Telarañas

Quico Espino

 
“¡Que llegue a tanto la maldad mía!”, escribió hace tiempo Francisco de Quevedo y se dijo a sí misma una araña que, esperando con sigilo que cayera alguna presa en su trampa, había tejido esta hermosa y seductora tela. 
 
¡Qué habilidad!  Es una obra de arquitectura, dije. Y de  ingeniería y de todo, puro arte, contestó mi amigo Antonio, mientras contemplábamos la telaraña recubriendo los bejeques, los beroles y los cerrajones que, entre otros, jalonaban el sendero tomado por la bruma, después de que una ligera llovizna regara los hilos de seda que la araña había tejido, depositando en ellos micro gotas de agua, que bien podían ser diminutas cuentas de un collar.
 
Íbamos de paseo por el Barranco de la Virgen, en Valleseco, con la mascota de mi amigo, Kora, la cual estuvo un rato mirando la telaraña, como impresionada, para virarse luego hacia el otro lado, mientras mermaba un poco la bruma, y quedarse absorta en aquel espacio que parecía de ensueño:
 
[Img #16468]
 
Una tenue sinfonía de colores celebraba la llegada de la inminente primavera. Castaños, Pinos, laureles, barbusanos, nogales y robles, entre otros, adornaban nuestro paseo. Los mismos árboles que hacen que allí, en el Barranco de la Virgen, el otoño no sea invisible, como pasa en casi todo el resto de la isla.
 
 El rumor del agua, que corre y salta, se escucha en el instante en el que vemos la flor del membrillo,
 
[Img #16469]
 
… cobijada por unas hojas verdes en las que la lluvia ha dejado también su huella. Un poco más allá, asoman la cresta de gallo, la salvia blanca y, resaltando entre la bruma que envuelve a los árboles, un espléndido tajinaste azul,
 
[Img #16467]
 

… como colofón de la sinfonía de colores que se ofrece a nuestros ojos.

 

Los ladridos de Kora, persiguiendo a una lagartija, nos sacó del embeleso en el que nos hallábamos Antonio y yo, contemplativos ante el nebuloso paisaje, escuchando los trinos de los mirlos, cuando apareció frente a nosotros otra inmensa telaraña, no tan perfecta como la anterior, que cruzaba de un tronco de pino a otro, en la que el agua de lluvia también había dejado su rastro.

 

[Img #16470]

 

Mi amigo me contó entonces que las arañas tienen siete glándulas productoras de fibras de seda, como hiladoras que van tejiendo la trama para atrapar a las presas, y a mí, quizás por deformación profesional, me dio por pensar que telaraña en inglés se dice “web” y que todas las redes sociales y navegadores de Internet son plataformas “webs” a las que accedemos cuando queremos informarnos de algo o escuchar música o ver vídeos…

 

Al igual que las arañas, que lo hacen para comer, los creadores de Internet y de las redes sociales han tejido, para enriquecerse, una especie de urdimbre en la que hemos caído muchas personas, no como insectos sino como seres humanos. Menos mal que no hay ninguna araña que nos coma, pero, no obstante, creo que debemos ser cautos para que las redes no nos atrapen, como aprisionan las telarañas a las moscas, convirtiéndonos en adictos, y, en tal caso, para que no llegue a tanto, que no sea irreparable, el mal causado por dicha adicción.

 

Texto: Quico Espino

Fotos: Ignacio A. Roque Lugo

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