Era un Vanguard el pirata de mi padre. Tenía siete plazas y debían ocuparse todas para arrancar rumbo a Las Palmas, que, en aquellas fechas, finales de la década de los cincuenta y toda la de los sesenta del siglo pasado, era la capital. Nadie decía “voy pa Las Palmas” sino “voy pa la capital”, expresión que le daba más empaque a la ciudad.
Mi padre presumía de que el suyo era el único pirata inglés que había en la parada, no francés o italiano como los otros dos, un Peugeot 403 y un Lancia, ambos también de siete plazas, que, al igual que el Vanguard, habían sido comprados de segunda mano y ya estaban casi amortizados, pues el pirateo supuso un buen negocio hasta entrados los años setenta, ya que los coches de hora tardaban la intemerata en arribar a la capital, y en pirata se llegaba en poco más de una hora.
Dieciséis pesetas (poco menos de un céntimo de euro) costaba en 1961 ir en pirata desde Ingenio hasta Las Palmas. Lo sé porque se lo oí decir a mi padre, durante el almuerzo, el día antes de mi noveno cumpleaños. Tienes las orejas abanicadas, me dijo,
y luego me soltó que, como regalo, al día siguiente me llevaría a la capital en su Vanguard. Aquella noche no pegué ojo pensando en el viaje que me iba a dar. Lo más lejos que había llegado hasta entonces era la playa de Agua Dulce, en la costa de Telde, y me parecía un mundo la idea de conocer la ciudad.
Ya estaba en planta a las siete de la mañana. No me podía estar quieto. Me puse la ropa de los domingos y mi madre, que me peinó, me dijo: calma, mi niño, y añadió que estaba muy guapito con la camisa de cuadros y el pulóver negro con estrellas doradas.
![[Img #15822]](https://infonortedigital.com/upload/images/03_2024/3403_piratas02.webp)
Mi padre volvió a decirme que tenía las orejas abanicadas cuando me acerqué a la parada de los coches, donde tuve que esperar media hora a que se ocuparan las otras seis plazas, mientras él, junto a otros hombres, se echaban sus piscos de ron con cazalla en el bar López, el bar de los piratas y de los camioneros.
Faltaba un mes para la llegada del invierno y había llovido bastante, de manera que Ingenio parecía un vergel con frutales de todo tipo y cultivos de papas, millo y especialmente tomates, los cuales, los sobrantes, se apilaban en montañas al lado de la carretera y de los almacenes donde las mujeres apartaban los mejores para exportarlos al extranjero.
En el asiento del copiloto, contemplando abstraído las vistas, me encantó que mi padre hiciera una ligera parada frente al aeropuerto, para ver despegar un avión Spantax que salía para el Sahara, y luego, subiendo por la carretera que iba hacia El Goro y Cuatro Puertas, todo verde y lleno de tomateros, llegamos a Telde, y de allí a Jinámar y a La Laja, desde donde ya empezaba a divisarse la capital.
Yo estaba en una nube. Nunca había sido tan feliz como en aquellos momentos y no me importó que se rieran de mí cuando, antes de entrar al túnel de La Laja, mi padre me dijo que agachara la cabeza y le hice caso. Una broma que creo que la gente de mi generación ha sufrido por igual. Me gastó otra, también típica, a la vuelta, después de dejar atrás el teatro Pérez Galdós, el cual me pareció enorme y fastuoso, cuando pasamos entre la catedral y la plaza de santa Ana. Me sentía entusiasmado, mirándolo todo con deleite, las casas tan grandes y bonitas con aquellos balcones de madera, la extraordinaria fachada de la catedral y, en especial, las llamativas estatuas de los perros de hierro colado que flanqueaban la plaza. Fue entonces cuando mi padre me indicó que sacara la mano por la ventanilla.
-¿Por qué, papá? –le pregunté, inocentemente, en tanto que hacía lo que me había dicho, y él me respondió:
-Pa que le cojas los huevos a los perros.
Esta vez sí me quedé colorado ante sus carcajadas y las de los pasajeros, que eran otros, pero no disminuyó el placer que sentía de estar en la capital, acompañado de mi padre, que me había hecho un regalo de cumpleaños, el mejor de mi vida. Un regalo que, por suerte, siguió haciéndome en años sucesivos.
Recuerdo que cuando cumplí doce, ya era conocida una canción compuesta por José María Millares Sall, quien más adelante recibiría el Premio Nacional de Poesía, que decía: “De belingo nos vamos pa’l monte, en pirata. Échele vino tinto a ese coche, que no arranca”. La hicieron famosa Mary Sánchez y Los Bandama. Mi padre, que la cantó a voz en grito, me la dedicó, y por el camino la cantamos juntos, acompañados de algunos de los pasajeros que se sumaron a la juerga.
Nunca me olvidaré de esa canción, ni tampoco de otra que cantó mi padre, simpático a más no poder, que decía: “Para ser conductor de primera hace falta ser buen bebedor. Con el vino se engrasan las bielas, las cuestas canarias se suben mejor”.
Tampoco olvidaré jamás las carcajadas de mi padre ni el momento en que, soltando una mano del volante, me echó un brazo por encima y me dirigió una cariñosa sonrisa.
Texto: Quico Espino.
Fotos del álbum familiar
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