Foto: album familiarAún de luto por la muerte de su esposo, con sesenta y siete años, a María Concepción le salió un pretendiente setentón, de traje de dril, corbata, bigote y sombrero negro, al que le dio por plantarse una mañana a la salida del frondoso callejón en el que ella aparece, con gesto cariñoso, rodeada de macetas, plantas y flores, despidiéndose de alguno de sus hijos.
-Buenos días, señora –saludó el pretendiente, quitándose el sombrero, cuando ella asomó a la calle, forrada de negro, para ir a la tienda.
-¿Habrase visto cosa igual? ¡Mira tú, muchacha, ese hombre allí, plantado como un mojón y con esas zalamerías conmigo! ¡Lo único que me faltaba! –dijo María Concepción, indignada, a su hija Aurora, mientras colocaba la compra sobre la mesa de la cocina.
-¿No me digas que te salió un novio? –preguntó la hija, soltando una risita socarrona.
-¡Cállate, Aurora, por Dios! ¡Pues sí que tengo yo ganas de revolver más machos! ¡Hazme el favor! Bastante tuve con tu padre y con tus seis hermanos. ¡Quita pallá!
-¿Y qué vas a hacer, mamá?
-¡Yo le canto las cuarenta! Como mañana esté ahí fuera otra vez, le pongo las cartas sobre la mesa.
Y así fue. El pretendiente se encontraba en el mismo sitio cuando ella salió a comprar el pan del desayuno, y, destocándose con gentileza, volvió a saludarla atentamente.
-Buenos días, señora.
-Mire, caballero. Usted perdone, pero no me gustan nada esas atenciones que tiene usted conmigo.
-Disculpe, señora. Mis intenciones son buenas. Yo soy viudo desde hace unos años. Tengo mis tierritas, unas cincuenta fanegadas, una gran casa en Guayadeque y otra en la playa del Burrero, y todo se lo ofrezco si usted quisiera compartir la vida conmigo. Soy un hombre bueno y cariñoso y…
-¡Pare el carro, cristiano! –interrumpió ella –. Muchas gracias por el ofrecimiento, pero yo estoy muy bien como estoy. Así que le ruego, por favor, que no vuelva más.
-Así será, señora. Y usted perdone –replicó él, muy caballeroso, retirándose con una amable sonrisa.
Se rió mucho toda la familia, al domingo siguiente, a cuenta del pretendiente de María Concepción. La casa estaba llena; aparte de ella y su hija, se encontraban los seis varones, varias nueras y algunos nietos.
-¡Ay, mamá! Cásate con ese hombre, que posee tierras y casas. Con él tienes la vida asegurada –dijo, bromeando, el hijo mayor.
-¡Cásate tú con él, si quieres! Yo ya he revuelto siete machos; el ocho te lo regalo –contestó ella, despertando las risas y comentarios de unos y otras, hasta que una de las nietas se le acercó y le dijo algo al oído. Entonces María Concepción se levantó, salió de la sala donde estaban tomando café y dulces, y entro en su alcoba.
-¡Ohhhh! –exclamaron todos cuando la vieron aparecer vestida de color.
-Mi nieta me dijo que le daba tristeza verme siempre vestida de negro, y me pidió que me quitara el luto durante un rato. Y yo le he hecho el gusto.
Texto: Quico Espino
Imagen del archivo familiar






























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