Ventanas

Quico Espino

 
Habría que ponerle ventanas a este mundo nuestro para mirar a través de ellas y ver que hay millones y millones de otros cuerpos celestes: planetas, estrellas, constelaciones, nebulosas, satélites, cometas y meteoros que conviven con la Tierra en el inmenso cielo, un universo infinito que se abre ante nosotros y que debería hacernos entender lo poquita cosa que somos. Hay una frase, dicha por el profesor de Astronomía en “Rebelde sin causa”, que viene a decir que en la inmensidad del espacio en el que giramos, la vida de los seres humanos no significa absolutamente nada. 
 
Se lo pone uno a pensar y puede que tenga razón ese profesor, aunque está claro que para nosotros, los seres humanos, la vida sí tiene significado, tanto que quizás estamos demasiado apegados a ella y no nos hace ninguna gracia la idea de perderla. 
 
De hecho, me gustaría que por mi ventana, que bien pudiera ser la que encabeza este relato, con el mar, el Teide y un cielo ambarino, rojizo y azulado, o ésta otra que se abre al barranco, con palmeras y todo,
 
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… aparte de la luz y el aire, o el rumor de las olas, entraran también unos extraterrestres buenos que me abdujeran, me llevaran a su planeta, a un taller de reparación, y me dejaran como nuevo otra vez para correr barranco arriba y barranco abajo como si fuera un chiquillo. Les estaría muy agradecido.
 
No me extrañaría que existieran los extraterrestres. Soy muy dado a tener sueños relacionados con las películas que veo o los libros que leo, y hace poco, después de volver a ver “Mars attacks!” en la tele, soñé que estaba de pie a la entrada de La Cueva de las Palomas:
 
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… cerca del Faro de Sardina, en el umbral de una especie de ventanal que se abre al mar y al cielo, llamando a los marcianos a gritos y con gestos para que vinieran a ayudarnos, a desterrar las guerras y la pobreza que padece la Tierra.
 
Me escucharon y se presentaron de inmediato. Entraron por una ventana de cantos que hay en la montaña de Amagro, frente a Ajódar,
 
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… y en sus caras se podía leer que traían buenas intenciones, no como en la película.  Y en menos que canta un gallo, como por arte de magia, solucionaron todos los problemas. Me desperté en una nube, creyendo que ya no había conflictos bélicos ni gente pobre en esta Tierra nuestra y una sonrisa se me dibujó en la cara, hasta que oí el tintineo del whatsapp, que despejó mi mente adormecida. Miré el móvil y vi que me habían mandado una foto desde Escocia: una ventana de cantería y madera descolorida, entre marrón y azul añil, con una escotilla color esmeralda,
 
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… que me llamó la atención porque el remitente, un amigo que disfrutaba de su viaje por el país escocés, me decía que aquella casa estaba en un pequeño pueblo llamado Bonnybridge, a poca distancia de Edimburgo, donde parece ser que se han avistado un montón de objetos voladores no identificados.
 
¡Qué coincidencia!, pensé, pero enseguida me vino a la mente que la ventana escocesa se parecía mucho a una de la casa de mi abuela paterna, por cuya escotilla, según me contó, solía asomarse para mocear con mi abuelo, apoyado él en el marco exterior. Mi bisabuela, sentada al lado de la novia, haciendo alguna labor, estaba pendiente de la conversación y de cualquier gesto que hiciera su hija. 
 
Con ese recuerdo en la cabeza y con la pena de que mi sueño sobre el fin de las guerras y de la pobreza en el mundo no se hiciera realidad, me viré para el otro  lado de la cama y, después de envolverme en la manta, me quedé dormido otra vez.
 
Texto: Quico Espino
Fotos: Gabriella Rossi, Ignacio A. Roque Lugo y François Hamel.
 
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