La luna me está mirando, yo no sé lo que me ve, escribió Simón Díaz en su Tonada de la luna llena, y a ella le gustó la canción y cómo la versionaron otras gentes.
También le encantó saber que tenía amores con un calé, al que veía todas las noches, que Lou Reed le dedicó un tema titulado Satélite de amor, y se sintió muy orgullosa cuando se enteró de que un toro, pintado de amapolas y aceitunas, se había enamorado de ella.
Así mismo la luna se creyó dichosa cuando escuchó a Lole y Manuel cantando que ella le había dicho al mar que le prestara su espejo verde porque se quería peinar en un charco de agua clara con un peine de coral.
Pero lo que más le gustó fue que García Lorca escribiera que ella había ido a la fragua con su polisón de nardos, que los gitanos hicieran de su corazón collares y anillos blancos y que un niño la estuviera mirando de manera insistente. Se imaginó la escena con los ojos del chiquillo contemplándola admirativamente, como adorándola, como si ella fuera lo más hermoso que él había visto en toda su vida.
Altanera, esplendorosa, anduvo en calma por el cielo, luciendo su belleza resplandeciente en las noches más oscuras, presumiendo de que era la sensación nocturna, de que ninguna estrella brillaba tanto como ella a los ojos de los habitantes de la Tierra, hasta que un día, paseando por su punto más alto, dejó de lado la vanidad y la arrogancia y contempló el planeta del que es satélite con otros ojos, que, de pronto, se llenaron de espanto.
Se sobresaltó, se asombró la luna cuando vio, con esa nueva mirada, todo lo que antes le había resultado indiferente, escenas que ahora le parecieron terribles, guerras, masacres, genocidios, especialmente aquellas en las que aparecían niñas y niños con terror en la mirada, asombrados, muertos de miedo, no como el niño del poema de Lorca, que la contemplaba con adoración.
Al descender, palideciendo, abochornada, la luna vio que estaba sobre la isla de Gran canaria, a la altura del barranco de Fataga, donde sobresalía la Degollada de la Manzanilla, un macizo montañoso,
… un despeñadero en el que decidió esconderse.
Varios cernícalos y una bandada de cuervos la vieron desaparecer tras la montaña, muerta de vergüenza.
Texto: Quico Espino
Fotos: Juan Carlos Negredo.
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