
Mientras que el viento ruge por las ventanas orientadas al barranco, las nubes se hacen fuertes en el gris del cielo, como si protegieran a un olvidado, enorme y agazapado castillo: anuncian lluvias que nunca descargarán y tiempos infantiles y azules que, tampoco, regresarán. Cuando la pelota de plástico imitaba a un balón de fútbol, que en aquel tiempo resultaba inalcanzable para las economías de la vecindad, la raya exterior del campo servía como frontera en el que poder recuperar el balón y terminar la jugada: un auténtico héroe al no dar por perdida la jugada.
Es curioso cómo los recuerdos se apelotonan en su lento caminar de ida y vuelta, donde el pasado que imaginamos se convierte en único referente: aquellos días nublados, en el que el fútbol representaba el deporte por antonomasia, no teníamos mirada alguna para otras actividades. A veces, salía algún que otro rayo de sol que ni servía para calentar la mañana de vacaciones: era un instante tan breve que, por esa misma razón, se ha diluido en el recuerdo de aquella imagen en un colegio con campo de tierra que, para nuestros infantiles ojos, representaba “el no va más” de la época: una calle con pocos coches, una realidad que ocultaba pasiones e ideologías escondidas y unos bares que despachaban ron a tutiplén y vino de garrafa a unos clientes fuertes, trabajadores y abnegados en su lucha diaria, larga o corta, según cómo se mire, que siempre tenían tiempo para la bebida: entonces, creo recordar, se bebía mucho: significaba algo así como la materialización de la hombría. Luego en sus casas, tuvieran hambre o no, daban cuenta de la comida preparada, del potaje en el plato a rebosar, que sus mujeres le servían. No había ningún atisbo de protesta; conocían el carácter duro y fuerte de aquellas mujeres que cada día se esforzaban por agradar y cumplir con su deber de obedientes amas de casa. Claro que el Régimen y la Iglesia oficial empujaban lo suyo: sus oscuros intereses, ahora con el transcurrir del tiempo lo hemos confirmado, no podían tocarse ni mucho menos cuestionarse.
Sin embargo, yo solo quería destacar que los Reyes Magos me habían regalado una pelota que imitaba a un balón de fútbol. Ni más ni menos. Aquel balón hablaba como si fuera la felicidad permanente; luego, la imaginación añadía lo demás: el público ensordecedor que aplaudía fuertemente la jugada que nunca dábamos por acabada.
Hoy, con el fondo de un día primaveral tempranamente soleado, el viento sigue proyectando su penumbra neblinosa, que riela pausadamente su luz, y se funde con el color de la tierra.
Juan FERRERA GIL






























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