieciocho, pasó un hombre de baja estatura, del cual se decía que no estaba en sus cabales, y la llamó loca. Sin pensarlo dos veces, y aquí viene la anécdota, mi abuela, que era alta, se levantó y le arreó un cachimbazo en toda la cabeza, mientras le decía: “¿Loca yo? ¡Pues anda que tú!”
![[Img #19531]](https://infonortedigital.com/upload/images/07_2024/4470_cachimba02.jpeg)
Mi padre llamaba fotingo a una camionetilla vieja que tenía, cuyo guardabarros delantero le recordaba los belfos de un caballo, con la que solía hacer viajes que le encargaban, sobre todo cargar leña para las panaderías. Un día, entre los cachos de madera, se encontró una lata de pintura roja y se le ocurrió la idea de pintar el guardafangos del fotingo, que se quedó reluciente y llamaba la atención. Tanto que al pasar delante del bar López, donde solía reunirse con sus amigos, uno de estos le gritó: “¡Eh! ¿Y a dónde va Sarita Montiel con los labios pintados?”
![[Img #19529]](https://infonortedigital.com/upload/images/07_2024/6841_cachimba03.jpeg)
Paquesito, que era analfabeto pero se había aprendido de oídas el papel protagonista del Médico a palos, de Molière, a sus ochenta años seguía teniendo la testosterona “pallarriba”, machito como solían ser la mayoría de los hombres de los años sesenta del siglo pasado. Tenía fama porque, en verano, cada domingo se emperifollaba con su traje de dril, su camisa blanca, más corbata, cachorro y bastón, y a quien le preguntara le soltaba la misma retahíla:
-En coche de hora voy a ir a las playas de Ojos de Garza, El Burrero y Arinaga, pa ver, tras quitarme el cachorro, porque soy un caballero, los cuerpos en bañador de algunas mujeres de Telde, otras de Ingenio y otras de Agüimes. Y así, en una mañana, me veo las donosuras de un montón de mujeres del sureste de la isla.
![[Img #19532]](https://infonortedigital.com/upload/images/07_2024/3205_cachimba04.jpeg)
Como soy cochinero de nacimiento, puedo decir con la boca llena que ¡qué brutos eran los cochinos negros! Pero bueno, aunque entonces no nos lo parecía, creo que lo eran más quienes los mataban: les metían una piedra en el hocico (el caramelo lo llamaban) antes de degollarlos, porque, según decían, se oxigenaba la sangre y no se endurecía la carne. Se les tendía sobre sus cuatro patas, de barriga, encima de una enorme paca de julaga seca, a la cual se prendía fuego. Una vez extinguido éste, se daba a los niños un cacho de rabo asado, o de oreja. A continuación se frotaba la piel del animal y se lavaba con agua hasta dejarla lisa y limpia como una patena. De seguido se le daba la vuelta y se procedía a rajarle de arriba abajo, para luego sacarle el mondongo y descuartizarlo.
Era todo un espectáculo para los que éramos chiquillos presenciar la matanza del cochino negro.
Uno tenía mi madre en el gallinero. Según ella era mejor que el gallo, porque era chiquito pero matón. Valiente como él solo. Para mantenerlo animoso le echaba los gusanos que cogía en las tomateras, le ponía millo aparte y le hacía beber agüita guisada de canela, hinojo y sándalo, que lo engrifaba y lo incitaba a pisar a las gallinas con más brío.
Una mañana, en un despiste de mi madre al dejar la puerta del gallinero abierta, el quíquere se escapó y ya no lo volvió a ver más. Mi padre, entre risas, decía que se había ido a otro gallinero para cambiar de esposas.
Ese sí que no necesitaba que le pusieran hierbas afrodisíacas, ni gusanos, ni nada que lo enalteciera, porque ya venía bien dispuesto tan sólo de oler el rastro de las cabras. El suyo, que llenaba el ambiente, se identificaba a lo lejos y se quedaba en el aire hasta un buen rato después de que pasara. Y quien no lo hubiera visto transitar por los alrededores y, por hache o por be, se asomaba luego a la calle, decía: “¡Ños! ¡Por aquí pasó el macho jardú!”
He dejado el drago para el final porque con su savia seca y oroval y pita sábila hizo mi madre una cataplasma que me puso en un golondrino que me salió en el cuello, después de estar meses yendo a un practicante para que me lo curara.
Yo tenía siete u ocho años y no recuerdo cómo la hizo, pero sí sé que anduvo con el almirez dale que te pego un buen rato. Después aplicó el emplasto sobre el divieso y lo tapó con un esparadrapo, el cual no pudo frenar la pus, la sangre y toda la inmundicia que salió a la mañana siguiente, dejando en el cuello una especie de socavón que curó con alcohol y agua oxigenada. Todavía tengo una cicatriz como recordatorio permanente de aquel tiempo y cuando la miro o la toco me parece oír el sonido metálico de la manilla chocando en el almirez, casi como si fuera un badajo en una campana.
Texto. Quico Espino
Fotos: Google
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