Las flores de las papas

Parece que no soy el único, porque otra gente me lo ha confirmado, en recordar más las cosas que me ocurrieron hace tiempo que las que me sucedieron recientemente. No recuerdo lo que hice la semana pasada, a no ser que me ponga a pensarlo, pero sí la mayoría de los acontecimientos que tuvieron lugar cuando era un niño, como, por ejemplo, el hecho de ver las plantaciones de papas con sus flores, que eran tanto rosadas como blancas o púrpuras.
También tengo aún presente la frase que me decía, con cierta frecuencia, Pepito Romero, el dueño de la plantación que estaba cerca de las chozas y chiqueros de los animales a los que yo iba a atender, cabras y cochinas, cuando me veía contemplando el colorido de las flores de las papas: si hay flores, hay tubérculos, mi niño.
Pepito Romero, siempre muy atento conmigo, era un hombre dicharachero y parlanchín. En su cercado había higueras, nispereros y parras, entre otros frutales, y siempre, en temporada, me invitaba a que cogiera fruta. Como si fuera hoy me acuerdo de que me estaba comiendo una breva cuando me llegó un olor que adiviné de inmediato, pues no había otro igual.
-Ese es el macho jardú que viene a arreglar a mis cabras. ¡Fuerte pestusia, cristiano! Se queda en el aire toda la mañana y no se quita ni con molinos de viento –comentó Pepito, soltando detrás una sonora carcajada.
-¿Jardú? –le pregunté y él me contestó que siempre había oído decir eso de los machos y que, a lo mejor, se refería al hecho de que eran barbudos. Lo de arreglar a las cabras lo entendí porque el macho pasaba también por donde mi madre tenía las cabras y porque yo llevaba las cochinas al verraco (nosotros decíamos “barraco”) para que las arreglaran.
No hace mucho, mientras contemplaba las flores rosadas de las papas,
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… en una inmensa plantación que recorre gran parte de la finca de Osorio, una señora me dijo la misma frase que Pepito Romero me había dicho más de sesenta años antes: si hay flores, hay tubérculos. Sólo le faltó la coletilla “mi niño”, pero no hizo falta para que yo me retrotrajera en el tiempo y me viera de pronto, como en una película que pasó secuenciada por mi mente, viviendo escenas de mi niñez, acuclillado en la tierra, cogiendo papas en la finca de Pepito Romero.
Éramos un batallón, entre ellos mi madre, que era amiga de la anfitriona. Juntas prepararon, al acabar la faena, un sancocho de cherne con un mojo de pimienta de la puta la madre, papas, batatas, frutos secos y vino del monte, que nos quedamos todos sudando, algunos, como yo, sentados sobre los sacos llenos de papas.
-Me quedé pitiando, mi niña –le dijo mi madre a su amiga, señalándose la barriga, satisfecha, saboreando aún las viandas–. ¡Échese un punto cubano, Pepito! –añadió, invitando al anfitrión a que cogiera la guitarra y se pusiera a cantar una picardía, cosa que él, con un cierto humillo del vino en la mirada, y de buena gracia, aceptó sin rechistar:
-En el tranvía del Teide
yo no me quiero montar,
porque el sexto mandamiento
manda no fornicular.
Las risas de quienes estábamos allí se oyeron por todo el campo. El eco se las llevó por el barranco.
Y yo sacudí la cabeza para regresar al presente y embelesarme nuevamente con las flores de las papas.
Texto: Quico Espino
Fotos: Ignacio A. Roque Lugo





























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