Lazo rojo contra el maldeojo

Quico Espino

Corría el año 1962. Imperaban en nuestro país el franquismo y la Iglesia. En Ingenio se notaba más el poder de esta última porque había un cura párroco que imponía su potestad y quería quedarse con todos los crucifijos, los cuadros de la virgen y las figuras de santos que la gente tenía en sus casas.
 
Mi madre, por ejemplo, atesoraba una preciosa urna de cristal y madera con un niño Jesús reposando feliz en su cuna, regalo de boda que le hizo una tía suya, monja ella, y el avieso sacerdote se la quería llevar para su casa, donde tenía una colección de objetos eclesiásticos, cual si de un museo se tratara.
 
-Eso es para la iglesia, hija mía.
-No, señor cura, usted perdone. Esto se queda aquí, que es un presente de mi tía sor Juana cuando me casé.
-¿Qué dices, mujer? En la iglesia es donde tiene que estar. 
-Y yo le digo a usted que no. Ese niño Jesús lleva en mi casa más de veinte años y de aquí no sale. 
 
Al domingo siguiente, mi madre le confesó al párroco que no podía ir a misa todos los domingos porque tenía mucho que hacer en casa, con siete retoños y un marido que no la ayudaba en las labores domésticas, y, más tarde, desde el púlpito, durante la homilía, él la señaló con el dedo, en plan de reproche, diciéndole que había que ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar. Mi madre se levantó y se fue. Nunca más acudió a una ceremonia oficiada por aquel clérigo soberbio y autoritario.
 
Mi padre, que medía 1.85, decía que mi madre, a la que sacaba casi treinta centímetros, era chiquita pero matona y alegaba que le habría gustado haber estado presente para verla enfrentándose al cura, tanto el día que ella le impidió que se llevara la urna como cuando se levantó en misa y salió de la iglesia refunfuñando.
 
Un día, acabada su jornada de trabajo, mi padre llegó a casa y se encontró a mi madre con los ojos cerrados, musitando algo así como una letanía.
 
-¿Qué haces, esposa?
-Santiguando a las cabras.
-¿A distancia?
-No es nada nuevo. Siempre lo he hecho.
-Qué supersticiosa eres, mi niña.
-¿Y ahora te enteras, amante? En otra cosa no, pero en el maldeojo sí que creo.
-Y en los espíritus, ¿no? –dijo mi padre, con cierta sorna, cogiendo rumbo para la calle, camino del bar López.
 
Mi madre cerró nuevamente los ojos y siguió con su retahíla  hasta que llegué yo, que venía de estar con mis amigos, pidiendo dinero a los turistas que solían visitar el taller de artesanía canaria. Una peseta me habían dado, pero no dije ni pío, porque si no mi madre me la habría quitado, alegando que ella la necesitaba más que yo. Entonces me dijo que fuera a ponerle un lazo encarnado a las cabras, en uno de los cuernos.
 
-¿Ahora, mamá?
-Como un tiro. Y sin rechistar. De paso les echas la ración de millo y unas cuantas pencas tiernas de tunera que tienes que coger y partir en cachos. Yo voy luego a llevarles la alfalfa.
-Pues écheme la bendición, mamá –añadí, persignándome, mientras mi madre me decía “Dios te bendiga, mi hijo”. 
 
Luego partí para el Llano de la Cruz, donde se encontraban las cabras y la cochina, que estaba a punto de parir, no sin antes pasar por la tienda de Angelita Medina para gastarme la peseta que me habían dado los turistas. Me compré un caramelo de coco, que valía una perra, diez boliches de barro, a perra chica cada uno, y dos trompos, que me costaron cuatro perras. Además, la tendera, que me quería mucho porque yo le hacía recados, me regaló un puñado de “chuflas”.
 
Después fui a ponerle los lazos encarnados a las cabras, pero no se los puse en los cuernos sino en el rabo, desobedeciendo a mi madre, mientras me la imaginaba quitándose la alpargata para pegarme en el culo con ella.
 
Quico Espino
Foto del archivo familiar
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