Añorada panza de burro

Juana Moreno Molina

Nosotros, los canarios residentes en la parte norte de la islas nos hemos acostumbrados toda la vida a nuestra panza de burro, que nos visita habitualmente en los meses de verano. Este fenómeno meteorológico ha sido injustamente maldecido y vituperado por nosotros mismos porque aparecía los meses de julio y agosto, precisamente en vacaciones, cuando todo el mundo quiere disfrutarlas en días soleados y maravillosos como dios manda, impidiéndolo ese techo de nubes que, a veces de recochineo, nos manda unas lloviznas cuando menos lo esperamos, y no era raro vernos en la playa cobijados bajo las toallas de playa, haciendo planes de irnos al sur cualquier día, porque esto no es verano ni es ná. 
 
En mucha gente influye negativamente este fenómeno meteorológico, produciendo tristeza y un pésimo humor cuando miran al cielo esperando ver un luminoso azul y un resplandeciente y discreto sol, y en cambio, solo ven nubes, o sea, la panza de burro. Estos son los que se van para el sur, nosotros nos quedamos con ella y sin querer reconocerlo nos acostumbramos.
 
Pero este año, en ausencia de la panza de burro, reina ferozmente este disco incandescente en todo el azul. Con qué anhelo, entonces, buscamos inútilmente algunas nubecillas allá en el horizonte que nos presagie su vuelta; y nada, el sol seguía implacable en contubernio con la calima que siempre está al acecho desde el vecino continente.
 
Muchos nos lamentamos echándola de menos ¿Qué fue nuestra panza de burro? ¡Queremos que vuelva! Con sorpresa, ahora nos damos cuenta que ella ha formado parte de nuestro benigno clima, envidia de foráneos que nos visita: que refresca nuestros cultivos, allá en las medianías, cuando se detiene en nuestras cumbres como a tomar resuello, envolviéndonos en una fresca neblina, o se cuelga de los pinos emulando al mítico garoé. 
 
Pero ahora el sol es dueño de nuestro cielo, lanzando sus mortíferos rayos a diestro y siniestro, acompañados del polvo del desierto, achicharrándolo todo. Estoicamente aguantamos su peligrosa influencia disfrutando del mar muy temprano, o cuando, orgulloso de su poder, se retira advirtiendo que volverá, o nos retiene en casa pendientes de las noticias meteorológicas frente al ventilador recordando con nostalgia la denostada panza de burro. 
 
Los viejos, sentados al socaire, con las cachuchas bien remetidas en sus canosas y venerables cabezas, comentan estremeciéndose de pánico, los años de plagas de langosta que venían arrastradas por la tierra del desierto africano, arrasando los cultivos, produciendo carestía y hambre; sentenciando, entre chasquidos de lengua, que este tiempo es igual “que dios nos libre y guarde.” 
 
Aquellos tiempos no volverán, pues las perversas cigarras saben que por aquí apenas se planta algo, y lo que hay está encerrados en grandes mantos de plástico. 
 
Concluyo este humilde relato deseando que el próximo año el alisio nos devuelva nuestra Panza de Burro para bien de todos, prometiéndole no volver hablar mal de ella.
 
Texto e ilustración: Juana Moreno Molina
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