Andaba yo de cicerone el pasado enero con dos amigas francesas, a las que llevé a dar un garbeo por las medianías y cumbres de la isla. Nos hallábamos en Artenara, contemplando el majestuoso paisaje que se ofrece a la vista desde los balcones que miran al Roque Nublo cuando, de pronto, me abordó un joven, cargado con una cámara de televisión, que me preguntó si me apetecía participar en el programa “Con el timple a cuestas”.
-¿Perdón? –repliqué, pues no sabía nada de la existencia de dicho evento.
-Es un programa sobre la cultura y el folklore canario, presentado por Benito Cabrera –me contestó.
-¿Benito Cabrera? ¿El timplista? –pregunté, un tanto sorprendido porque había sido alumno mío en el instituto Agustín Espinosa de Arrecife de Lanzarote, curso 1978-79, haciéndome cargo ahora de la relación entre él y el título del programa que presentaba.
-El mismo. ¿Lo conoce? –quiso saber él.
-Pues sí. Fui profesor suyo allá cuando san Juan levantó el dedo.
-¿Ah, sí? ¿De música?
-No, de Inglés.
-Pues se lo voy a decir –adujo el joven, mientras se daba la vuelta para luego alejarse. Poco después apareció de nuevo, acompañado de Benito Cabrera, que venía con el timple a cuestas, como se puede ver en la foto que encabeza este artículo.
-¿Tú eres Quico? –me preguntó, impresionado, antes de darme un sentido abrazo y recordarme cosas que yo tenía olvidadas, como el hecho de que aquel final de curso cantamos los dos un tema de Los Beatles, uno que yo había puesto en clase, en el Salón de Actos. Luego nos sacamos una foto juntos, ante un marco grandioso,
… y alegamos un rato del curso que compartimos, de las clases en las que yo ponía música de los grupos de los sesenta y setenta ( Supertramp, Carole King, Pink Floyd…) y les hacía cantar a todos, que fueron las que más le marcaron, hasta que le dijeron que el tiempo apremiaba, pues estaban rodando una nueva edición.
El pasado mes de julio, el joven que me abordó me envió un mensaje diciendo que iban a poner en Televisión Canaria el programa en el que yo salía, lo cual me hizo mucha ilusión, y me dio mucha alegría el hecho de que mi alumno y yo nos hubiésemos encontrado después de cuarenta y tantos años en una circunstancia como aquella, y que él dijera que habíamos cantado juntos al final de curso.
Yo siempre he cantado con mis alumnas y alumnos. De hecho, a principios de octubre, rifaba un casete o un disco con los temas que íbamos a escuchar durante el curso. Quien ganaba la rifa prestaba el casete o el disco a sus compañeros para que lo grabaran y al cabo de un mes todos tenían las canciones.
Luego, cada semana, los viernes, escribía una canción en la pizarra, o les daba una fotocopia, leíamos la letra para que comprendieran lo que íbamos a cantar y, por lo general, bajaba el volumen del aparato para escucharles, pues cuando cantaban todos juntos, las chicas con más potencia porque eran menos vergonzosas, yo me sentía en la gloria.
Muchas veces cantaron conmigo en las actividades de final de curso, o de Navidad, como ocurrió con Benito Cabrera, que quizá fuera el primer alumno con el que lo hice, ambos con guitarras en ristre. Ahora él va siempre con el timple a cuestas.
Hay dos refranes que me encantan: la música amansa a las fieras y quien canta sus males espanta. Yo añadiría: que no pare nunca la música.
Texto: Quico Espino
Fotos de Chriss Legout y de Sylvie Quinquis.
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