Amores que matan

Quico Espino

 
Hace unos días me encontré con una mantis religiosa posada en la tirolesa del frontis de mi casa. Me llamó la atención y fui corriendo a coger el móvil para hacerle fotos. Se agitó un poco cuando me aproximé y pareció que iba a subir por la pared, como muestra la instantánea que encabeza este escrito, pero luego volvió hacia atrás y en el momento en el que acerqué la cámara, el insecto se volvió hacia mí y me miró directamente,
 
 
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… como diciendo “hazte para allá, vil gusano”, y yo, un poco sobrecogido por aquellos ojos tan saltones, tuve la impresión de que, de ser hembra, (que creo que sí por el tamaño) me habría matado sin haberme concedido el placer con el que agracia, aunque no siempre, a sus congéneres macho, o sea que me habría comido entero sin haber cohabitado.  

 

Me imagino que la mantis macho no intuye que la hembra se lo va a comer después de copular, pues de lo contrario no entablaría ninguna relación con ella, como, extrapolando la acción a los seres humanos,  tampoco presentía madame de Tourvel, una mujer de moral católica, encarnada por Michelle Pfeiffer, que el libertino vizconde de Valmont, interpretado por John Malcovich, la engañaría y la dejaría morir de amor por él en “Amistades peligrosas”, película de Stephen Frears, (1988), basada en la novela epistolar homónima de Pierre Choderlos de Lacios, escrita en el siglo XVIII.

 

Sí era consciente, sin embargo, Ralph Truitt, el protagonista de la novela “Una esposa de fiar”, del americano Robert Goolrick, de que su esposa, Catherine Land, a la que amaba con locura, lo estaba envenenando poco a poco con arsénico. Polvo para heredar, lo llamaban los viejos.

 

No hay ningún caso documentado de muerte por amor, salvo en la ficción, como el caso de Romeo y Julieta,  pero sí es habitual, cuando se tiene el corazón roto por un desengaño amoroso, abandonarse y autodestruirse hasta acabar en un estado lamentable que puede conducir a la muerte. 

 

A mí no se me ha ocurrido nunca la idea de matarme o dejarme morir por amor. Es verdad que he sufrido crisis existenciales a causa de sentimientos no correspondidos, pero yo quiero amores que me den vida, no que me la quiten. Me encanta la vida y cada vez aprecio más las buenas relaciones entre la gente, parodiar un poco la existencia, reírme incluso de mí mismo y valorar escenas cotidianas como que una sobrina muy querida se case con su novio, con el que es muy feliz:

 

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… que un estimado amigo haga un dibujo en el que aparece él mismo abrazando y mirando con amor a su hijo recién nacido:

 

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… que mi madre y uno de mis hermanos se abracen y luego, él rodeando los hombros de ella con su brazo, rían desenfadadamente a la cámara:

 

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… o que un precioso niño peruano, ataviado de coloridos manto y gorro, en Cusco, bese a una cría de alpaca, a la que mira con cariño:

 

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Hay amor en todas esas escenas, como también lo hay en las que vivo prácticamente a diario en la playa, donde tengo muy buenas amistades, la mayoría celebrando la jubilación. Nos sentamos ante la inmensidad del mar, nos contamos nuestras cosas, nos reímos con soltura, con el rumor de las olas de fondo, apreciando la maravilla que tenemos, el paraíso  que disfrutamos, gratis, y muchas veces, saliendo del agua, hemos dicho: para vivir así, más vale la pena no morirse.

 

Texto: Quico Espino.

Fotos: Álbum familiar, Ignacio A. Roque Lugo y Quico Espino

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