A la caza del topo
Como la caza del topo en la feria, martillo de plástico en mano, uno ansía coger por banda a aquellos y aquellas que tanto anhelan una carrera literaria llena de enseres Reales, Glorias y lujos varios, a cualquier disparado precio.
He aquí que, charlando con el periodista y amigo Diego Serradilla, previo a un evento cultural organizado por él en honor a Félix Grande, y al que acudía como invitado Juan Carlos Mestre, coincidimos en que quizá se presentase al espectáculo algún que otro poeta y poetisa buscando más el interés, que su envés. Y es de esperar que no me refiera al amor por el arte, no. No es algo nuevo que yo vengo a descubrir a la gente a viva voz del pregonero que en la mañana fuese recitando «¡La poesía está mancillada, la poesía nace y muere violada!».
Que aprovechados los ha habido en la historia a diestro y siniestro, pero no les das crédito hasta que se plantan, frente a frente, y emiten bonos-regalo de concursos a los más allegados. Claro, estos últimos siempre han tenido principios éticos dignos por bandera, y es escuchar una estafa literaria y se escandalizan, ¡válgame dios! Pero… Jamás les alejan de su vera, pues teniendo toda una brillante carrera por delante, pueden darle por los cuatro vientos al esfuerzo cuando tienes un Leprechaun con una olla de oro al final de un arco iris.
Y uno se plantea qué es y qué no es justo en la poesía: ¿de dónde proviene el sentido objetivo de la calidad con la que se critica un poema, un poemario? ¿Es estúpido plantearse por qué en la mayoría de los concursos salen premiados poemas que ponen patas arriba la crítica peyorativa que la pasión y el placer de su lectura?
Ningún motivo, por muy encomiable que sea, por mucho que lo reitere el pelota de turno que se arrima, como la zarigüeya al cubo de basura, al tribunal del concurso con opción de compra, podrá convencer de que el molino es un gigante de carne y hueso, ni de que ha vencido a los horrores contemporáneos cuando solamente se ha dedicado a pinchar cueros de vino.
¿Combatir la poesía de agenda comprando concursos? ¡Eso sí que es una fantasía quijotesca!
Dos frases para finalizar esta opinión, y que tan bien vienen como anillo al dedo, «La corrupción del alma es más vergonzosa que la del cuerpo», y «el valiente tiene miedo del contrario; el cobarde, de su propio temor», de José María Vargas Vila y Francisco de Quevedo, respectivamente. Ambas hacen de nexo y resumen de las ideas expuestas acerca de cómo vive hoy la corte poética y su bufonería.
Ángel Manuel Chavarría López




























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