Descuido informativo
En ocasiones me sucede, me percato de ello, me veo sometido a una especie de descuido con las noticias. No se trata, ni mucho menos, de una suerte de desinterés, en absoluto. La vertiginosa velocidad con la que ocurren las mismas, así me lo parece, resulta un enorme problema para poder mantener la atención a su imparable acontecer. La velocidad es tal, que como no estés atento acabará por arrollarte. Cuando te percatas, ya ha transcurrido una parte importante de las mismas, siempre en torno a un idéntico fenómeno. No se trata de vivir ajeno a las noticias —reflejé la ausencia de desinterés—, en absoluto; todo lo contrario, mantener ese interés con capacidad suficiente para entender qué acontece en cada momento. Poder interpretar los hechos, no recibirlos de manera acrítica y como si se tratase de verdades reveladas. Un dogma, vamos.
Con la actualidad política sucede así, los hechos se suceden de manera rápida, con cambios sustanciales en el acontecer cotidiano. Para muestra un botón: las recientes elecciones generales dejaron un panorama de equilibrio inestable. Quienes lograron un mayor número de escaños, haciendo un discurso con el que no cumplen en la práctica, aun conociendo no poseer los apoyos suficientes para superar la investidura, se esfuerzan en ir contando —allá donde les pongan el oído— la preferencia que dicen tener para presidir el Gobierno de España. No sólo eso, sino la permanente emisión de argumentarios dispuestos a ser el fundamento de tal hecho. En ese ir y venir, cuando les demuestran la dificultad para lograrlo, no dudan en sacar sus armas más contundentes para desviar la atención. Por armas contundentes se entiende ese arsenal de majaderías, lindezas y otras mentiras para, carentes de fundamento, establecer cortinas de humo dispuestas a entretener a la población.
Entre estas majaderías para conseguir aquello de difícil logro, está la de arrogarse la potestad de designar títulos de buenos o malos españoles, incluso —ellos que han olvidado su obligación constitucional de contribuir a la renovación del CGPJ—, se atreven a escoger quienes sí y quienes no están dentro de dicho marco constitucional. Siempre ha sido costumbre, y en eso de la costumbre está de acuerdo hasta la Casa Real, la consideración de España como una suerte de cortijo, al que acceden quienes ellos consideren. No en vano ese cortijo siempre les ha pertenecido, aunque no hayan perdido oportunidad para intentar denostar sus instituciones. En esta ocasión no iba a ser menos, estableciendo una categoría, u otra, según se trate de un partido dispuesto a negociar con ellos o no. Vayamos a un ejemplo. La formación política catalana Junts, liderada por el maligno Puigdemont, es mirada desde otra óptica si se trata de negociar en favor de la investidura de Núñez. Quienes conforman esta organización, según nos cuentan ahora, «representan a un partido cuya tradición y legalidad no está en duda». Sin embargo, si por casualidad le diesen su apoyo a Sánchez, toda esa tradición y legalidad estaría en duda, volviendo a ser la organización que dirige un prófugo. Que ellos no son de dar concesiones como lo haría Sánchez. Parece que quieren hacernos olvidar las concesiones otorgadas, allá por la época en que Aznar hablaba catalán en la intimidad. Sí, son conscientes de la falta de memoria política del patio, o nos toman el pelo, que también puede.
En esta misma línea, la del cambio de actitud, están con EH Bildu, con quienes ahora no quieren tener ni siquiera una mera reunión. Trazan, como es la moda, una línea roja que impide al referido partido acercarse a cualquier mesa de diálogo, al menos con ellos. Si fuese con el resto de las organizaciones, pasarían a formar parte de los apestados herederos de ETA (por fin se convencieron de la actual inexistencia de la banda). A lo que vamos, mientras la flamante Secretaria General de los populares niega, no sé si jurando sobre los evangelios y la constitución del 78, que su partido haya establecido negociación alguna con quienes ahora constituyen un grupo político del que los separa una línea roja. Otra vez, y mira que ya he perdido la cuenta, nos ocultan una evidencia (no quiero decir que nos mientan, pues es partido es de cumplir con los preceptos establecidos en los diez mandamientos [no me refiero a la película]), mostrando a los cuatro vientos la ausencia de negociación entre quien fuese portavoz del PP en el Senado, Javier Maroto en su etapa de alcalde de Vitoria, con los concejales de EH Bildu en la referida corporación.
Redundando en lo anterior, quien fuese designado senador autonómico por CyL, argüía a su favor en aquella época lo siguiente: «A lo mejor esto no se entiende en Madrid, pero es que yo soy vasco. Los políticos que no entiendan en este momento la necesidad de abrir puentes, que solo se puede ser útil en la política hablando con otros, hablando entre diferentes, los que no entiendan esto, quizá no deberían estar en la política de hoy». Quiero decir con ello, si nos atenemos a la realidad de los hechos, que el cambio en el comportamiento de este señor (en representación de su partido espero) se produce con cierta celeridad; la misma con la que se produjo su cambio de circunscripción electoral de cara a su representación parlamentaria. En síntesis, quien en un momento fue vasco pasó a ser castellanoleonés, se empadronó en el municipio segoviano de Sotosalbos, para lograr mediante la designación del parlamento de dicha autonomía lo que no logró mediante las urnas, en su circunscripción electoral, siendo vasco. En este sentido, cabría asumir su cambio de postura, pues solo sería entendible —en sus propias palabras— por haber dejado de serlo circunstancialmente.
Ante tanto cambio, y en tan escaso periodo de tiempo, la necesidad de mantener actualizada la información se torna dificultosa. Para estar al día el esfuerzo sería enorme, por lo que atendiendo al principio del mínimo consumo de energía, la solución acaba pasando por ese descuido informativo, que acaso también evite el cúmulo de frustraciones al que conduce saberse desubicado en cuanto al devenir informativo se refiere. Así pues, lo más plausible y carente de innecesarios desengaños, es quedar sujeto al descuido informativo.































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