De la puta la madre

Quico Espino

Pimienta de la puta la madre. Foto: Ignacio A. Roque LugoPimienta de la puta la madre. Foto: Ignacio A. Roque Lugo

 
¡La madre que la parió! Está clarísimo que esta pimienta es de la puta la madre, dijo  mi padre, “jariando”, sacando la lengua para resollar, después de sazonar su plato con una pimienta entera, sin rabo, para que se juntaran las semillas con el caldo, el cual removió antes de empezar a sorber.  
 
-Picantita –añadió.
 
A la mitad del plato ya estaba sudando a mares y “colorao” como un tomate. Mi madre, que había hecho un guiso de caracoles en un caldo de hinojo, ajo, pimienta y sal, le pasó una toalla pequeña y le dijo que tanto picante no podía ser bueno, pero él hizo caso omiso y siguió comiendo. Y sudando.
 
 Una pella de gofio, en forma de pan ya troceado, ocupaba el centro de la mesa, junto al caldero de los caracoles y un lebrillo lleno de dátiles. Al lado de cada plato había un “espucho” de pitera, para sacar los caracoles.
 
Dos días antes, después de la sobremesa y de que amainara la lluvia, mi madre, a la cual le gustaba tanto prender aquellos moluscos como comérselos, miró para mi padre y le dijo:
 
-Ay, Pedro, por lo que más quieras, llévame al barranco de Guayadeque a coger caracoles, que ya escampó. 
 
Mi padre, que estaba más para una siesta que para ponerse a conducir la camioneta vieja que tenía, suspiró pacientemente y, sabiendo que, de lo contrario, ella le iba a poner caras largas durante varios días, le dijo vale, pero sólo un rato, que tengo que empezar a trabajar a las cuatro.
 
Una hora después volvían con una talega llena de caracoles. A mi madre no le gustaba ponerlos en bolsas de plástico porque, decía, cogían un olor raro, parecido al petróleo. Más contenta que unas pascuas, los metió en un caldero grande y los espolvoreó con gofio, para purgarlos.
 
-Pobres chuchangos –dijo mi padre, el cual tenía amigos galdenses que llamaban así a los caracoles–. Primero los asfixias y luego los metes en agua hirviendo –añadió, para molestarla, pero ella no le hizo caso maldito, sino que, refunfuñando, contestó: 
 
-Pues tú bien que te los comes, mi niño.
 
Llegado el momento, mi madre salió a los andurriales que había cerca de casa y se hizo con un buen puñado de hinojo, que lavó concienzudamente en la pileta; luego cogió una pimienta de una ristra que tenía colgando en la fresquera del patio, y peló una cabeza de ajos, mientras protestaba porque mi padre, que había terminado su trabajo antes de lo habitual, se reía al ver que los caracoles que seguían vivos, pegados como lapas a la tapa del caldero, la habían levantado y tirado al suelo.
 
-Sal de la cocina, Pedro, por favor, que me tienes “aborrecía” con esas risitas tuyas.
 
A continuación, con un ligero asomo de remordimiento pero pensando en lo buenos que iban a estar guisados, enjuagó los caracoles para quitarles el gofio y empezó a preparar el almuerzo, una comida que todos disfrutamos, mientras oíamos el rumor de la lluvia y entraba por la habitación el frío del invierno, que contrastaba con el caldo caliente y picante, cuyo regusto final no era otro que el de la pimienta de la puta la madre.
 
Texto: Quico Espino
Foto: Ignacio A. Roque Lugo
Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.32

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.