De monstruos y egos
Hace unas semanas culminé la lectura del libro ‘Monstruos. ¿Se puede separar el autor de su obra?’ de la periodista, ensayista y crítica literaria estadounidense Claire Dederer, un libro en el que, cuanto más avanzaba en su lectura, más me confirmaba en la idea de qué difícil es no traspasar la frágil línea entre la obra artística y la persona que la crea.
No hay nada más destructivo y estúpido que el ego sobresaturado y extremo. Querernos sí, por supuesto, faltaría más, pero sin perder de vista que formamos parte de un todo, de un colectivo, llámase familia, agrupación, pueblo, sociedad o mundo. Una unión, claro está, a diferentes niveles pero unión. Somos seres sociales y en sociedad es como crecemos y nos enriquecemos, aunque algunas personas pretendan ir de divas por la vida y que les pongan una alfombra roja a su paso sin que se merezcan ni una toalla vieja y desgastada a modo de felpudo. Porque haberlas, haylas.
El narcisismo siempre ha sido un mal intrínsecamente humano pero en esta época de selfis y del uso desmesurado de las redes para llorar las tragedias más íntimas en forma de post y que ‘las amistades’ (¿lo son?…) te pasen la mano, o para fingir vidas azucaradas a base de sonrisa blanqueada compartiendo continuamente fotos para demostrar lo feliz que eres (¿lo eres?…), hace que el narcisismo alcance topes sociales tales que ha dejado de ser un elemento de la personalidad individual para convertirse en un mal de dimensión colectiva que alcanza niveles de serio problema de salud mental.
En una agradable charla que compartí recientemente con el alumnado del CEPA Telde-La Herradura a propósito de mi libro ‘Gris oscuro tirando a negro’, me preguntaban sobre el carácter siniestro de los relatos que compilo en esta obra y me inquirían sobre por qué los personajes de algunos de los textos son a veces tan perversos. Y yo les contestaba: ¿es que acaso el ser humano no puede llegar a ser malvado hasta lo insospechado? ¿Es que la maldad humana no existe?
Hoy nos retransmiten en directo los diferentes rostros de la maldad. Conocemos las caras de los malvados que suelen ser, con demasiado frecuencia, las mismas de los que gobiernan los países, invaden a otros países y cometen genocidios y crímenes de lesa humanidad ante el silencio cómplice del resto del mundo. Pero tampoco hay que irse tan lejos: ¿es que la maldad no la encontramos ahí fuera, al lado de tu casa, en tu misma calle e incluso, en tu misma cama?
Los malos existen. Solo que a veces, preferimos no verlos. Porque ver a los malos supone enfrentarnos a nuestros propios demonios.
¿Pero qué pasa cuando ese monstruo además está considerado como un genio en su campo de creación? ¿Qué pasa cuando es un depredador sexual o cuando es una persona que maltrata a sus hijos o cuando es una persona ególatra, déspota y destructiva? ¿Hasta qué punto estamos obligados a cancelar la obra del genio porque el genio es un monstruo? ¿Debemos hacerlo?
A este dilema se enfrentaba precisamente Dederer cuando descubrió que algunos de sus cineastas más admirados como Woody Allen y Roman Polanski, eran acusados de pederastia o cuando un icono universal de la pintura como Picasso fue tildado como un narcisista machista que exprimía al máximo a todas las mujeres que pasaron por su vida hasta el punto de anularlas. ¿Quién discute al genio? ¿Tenemos una doble vara de medir cuando el genio es quien abusa? ¿Es que la etiqueta de genio es suficiente para permitir que esa persona pueda humillar, abusar, arruinar la vida de otra persona y librarse de las consecuencias morales, sociales y judiciales a las que, probablemente, otra persona sin esa etiqueta se vería justamente sometida? Desde luego que no. Las personas deben de ser juzgadas por sus comportamientos, no por su obra.
Han sido los movimientos feministas como #MeToo los que por primera vez denunciaron todas estas conductas deleznables de abusos de poder, poniendo sobre la mesa la doble moral que esgrime la sociedad cuando determinadas personas aprovechan su poder económico o político, su estatus social, su posición en la cúspide de los que mandan o su carisma como artista para hacer lo que quisieran con otras personas sin tener que pagar por ello. Son habituales en los medios de comunicación los casos de mujeres que denuncian a personajes del mundo de las artes o del espectáculo que han utilizado su situación de poder para abusar sexualmente de ellas e incluso violarlas. Totalmente asqueroso. Por cierto, la lucha del #MeToo ha quedado gravemente herida tras la revocación del juicio por violación al exproductor de Hollywood, Harvey Weinstein, acusado de utilizar su posición como magnate del cine norteamericado para abusar y violar a decenas de actrices. Que un paso hacia delante sufra esta zancadilla es muy preocupante.
Peor todavía y más terrible es cuando las víctimas son menores de edad. En 2020 llegaba a las librerías ‘El consentimiento’ una obra literaria en la que su autora, Vanessa Springora, narra la relación que mantuvo con el escritor francés Gabriel Matzneff. Por aquel entonces, ella tenía 13 años y él, 50. Creo que la diferencia de edad ya nos pone en sobre aviso para intuir qué tipo de relación se estableció entre ambos. De igualdad no, eso fijo. Y sin embargo la relación no fue cuestionada por la élite francesa de la época dado el estatus social del escritor y eso es lo que precisamente la autora expone en su libro. Un caso de pedofilia consentido en la élite literaria francesa. Repugnante. Por cierto, esta historia ha sido llevada al cine.
Mucho más sangrante son las vivencias de las millones de niñas que son obligadas a casarse con hombres que les dobla o triplican la edad. ¿Saben cuántas menores, algunas con apenas ocho años, son obligadas a casarse con hombres que podrían ser sus abuelos para llevar una vida de esclava sexual? ¡Unas doce millones al año! Sociedades que dan el visto bueno a la práctica de la pedofilia y el abuso sexual a cambio de dinero. ¡Qué horror!
A lo que nos insta Dederer en su ensayo es a enfrentarnos a nuestros monstruos artísticos, que no son pocos. Y lo lleva un paso más lejos al cuestionarse si ella misma no habría actuado igualmente como un monstruo porque, en su afán de labrarse una vida como artista, ha dado la espalda en determinados momentos de su vida a su familia y a sus hijos. Y yo me pregunto: ¿por qué las madres nos tenemos que plantear estas cuestiones cuando los padres llevan siglos dejando de lado a su familia persiguiendo sus sueños? ¿Por qué las mujeres debemos flagelarnos como si no tuviéramos el mismo derecho que ellos a perseguir nuestros sueños? La cuestión es llegar a un punto de equilibrio y compaginar crecimiento profesional y ámbito familiar de la mejor forma posible, sin dejar cadáveres en el camino.
Voy un paso más allá: ¿soy yo un monstruo por disfrutar de una película de Polanski, de un cuadro de Picasso, por bailar una canción de Michael Jackson o por recrearme con el sonido de la trompeta de Miles Davis? ¿Voy a dejar de leer a Pablo Neruda porque, supuestamente, abandonó a su hija enferma de hidrocefalia? (Digo supuestamente porque también he leído artículos donde se indica que responde a una campaña orquestada para desacreditarlo por parte de sus rivales ideológicos). ¿Hay que retirar de las librerías una obra universal de la literatura contemporánea como 'Lolita' y condenar al ostracismo a su autor, Navokov, porque su personaje es un pederasta repugnante? En definitiva, ¿hay que practicar la cultura de la cancelación con ellos?
Creo que es un error condenar a la persona que escribe por la historia que escribe. Una cosa es crear a un asesino en serie y otra cosa muy distinta, matar. Hay que condenar a la persona por lo que hace, no por lo que ficciona. No se crean que esta temática resulta muy fácil de resolver, cuenta con muchas aristas con las que a veces no es fácil lidiar.
Personalmente, en el ámbito de la creación, considero que hay que separar la obra artística de la persona que la crea. A nadie se le escapa que hay personas destructivas, prepotentes y egoístas que utilizan su posición de poder para destruir todo lo que pueden en nombre a veces del arte, otras de la familia, otras de la religión o de la ideología, como también hay personas que lo hacen tan solo buscando su propio interés sin importarles ni exteriorizar la menor empatía hacia nadie. Aunque, pensándolo bien, tanto unas como otras solo buscan su propio interés. Eso es lo que las caracteriza.
Como comentaba en la charla con el alumnado del CEPA, estoy convencida de que todas y todos contamos con zonas grises que pueden transmutarse en profundamente oscuras en algún momento de presión, saltándose todos los límites éticos de la conducta, sin que ello tampoco lo justifique, pero una cosa es imaginar y narrar sobre algo y otra muy distinta es llevarla a cabo. Una cosa es ficcionar y otra cosa muy diferente justificar tu maldad porque cuentes con un ego tan desmesurado y una visión tan distorsionada sobre tu propia persona que te lleve a justificar tu conducta, a sabiendas de que no es la correcta. Esto no es nuevo. Está más que estudiado y analizado por ciencias como la psicología y la criminología.
A lo que hay que temer no son a los monstruos como ‘Frankestein’ de mi admirada Mery Shelley –un monstruo anónimo que es nombrado por el nombre de su creador y que en origen no era tal hasta que fue reiteradamente amenazado y rechazado por su ‘padre’ y por la sociedad- o a Drácula, de mi también admirado Bram Stoker, de origen sí monstruoso pero no mucho más que tantos y tantos 'vampiros emocionales', personas tóxicas que nos chupan las energías con sus lamentos y sus constantes exigencias de atención.
Los primeros son de ficción y lo sabemos, por eso nos fascinan. Los otros son seres egoístas y manipuladores que pueden hacer de tu vida un verdadero infierno.
A esos son a los que hay que temer de verdad. A los que comparten mesa contigo, a los que se sientan junto a ti en una guagua, comparten tu apellido o una mesa en tu oficina de trabajo. A esos. Porque los monstruos están ahí, siempre han estado y seguirán estando. Afortunadamente no son la mayoría y, a veces, con suerte, se les puede reconocer de forma relativamente rápida antes de que continúen incrementando los cadáveres en su carrera hacia la persona más monstruosa del año.
Por suerte, la gente buena es mayoría en el conjunto de la ciudadanía. Y la mayoría solo quiere vivir tranquila y en paz.
Josefa Molina




























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