
Agrietada estaba la tierra de tan seca. Hacía tanto que no llovía que las huertas se morían de sed y los árboles gritaban pidiendo agua. Añoraban las nubes empapadas, el estampido de los truenos y el rumor de la lluvia al caer, así como el verdor que otrora revestía los campos, sobre todo las medianías, que simulaban tapices de colores, con geranios, crestas de gallo, oro de risco, tajinastes rojos, flores de mayo…
¡Qué pena más grande!, dijo él, ferviente amante de la naturaleza, contemplando el suelo cuarteado de aquel campo más seco que una pasa, al cual sentía como suyo, sin una mísera flor que lo embelleciera, y, más triste que un sauce llorón, se fue para su casa, rumiando siempre la idea que lo mortificaba: la gran sequía que convertiría su tierra en un desierto.
Aquella misma noche soñó que se subía a un promontorio hecho de cantos de picón y que, ya en lo alto, sintiéndose en el cielo, dibujaba, con sus manos, nubes que estaban cargadas de agua.
Y de madrugada lo despertó la lluvia.
Texto e imagen: Quico Espino.
Arreglo fotográfico: Ignacio A. Roque Lugo





























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