La Catana

Juana Moreno Molina

Dice el diccionario que Familia es un grupo de personas normalmente unidas por lazos legales, etc., etc. Ahora las mascotas ya se consideran parte de la familia por derechos reglamentarios, por aquello de la protección animal. Incluso, en algunos casos, estos se dejan al cuidado de una tercera persona por mandato testamentario. Todo viene a cuento por la Catana, un pájaro muy querido que criamos y tuvimos en nuestra casa, que entraba y salía cuando a ella lo estimaba, muy lejos de ser una mascota, pues se hubiera ido volando sabe Dios a dónde y no dejarse ver más si hubiera querido. 
 
Era de tamaño algo mayor que un mirlo, lucia un brillante plumaje negro, el pico muy largo de color anaranjado, casi rojo, igual que sus patas terminadas en fuertes garras negras. Además de graznar imitaba algunas palabras como los loros: papá, Rosi... 
 
Cuando éramos niños, nuestro abuelo se lo encontró siendo un pollito desvalido, abandonado en un risco de la isla de La Palma, donde tienen estas aves su habitat. Con mucho cuidado lo trajo a nuestra isla y a nuestro cuidado. Lo criamos “a dedo”, introduciéndole por el pico canutillos de leche con gofio; más tarde comía lo mismo que toda la familia y lo que encontraba por ahí , pues andaba libre revoloteando por todo el pueblo. Libre también como nuestro perro, León, el cual, el muy puñetero, desaparecía a veces algunos días,  regresando flaco, lleno de pulgas y de mataduras; los gatos andaban por todas partes y ya no recuerdo cuántos eran, sólo que las gatas no cesaban de parir. 
 
Tengo que reconocer que toda esta fauna la podíamos tener porque vivíamos en una casa terrera con huerto, donde, además, había patos, gallinas y cabras, a las que la Catana imitaba cacareando o balando. 
 
Todos estos animales nombrados, “sabían” que pertenecían a una familia donde encontraban comida y cobijo. La definición de mascota no nos pasaba por la cabeza, pues vivían a su aire, unos andando por la vecindad y la Catana por el aire, todos tan felices. 
Este grajo era muy inteligente, no en vano su especie está emparentada con los cuervos. Recuerdo su costumbre cuando, en su vuelo, nos divisaba en cualquier parte: bajaba en picado y nos acompañaba caminando a nuestro lado. Era una ladrona: muchas veces, en la tienda de nuestro padre, en un descuido, robaba pasas, pastillas de fresa e incluso monedas, todo lo que pudiera albergar su pico. Robaba a la señora de las sardinas , por más que la “ajuliara”con el paño de las mosca. También robaba los boliches de los chiquillos que jugaban en las aceras, y, cuando se posaba en la ventana de la escuela, arrancaba con las gomas de borrar de los asustados escolares , atemorizados por su pico y su desvergüenza. 
 
Todo lo escondía, nunca supimos dónde, pero cuando quería caricias y arrumacos de mi hermana Rosita, le traía los tesoros de sus escondrijos en varios viajes, poniéndolos a sus pies con unos graznidos mimosos. 
 
La Catana era una más de la familia: éramos “su bandada”, aunque no voláramos. Nunca conoció a sus congéneres. Nos seguía a todas partes, haciéndonos pasar muchos apuros, como aquella vez que entró detrás de nosotras a la iglesia y se quedó aseando concienzudamente su plumaje al pie del cura que celebraba misa. Nosotras, avergonzadas, le habíamos dado esquinazo escurriéndonos a una capilla. La cosa no terminó bien, pues Cati (así la llamábamos) graznaba cada vez que el oficiante se volvía y decía sus latines de cara a los fieles. Ya mortificado, el sacerdote cogió el micrófono y dijo: “el amo del bicho éste, que se lo lleve”, y  mi hermana subió las gradas del altar e invitó a subir a su brazo a nuestra amiga, saliendo ofendida porque el cura llamó bicho a su Catana.
 
Una vez, por Carnavales, nos disfrazamos e íbamos con la cara tapada a un baile al Casino, orgullosas de nuestro disfraz y muy convencidas de nuestro anonimato, sin comprender por qué los vecinos se reían llamándonos por nuestros nombres: la Catana nos seguía a poca distancia. 
 
Tarde advertimos el sexo de la Catana, y fue, cuando entraba a mi habitación, por un postigo, llevando pajitas en el pico para hacer un nido en mi cama ( en esta especie, el macho se encarga de hacer el nido), y cuando vimos que perseguía a una de las patas con intenciones libidinosas. Este descubrimiento nos hizo pensar en la poca conciencia de tener un animal salvaje domesticado, separado de su especie y del entorno natural al que pertenece, pero para nuestra Catana ya era demasiado tarde para volver a su medio: ella/él no sabría vivir con sus congéneres. 
 
Les muestro una foto, tomada por un extranjero y enviada posteriormente a la policía de Gáldar, donde se la ve acompañando a un miembro de su bandada.
 
Texto: Juana Moreno Molina
Imagen: Album familiar
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