El agua de la presa

Juana Moreno Molina

 
Viene a mi memoria aquella década de los setenta, cuando irrumpió con fuerza el turismo en nuestra isla, salvando de la precariedad por la sequía a los campesinos de la zona sur, los cuales, sin tener ninguna preparación, fueron colocados en hoteles y apartamentos como personal laboral. 
 
Ejemplos de aquel cambio fueron Juan y Lola, joven matrimonio que vivía con sus dos hijos en una blanca casita de piedra con estrechas ventanas, prestada por un familiar, muy cercana a los tomateros, que la familia trabajaba y cuidaba de sol a sol, sintiéndose privilegiada por poseer un camello, que les aliviaba de las arduas tareas, y dos o tres cabras que alimentaban con rastrojos y daban buena leche. 
 
Hasta fecha cercana, año tras año, las zafras les daban para vivir, incluso para ir haciendo, poco a poco, su casa en el pueblo, allá en San Fernando, pero llegaron tiempos de sequía y a las restricciones de agua de la presa se le unió la falta de lluvia, haciendo malograr tanto trabajo, el cual apenas rendía para el agua y los abonos al final de la temporada. 
 
El matrimonio, desalentado, vendió el camello y, confiando en la bendición de la lluvia, decidió plantar sólo un celemín aquel año, suspendiendo las obras de su futura casa y mandando de nuevo a los chiquillos a la escuela, ya que los dos se bastaban en sacar adelante los pocos tomateros plantados. Era normal en el campesinado de la época que niños de apenas ocho años echaran una mano en el trabajo familiar durante las vacaciones escolares, alargándolas por su cuenta si era necesario.
 
Una noche calurosa, Juan y Lola, sentados a la fresca en la puerta de su casa, callados y abatidos, miraban a la costa donde una multitud de luces de brillantes colores hacían resaltar la gran urbe, entre La Charca y el Oasis, plagada de lujosos hoteles, apartamentos, jardines con piscina y avenidas de palmeras, que en muy poco tiempo había surgido allá abajo. 
 
Juan, sin dejar de mirar el impresionante panorama, le dice a su mujer: 
-Lola, ahora caigo a dónde va a parar el agua de la presa, carajo, que su falta nos está llevando a la miseria. 
 
De repente, callados, se miran a la cara, conectados por una misma idea. Al poco tiempo, en un complejo turístico, Juan lucía mono de jardinero y su mujer, Lola, uniforme de limpiadora. Se acabó el sin vivir por la sequía y la carestía del agua. Ahora trabajan en otra zafra, si no más descansada, al menos sin preocupaciones: el incipiente turismo que hoy nos arrolla.
 
Texto e ilustración: Juana Moreno Molina
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