La tarantela

Quico Espino

Foto: François HamelFoto: François Hamel

 

Estaba escuchando un programa musical en la radio, cuando sonó el tintineo del Whatsapp: desde Londres me mandaron varias fotos de cabezas de ángeles, talladas en piedra por Emily Young,

 

[Img #17602]

 

… unas cabezas que parecen de mármol blanco, con rasgos de figuras egipcias, rostros alargados, serenos y expresivos, meditativos tal vez, piel tersa y ojos simétricos sin pupilas:

 

[Img #17603]

 

… o con los ojos cerrados:

 

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… todos con un collar que imita al granito y con peinados de piedra imposibles, rebeldes, a los que parece avivar el viento,

 

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… lo cual, sin embargo, no rompe la calma de sus rostros, la nobleza de sus rasgos, la imagen contemplativa, los ojos soñadores del que los tiene cerrados, como soñadores   son también los ojos de la escultora,

 

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… a la que ven en esta imagen, junto a una de sus obras. Mientras leía que había nacido en 1951, en Londres, y que es la mejor escultora en piedra (mármol, lapislázuli, alabastro…) del Reino Unido, pensé que yo había visto antes esas cabezas de ángeles. Pero mucho antes, reflexioné, cuando aún no había empezado a estudiar Historia del arte.  Con esa idea en mente, seguí leyendo, y me encantó, que Emily Young fuera íntima amiga de Syd Barret, alma de Pink Floyd, y que se casara con Simon Jeffes, el director de la Penguin Cafe Orquestra, para la cual ella realizó algunas cubiertas de discos. 

 

Una tarantela napolitana empezó a sonar entonces en la radio. Y con la música fueron llegando los recuerdos de la primera vez que mis padres me dejaron salir solo a una fiesta en el pueblo vecino, a dos meses de entrar en la adolescencia, y que mi madre me compró los primeros calzones largos de mi vida. Si por ella hubiera sido me habría tenido que esperar hasta los catorce, pero resultó que crecí todo lo que tenía que crecer a los doce años, y, al verme las piernas tan peludas, aparte de mi insistencia, decidió poner fin al asunto.

 

Todas las demás imágenes de aquella evocación, con la tarantela de fondo, fueron aflorando a mi mente, y entonces me vi con mis amigos entrando en la plaza de Agüimes, pidiendo baya bayas en un puesto y disponiéndonos para presenciar la atracción de la noche: Las efigies clásicas. 

 

Ni mis amigos ni yo sabíamos lo que significaba la palabra efigie, y una señora que nos oyó nos dijo que eran imágenes o figuras. 

 

La plaza estaba rebosada de gente, la mayoría de pie, cuando, a ritmo de lenta tarantela napolitana, interpretada por una orquesta, empezaron a asomar, por los umbrales de acceso a la plaza,  las figuras de las efigies clásicas, ataviadas con túnicas blancas, un lazo marrón en la cintura y sandalias del mismo color. Eran cinco. Las cabezas me parecieron preciosas, perfectas y, según dijo un hombre, el cual parecía estar ducho en la materia, podían ser griegas, latinas o egipcias.

 

En realidad eran como pequeños papagüevos, que, después de dar varias vueltas a la plaza, se despojaron de sus atuendos. Incluso se quitaron las sandalias y se pusieron calcetines y zapatos negros, del mismo color que la ropa que llevaban, y se dispusieron a bailar, con los brazos en jarra, una tarantela napolitana. 

 

Mis amigos y yo nos quedamos con ganas de más y aplaudimos a rabiar, al igual que el público, entre el cual algunos gritaban ¡bravo! O silbaban. Fue el espectáculo mejor de mi vida hasta ese momento, lo que ahora diría un orgasmo de los sentidos.

 

Son cinco los que tenemos y todos, en especial el oído (una canción, un poema) y el olfato (el olor a tomate), me hacen retrotraer en el tiempo con frecuencia, pero no pensaba yo que el hecho de ver las cabezas esculpidas en piedra de Emily Young, a las cuales tuve deseos de tocar del gusto que me daba verlas, me trasladara de golpe a mi pre adolescencia, un día tan señalado para mí, pues empecé a vislumbrar la noción de una libertad que, por suerte, me ha asistido hasta ahora. Y además, me gustó tanto la función que estuve varios días con la tarantela en la cabeza.

 

 

Texto: Quico Espino

Fotografías: François Hamel, Google.

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