Misterio

Quico Espino

Foto: François HamelFoto: François Hamel

Misterioso es nuestro mundo:
el cielo en el que giramos,
las estrellas a lo lejos,
la Tierra que tanto amamos.
 
Es misteriosa la mar,
sublime, inmensa, profunda,
hermosa cuando está en calma,
terrible si está iracunda.
 
¿No es un misterio la vida?
¿Que salgamos de la unión
de dos gametos opuestos
que entran en relación?
 
Tal vez parezca algo mágico,
o quizás extraordinario,
pero creo, sin dudarlo,
que aquí estamos de milagro.
 
Tengo la impresión de haber vivido siempre rodeado de misterios. Aparte de los religiosos, que no son pocos, dogmas que me marcaron durante parte de mi infancia y de mi adolescencia, pues topé con la Iglesia, está el primordial, o sea el hecho de vivir en un planeta que gira alrededor del sol y que da vueltas y más vueltas. Y nosotros con él. Ese sí que es un gran misterio.
 
Conocí dicha palabra con seis años y medio, cuando iba a hacer la primera comunión y el cura, que me metió el miedo en el cuerpo con el pecado, (todo era pecado para él), con el infierno, con el diablo y diciéndome que ardería en el fuego eterno si comulgaba en pecado mortal, me enseñó, dictatorialmente, los misterios de la Iglesia. Prefiero no acordarme, la verdad, pero he de decir que me sobrecogí cuando comulgué por primera vez y el sacerdote me dijo que la hostia que sacó del copón y el sorbo de vino que bebí del cáliz eran el cuerpo y la sangre de Cristo. Asombrado me quedé.
 
 Varios meses después, el día de san Miguel, que no se podía decir ninguna palabrota, ni siquiera pensarla, ya que, según el cura, se aparecía el diablo, le dije cabrón a uno de mis hermanos porque me había quitado un trompo. Eso fue al mediodía. Por la tarde, mi madre me mandó a buscar la leche a la cuadra,  que estaba cerca del barranco, y para llegar a ella había que cruzar un andurrial lleno de piteras. El caso fue que se retrasó el ordeñador de las vacas y que al regresar a mi casa ya era casi de noche. Un aire de misterio envolvió el entorno. Sopló un viento frío que me erizó los pelos y allí, entre las piteras, aparecieron los cuernos del diablo y luego sus ojos de fuego que me lanzaron llamaradas candentes y que me hicieron correr como alma que lleva el diablo, nunca mejor dicho. Derramé la mitad de la leche y, para colmo, mi madre me pegó tres alpargatazos en el culo y un pellizcón retorcido en el brazo que tenía a mano.
 
De misterio en misterio, sin criterio, pasé la mitad de mi niñez y algunos años de mi pubertad, miedoso y retraído, hasta que un día, como por ensalmo, dejé de pensar en la doctrina religiosa que me habían inculcado y me quedé simplemente con el misterio que todavía no he conseguido desentrañar: la vida.  
 
Me encanta la vida. La están perdiendo, desgraciadamente, miles de personas, incluso niñas y niños, por culpa sobre todo de las guerras y de los caprichos de la gente poderosa que utilizan su poder para dominar, no para echar una mano, que es lo que deberían hacer. La vida es un milagro maravilloso que agradeceré siempre, mientras me quede el más mínimo aliento, y a ella estoy apegado, ya lo he dicho otras veces, como las lapas a los riscos. Espero despedirme de ella, más tarde que pronto, con una sonrisa dibujada en mi cara, a ser posible contemplando una estampa marinera de Sardina:
 
[Img #14350]
 
… o una puesta de sol con el Farallón y con el Teide:
 
[Img #14373]
 
… y encarar a la muerte, de la que, como dijo Woody Allen, estoy totalmente en contra, pregonando a los cuatro vientos  lo hermosa que ha sido mi vida. Con los vaivenes propios de la existencia, pero hermosa, siempre hermosa.
 
Texto: Quico Espino
Imágenes: François Hamel e Ignacio A. Roque Lugo
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