Dios y el puerperio
El nacimiento de un hijo puede ser un momento de catarsis como ningún otro, un instante revelador y educativo a partes iguales. La confirmación de la fe, sin ir más lejos, se puede llegar a entender cuando una madre se aferra a su recién nacido, al que quería ya desde la abstracción misma de la idea. Así las cosas, esta fe también puede ser entendida, explicada y digerida desde el propio agnosticismo paternal. Hay quienes, yendo un poco más allá, se declaran ateos de la paternidad y exigen toda clase de pruebas empíricas mientras blanden, junto con el agitado orgullo que profesan sus manos, un colector de saliva.
No obstante los escepticismos, esta virtud que asevera la evidencia de algunas realidades es la misma que nos mantiene expectantes ante la llegada del neonato. «Ahora bien, la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve» (Hebreos 11:1). Se espera aunque no se vea, pero se espera ver. El alumbramiento nos reafirma en esa fe. «Y el que me ve ve al que me ha enviado» (Juan 12:45).
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Otros, como es el caso de un servido, le debemos a Dios nuestro ateísmo. He aquí la paradoja buñueliana. Por lo tanto, si resolvemos el axioma, uno podría decir que el ateo se cura con la vista: vista igual a tacto, igual a oído, igual a todo aquello que nos permita dotar de realidad las abstracciones. Yo creí en aquel paritorio: esperaba ver y vi. Mi deidad lloraba aterrada ante la oleada sensorial de un mundo nuevo pero salvaje y se encogía sobre lo único que conocía, una madre a la que nunca había visto desde este otro lado. Incluso esto resultaba inquietante. Cuando recreo ese momento, me doy cuenta de que ya está contaminado de mitología, de religión, de dogmas, porque aquel llanto —nuevo entonces para mí— lo reconozco desde este presente como una señal del santo advenimiento: «Pero nosotros esperamos[…] cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales more la justicia» (Pedro 3:4-13). Y aunque, desde el punto de vista médico, mi hija fuera tangible antes del alumbramiento, yo sentía la necesidad de «crear una realidad imaginada a partir de palabras», como bien señalara Harari en su obra Sapiens (2018, p. 47); sentía la necesidad de crear una fuerza que perpetuara ese nuevo vínculo más allá de la vida; una fuerza que nos hiciera eternos después de que nadie pudiera ya recordarnos.
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En aquella sala, tan concurrida en los minutos más importantes, intenté hablar nuevamente con Dios, pero ya se había ido. Yo lo había abandonado hacía más de treinta años y ahora le exigía que existiera, porque no quería desprenderme de ella; porque sentía que todo se convertía en una amenaza; porque el tiempo se precipitaba; porque me arrepentía de una paternidad tan tardía y tan frágil. «¿Quieres cortar el cordón?», me preguntaron. Y todo se detuvo, y tomé las tijeras, y sentí la dureza del desapego, y corté aquella dureza, y costó separar a la hija de la madre, y me culpé, me culpé de lo que nunca se llegó a culpar Santiago Dabove, de condenar a un hijo a la vida.
Los dibujos son obra del autor del texto.





























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