El caldo de burgaos es lo que más gusto le da al arroz, le dijo mi madre a una vecina de Agua Dulce, cuando venía cargada, como todos los domingos de aquel verano, con una talega de caracoles marinos que había cogido por los riscos y la laja que hay a un lado de la playa. Con la fresca, como ella decía, refiriéndose a esa hora temprana, entre las ocho y las nueve de la mañana. Después los guisaba en el infiernillo que funcionaba con petróleo y al que había que darle fuelle, y nos ponía a todos, incluido mi padre, al cual le habían prestado una cueva frente al mar, a sacar los bigarillos con espuchos de pitera, que yo había ido a buscar previamente.
Hasta pasado el medio día estábamos sentados en corro sobre la arena de la cueva, sacando burgaos. De vez en cuando mi padre se “jincaba” dos o tres, como tapa para acompañar el ron de Arucas, y mi madre se enfadaba y le decía que se largara de allí, que vaya un ejemplo para los hijos, que éramos mis cinco hermanos, mi hermana y yo. Un rancho. Un buen parto de cochina, decía él, con razón, pues los lechones, ya capados, se vendían el doble de caros que las hembras porque eran lechales.
Mi madre solía describirnos, fantaseando casi siempre, los lugares por los que caminaba y las vistas que contemplaba mientras iba cogiendo burgaos: los riscos negros volcánicos, donde veía figuras diversas, contra los que estalló una ola gigante, formando un enorme nimbo de espuma, de la que tuvo que huir a la carrera para que no la pillara:
Surgió de pronto una nube que parecía no sé ni qué, nos dijo, aún encendida por el sol de la mañana, el cual salía por detrás de los espigones que escondían la playa:
Después se llenó el cielo de nubes de algodón, como un gran tapiz que revestía de blanco el azul celeste y ella, cerrando los ojos, se imaginó que una palmera negra tapaba parte del espacio con sus ramas ondeando al viento:
Luego las nubes se aglutinaron y apareció un arco iris, que amenazaba con una lluvia que se quedó en un chirimiri, por cuyos colores se vio subiendo mi madre, como si fueran caminos, rumbo al cielo:
Toda la audiencia, incluido mi padre, que era más bruto que un arado americano, proferimos un ¡oh! maravillado cuando mi madre se calló para ponerse con el trajín de la comida, de manera que el arroz estuviera preparado a la una y media, hora en que solíamos almorzar.
Teníamos tiempo, más de una hora, para irnos a bañar. Mis hermanos y yo, que aún no había cumplido ocho años, corrimos como balas por el veril que iba hacia la playa y estuvimos dentro del agua hasta que mi madre nos llamó a comer, golpeando el almirez con la manilla, que sonaba como una campana. Salimos temblando del agua y mi padre nos dejó la bota del vino moscatel para que entráramos en calor. No echen ni una gota por fuera, nos advirtió.
Nos supo a gloria el arroz con burgaos, con alguna que otra lapa, que mi madre dejaba socarrado en el fondo del caldero (del cual nos tocaba un pisco a cada uno), y yo, cada vez que me como una paella, esté donde esté, evoco aquel verano, la cueva en la que estuvimos viviendo más de tres meses, el arroz con burgaos que mi madre preparaba todos los domingos, y las historias fantásticas que nos contaba, frutos de su inagotable imaginación.
Texto: Quico Espino
Fotos: Quico Espino e Ignacio A. Roque Lugo
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