Las velas de Sardina

Quico Espino

 
Son las velas que me llevan
a navegar mar adentro
con el vaivén de las olas,
con el ímpetu del viento.
 
Son las que me hacen viajar,
volar con el pensamiento
por la inmensidad del mar,
que es donde mejor me siento.
 
A veces cambian de rumbo,
no sin levantar revuelo,
al llegar al horizonte 
y navegan por el cielo.
 
Las vi por primera vez veinte años después de que su autor las diseñara en el frontis de una casa de Sardina, mirando al mar, y desde la playa se podía constatar que eran velas desplegadas, no como las de los barcos que se anclan en la bahía:
 
[Img #14997]
 
… los cuales, aunque las tienen plegadas, invitan a viajar por esos mares afuera, viento  en popa, donde no cortan el mar, sino vuelan, como diría José de Espronceda de su velero bergantín, en la “Canción del pirata”.

 

La palabra vela, como sabemos, es polisémica. Tengo una anécdota con ese término que les voy a contar: un día vino un amigo y vecino mío a despedirse porque se iba a Escocia al día siguiente. Cuando estaba a punto de marcharse, de pronto, se fue la luz y nos quedamos a oscuras hasta que encendí la linterna de mi móvil. Yo no tenía ni una vela en casa. Como él no había traído el celular, cogí una pequeña linterna de mano y se la presté para que subiera la escalinata que va desde mi casa hasta la carretera, porque no se veía ni torta, con la promesa, por su parte, de que iría a su domicilio, cogería su móvil y me traería dos velas, para poner una en la cocina y otra en el baño.

 

No habían pasado ni cinco minutos cuando volvió la luz y, según me contó dos días después por whatsapp, desde Escocia, tuvo visita y se olvidó de mí. Para resarcirme, me dijo, junto con su mensaje me mandó esta foto:

 

[Img #14999]

 

La sacó en el puerto de Nairn, al norte del país escocés, cerca de la ciudad de Inverness. Y, de broma, añadió: “Aquí tienes tus dos velas”. ¡Qué cabrón!

 

Después de recibir ese correo, una mañana que amaneció con cielo nublado, bajé a la playa porque me apetecía ver barcos de vela refugiados del viento y me encontré esta preciosa estampa:

 

[Img #15000]

 

… y ese mismo día, al atardecer, otro amigo me mandó un hermosísimo crepúsculo con dos soles separados por el Teide, uno en el aire y otro en el agua, en la misma franja amarilla, y un velero que parecía perdido en la inmensidad de un mar plateado:

 

[Img #15001]

 

Son muchos los veleros que han llegado a esta encantadora bahía, con sus velas desplegadas al viento, pero se acaban yendo. Sin embargo siempre están ahí, elegantes y primorosas, las que diseñó el artista de Agaete, cuya firma aparece en el vértice inferior derecho de su obra. Esas son las verdaderas velas de Sardina. No me extrañaría, pues, que quienes viven y han vivido en esa casa, que son amigas y amigos míos, hayan soñado alguna vez que han surcado los mares en un barco impulsado por esas velas.

 

A mí me gustaría navegar en una embarcación avivada por tal velamen sardinero, a ver si me conducen a un mundo más justo y equitativo, no el mundo mezquino que tenemos, que cada vez está más vendido al dinero y al poder. Mágicas serían entonces las velas de Sardina.

 

Texto: Quico Espino

Imágenes: Quico Espino, François Hamel e Ignacio A. Roque Lugo

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