
El ruido de los jugos gástricos de su estómago se hizo tan potente que casi atenuó el estridente sonido de las olas. El de más edad sacó un trozo de pan reblandecido por la humedad, arrancó una porción y se lo ofreció. Él quiso rechazarlo. Apenas tenía 15 años, podría aguantar hasta llegar a tierra firme. Pero el hombre insistió. Rondaba los cincuenta. Muy mayor para soñar con un futuro mejor en la vieja Europa. Después, el mar abrió sus fauces y se los tragó. Cada vez que reúne dinero, envía lo que puede a sus dos familias: a la madre y hermanos que quedaron en Senegal y a las hijas del hombre que una vez compartió el pan con él.
Josefa Molina




























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