
Todo padre o madre de un menor o adolescente, tiene entre sus preocupaciones, que pueda convertirse en víctima de acoso por parte de sus compañeros en algún momento de su vida escolar. Es evidente que las situaciones de maltrato escolar generan ansiedad, y mucho malestar en todos los centros escolares, alumnado y en la familia, y que por desgracia, se detectan cada vez en edades más tempranas.
Una vez que sale a la luz el acoso, nos posicionaremos y nos esforzaremos para que la víctima se sienta mejor. Como padres/madres buscaremos medidas de apoyo, profesionales que puedan resarcir su autoestima, intentaremos minimizar las consecuencias en su estabilidad emocional, etc…
Pero qué hacemos si es nuestro hijo/a el que comente el abuso? ¿cómo actuar si es mi hijo/a el acosador/a?
Es difícil recibir la noticia de que tu hijo o tu hija está acosando a un compañero de clase. Muchos son los pensamientos que fluyen, se contradicen y bombardean nuestra cabeza en ese momento, y distintas las formas de actuar para atajar la situación. Muchos padres, cuando se les informa de que su hijo está acosando a un compañero, responden: “Mi hijo NO”, “¿Quién ha dicho eso?” o “¿Dónde está la prueba?”.
La Fundación ANAR, de Ayuda a los Niños y Adolescentes en Riesgo, reconoce el problema: “La toma de conciencia es difícil, porque cuesta mucho asumir que nuestro hijo o hija tenga actitudes violentas”, explica Diana Díaz, directora de las líneas de ayuda de ANAR. “Existe una resistencia psicológica que muchas veces es un mecanismo de defensa muy potente. Y eso nos lleva a preguntarnos qué ha podido fallar en nuestra familia y cómo hemos podido llegar hasta ahí”, Y entonces surge la pregunta: ¿qué podemos hacer si creemos que nuestro hijo o hija es responsable de acoso?
Ante todo, no minimizar el problema. Actuar. Evitar a toda costa los “no pasa nada”, “son cosas de niños” o “tal vez le provocaron”. La no intervención hará que el problema se perpetúe en el tiempo a través de nuevos episodios con nombres diferentes y que, incluso, llegados a la edad adulta, se transformen en casos de violencia de género, maltrato o acoso laboral. El agresor, a fin de cuentas, en este caso, es otro menor de edad que también necesita ayuda.
Desde la Fundación ANAR resaltan: “… los padres de las víctimas enseguida van al psicólogo, pero los de los acosadores van agarrados por las orejas”. Y es que…. El 80% de los progenitores creen que sus hijos son incapaces de infligir daño, mientras que el 20% resta importancia al acoso.
Todos los niños hacen cosas de vez en cuando que parecen acoso. Un episodio o dos de excluir, molestar o actuar de forma cruel con otros niños no significa necesariamente que haya un problema mayor. Pero si tu hijo hace estas cosas de manera repetida, o abusa física o verbalmente de otros, es necesario intervenir. Aunque es normal que los niños den golpes, peleen y discutan entre ellos, la mayoría aprenden con el tiempo a controlar estos impulsos.
Es fundamental enseñarles a relacionarse de una manera diferente, a tener un comportamiento asertivo en lugar de agresivo y a trabajar la inteligencia emocional y la empatía. En ocasiones, se trata de chicos, chicas o adolescentes que muestran comportamientos agresivos incluso hacia sus amigos o su propia familia. Insultan, amenazan, coaccionan o mienten; les cuesta mucho empatizar y no se suelen sentir culpables. Son jóvenes que actúan de forma muy impulsiva, carecen de estrategias no violentas para resolver conflictos y suelen tener una baja capacidad de autocontrol y poca tolerancia a la frustración.
No se trata de individuos que sean así por naturaleza, sino por un conjunto de circunstancias que no han permitido el desarrollo de valores positivos. Si uno de estos niños recibe la ayuda indicada, se puede revertir su rol en la mayoría de las ocasiones, trabajando con sus emociones, sus habilidades comunicativas y su manera de afrontar los conflictos.
Enseñarles a controlar sus emociones y acciones es un paso para detener el acoso.
Tú puedes ayudar a que tu hijo entienda que sus palabras y acciones afectan a los otros. Tú desempeñas un papel importante en hacer que tu hijo tenga conciencia de los sentimientos de los demás.
No hay mejor antídoto que la prevención desde pequeños. Educar a tu hijo en valores, con tu ejemplo y con una sólida comunicación familiar, es la mejor protección que le puedes ofrecer.
Harídian Suárez (trabajadora social)






























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