Artesanía

Quico Espino

El rollo de hilo de pita que ilustra este artículo es para mí una especie de símbolo artesanal porque con la pita se hacían rosetas, como las dos que ven sostenidas en agujas de calar, clavadas éstas en el mismo rollo, cuyas puntas se cosían para rematar la flor y, luego, roseta a roseta, enhebradas unas a otras con hilo acarreto, salían de las manos artesanas tapices, lámparas de brazos, alfombras y, sobre todo, bolsos que se forraban con tela de colores.
 
Yo hice miles de rosetas de pequeño. Mi madre las cosía y mi hermana se encargaba de teñirlas, de suavizarlas y de idear qué hacer con ellas. El percal lo vendíamos al Taller Artesanal de Anita Segundina y luego, desde que abrió en 1964, al Museo de Piedras, ambos lugares en Ingenio. Aunque no nos pagaban bien, (las obras artesanales, salvo excepciones, nunca se han valorado lo suficiente) era un dinero extra que pasaba de inmediato al bolsillo de mi madre, la cual administraba la pobre economía de una familia de seis hijos y una hija. A mi padre le solía alargar la mano de manera teatral cuando él le iba a dar el jornal, y se reían y se echaban la cuenta de las bocas que debían alimentar. 
 
Hoy día la artesanía sigue siendo mal pagada. El trabajo y el tiempo que la gente artesana le dedica a su labor no lo pueden cobrar porque nadie compraría. Y si no que se lo digan a la autora de esta obra, la reproducción de la fachada de una casa de Valleseco, en cuyo interior puse yo una bonita botella con un maguey morado, enraizado en agua:
 
[Img #17411]
 
… o que se lo pregunten al autor de esta hermosa composición:
 
[Img #17410]

 

… la cual salió toda de sus manos, salvo algunos elementos, como la arena que utilizó de fondo del cuadro marino que adorna la pared. Las casitas, a las que puso techo y chimenea, son representativas de la arquitectura de las islas Bermudas.

 

Tanto una como el otro saben lo laborioso que es ese mundo hecho a mano, pero no por ello dejan de disfrutar de lo que hacen aún a sabiendas de que muy poca gente se gana la vida con el trabajo manual, que es donde radica la verdadera artesanía

 

Consagrada artesana es la araña. Por muy hábiles  que podamos ser nosotros con nuestras manos,  me temo que nunca llegaremos a la altura del entramado que, con los pelillos de sus ocho patas, teje la araña para cazar a sus víctimas, para poner sus huevos e incluso para colgarse en un hilo de seda y balancearse al viento. La telaraña es uno de los materiales más versátiles y resistentes del planeta. Y resulta curioso que, cuando llueve, en los hilillos de la maraña se alojan miles de gotitas de agua y se forman filigranas que hacen que el tejido parezca una joya preciosa:

 

 

[Img #17412]

 

De niño, sin saberlo, yo también fui artesano. Y tenía un nexo de unión con las arañas porque me gustaba mucho romper sus huevos con un palo. Cientos de ellas, pequeñísimas, salían a toda marcha. Me parecía imposible que hubiera tantas arañitas en un embrión de seda como aquel y, más de una vez, me las imaginé a todas, ya adultas, tejiendo rosetas como las que yo hacía con hilo de pita. Luego mi madre las cosía con hilo fino y mi hermana les daba colores y creaba unos bolsos preciosos que se vendían como rosquillas. 

 

Y siempre soñaba despierto con la idea de que la artesanía nos había enriquecido hasta el punto de comprarnos una casa nueva con una habitación por cabeza. Y, para celebrarlo, yo entraba exultante en la lujosa alcoba de mis padres y me acurrucaba entre ellos.

 

Texto: Quico Espino

Fotos: Quico Espino, François Hamel e Ignacio A. Roque Lugo

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