Canto a Gáldar

Quico Espino

 

Allá cuando san Juan levantó el dedo, lo primero que me llamó la atención camino a Gáldar,  el día antes de empezar el curso escolar 1981-82, al atardecer, a la altura del Puertillo de Arucas, fue la montaña Ajódar, la cual se me antojó como la madre del Teide, que asomaba en la lejanía, pues parecen cortadas por el mismo patrón. Poco después  arribé, por vez primera, al barrio de Sardina, donde dormí arrullado por las olas, y cual no sería mi sorpresa cuando, al día siguiente, tras regresar del Saulo Torón, bajé más de cien escalones y una rampa para encontrarme con la playa más bonita que había visto en mi vida y que me enganchó para siempre:

 

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Me quedé impresionado. Fascinado es la palabra, porque me pareció una playa encantadora de aguas frescas y limpias, claras como un espejo, y allí, después del almuerzo, estuve toda la tarde contemplando el mar, el cielo, los espigones que bordean el litoral y el monte Tamadaba, que asomaba tras los invernaderos, hasta que llegó el atardecer. Y entonces, ¡qué maravilla!, entre los colores que tiñeron el cielo azul de amarillo, rojo y gris, apareció el Teide en todo su esplendor:

 

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Boquiabierto, pasmado ante aquel espectáculo, pensé que había recalado en un sitio que me venía como anillo al dedo, aunque mi intención era seguir yendo de flor en flor, pues empecé en Lanzarote como profesor de Inglés y quería continuar visitando otros lugares isleños donde pudiera ejercer mi labor. Pero de nada sirvieron mis intenciones.

 

El primer fin de semana que pasé por estos lares, conocí el Paso del Sargo, que al ponerse el sol cobraba colores de joyas preciosas:

 

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… el Farallón, imponente, negro entre las aguas plateadas del mar, contemplado desde varios miradores naturales:

 

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… las medianías, Caideros sobre todo, verde aún a pesar de estar en verano, donde sonaban los cencerros de las ovejas en un ambiente bucólico:

 

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… y los Pinos de Gáldar, que forman parte de la cumbre de Gran Canaria, donde se produce un fuerte contraste entre la tierra oscura y el verde de los árboles:

 

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No cabía en mí de contento y satisfacción. Y lo más que me atrajo fue que veía el Teide desde la mayoría de los sitios que visitaba. Espectaculares eran las imágenes que se me quedaron grabadas en la retina, en particular las puestas de sol que vi en Sardina, el rincón que me acogió, por el cual me siento adoptado, durante el siguiente otoño. ¡Qué cielos tan preciosos! ¡Qué despliegue de colores! Y el Teide siempre allí, asomando, emergiendo, erguido como la gran teta de una amazona gigante que nadaba boca arriba en medio del Atlántico, como parte integrante de los crepúsculos sardineros.


Encantado, seducido, después de tanto tiempo viviendo al arrullo de las olas, un rumor que me sosiega, quiero dedicar a Gáldar,  (a la Calle Larga, a la Plaza, a San Isidro, a Barrial, a La Montaña…y sobre todo a Sardina), un poema formado por cuatro estrofas de dieciocho sílabas y, como colofón, entre paréntesis, una de dieciséis: 


Se asoma el ocaso, que enciende la cúspide de La Montaña,
vuelan los colores, retozan alegres por el horizonte,
despiertan los valles y brillan los riscos en lo alto del monte,
suben los barrancos del mar a las cumbres de mi amada Gáldar.


Una serenata le canto a esta tierra a la luz de una hoguera.
El son de una isa sube con las llamas que alumbran el mar;
resuenan las voces con la dulce brisa que invita a soñar,
junto con las olas que bañan los riscos de sal marinera.


Sardina ha heredado del mar misterioso la sangre viajera,
del sol la tranquila y sentida cadencia de sus habitantes,
que entonan canciones que hablan de amores perennes y errantes,
y también de flores que llenan los campos en la primavera.


Subiendo a las cumbres, Los Pinos de Gáldar elevan sus copas
y rozan el cielo, que con el ocaso revienta en colores. 
Se ven Tamadaba y el Teide gigante como dos primores
y el aroma a campo embriaga el ambiente y al viento galopa.


(Estos versos los dedico a mis amigas y amigos,
pues de amistades soy rico. Les llevo siempre conmigo.
Cantarle, pues, yo quisiera, ya que el poema culmina,
a toda Gáldar entera y en especial a Sardina).

 

Texto: Quico Espino

Fotos: Quico Espino e Ignacio A. Roque Lugo

 

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